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viernes, 18 de febrero de 2011

3237.- ISABEL MARTÍN SALINAS



Isabel Martín Salinas (Adra -Almería- 1957). Profesora de Lengua y Literatura Españolas en Sevilla, es autora de numerosos textos dramáticos, muchos de ellos estrenados. Pertenece a la Tertulia Poética El Carambolo -dirigida por la poeta Edith Checa- y a la Asociación Cultural y Literaria La Avellaneda. Participa en recitales poéticos y colabora con publicaciones digitales. Parte de su producción poética se encuentra ya en sus textos teatrales: Verano del membrillo (2002), Voces de Las Letanías (2005), El pozo (2007), El hoyo 18 (2008), Segundas partes (2009).



Beatus ille

Lejos de los jirones de la vida,
de la carne violada,
de la sangre que mana de la herida del mundo.
Lejos. Mirando el valle, la colina y el río,
que descansen mis ojos.





Niñez

Desnúdame de historia y de experiencia,
quítame el traje con el que me disfrazan
años, gente y paisajes
que nunca fueron míos
y dame la pureza de la esperanza intacta.
Me vuelva yo pequeña como un grano de trigo
y recorra el camino de mis primeros pasos,
mientras el polvo ensucia
mis pies sin que me importe.






Camino

No te quieren, camino, los poetas.
Por ajada palabra -sin bordes, sin aristas-
te evitan en sus versos y reniegan de ti.
Yo digo que eres pura,
como son los principios,
te pronuncie o te escriba, me llenas de futuro.






Cabes, cuando te pienso,
todo entero en el hueco de mis manos
y salpican mis dedos tus tormentas
y tus tranquilas olas
vienen a morir dulces
a la playa de arena de mis palmas
y te poseo y aspiro tu salitre,
cuando te pienso, mar, cuando te pienso.






(Párodos)

Heme aquí,
libre de este mal trago que es la vida,
arrojada a la muerte, que me acuna con sus fríos brazos.
Sola, invisible, etérea.
Heme aquí.
Ahora forjaré un haz con mi vida
y la verdad, que todo lo consume,
lo hará arder con su llama.
Luego, yo, entristecida, aventaré las cenizas.




(Estásima)

Él con su voz me dio mi nombre verdadero.
Dulce fue su peso sobre mi alma,
indelebles sus caricias...




(Éxodo)

Porque viví siempre apagándome,
no lamento sino la vana esperanza.
Mi vida ha sido finalmente
imperceptible como mota de polvo.
Ahora la soledad me envuelve con sus galas,
sin embargo, mi alma aún conserva un poco de dulzura
y no se ha extinguido del todo
su destello primero de luz.

De Verano del membrillo.










Penas nuestras han sido
el abono del mundo,
oscuro sedimento
de todo cuanto crece.
El suelo es nuestro lecho,
siempre como desnudos
árboles que mostramos las raíces.
Olas furiosas somos
y vosotros, el viento;
como bocas airadas
gritan nuestras heridas.
Abono, heridas, bocas,
olas, árboles, penas:
los pobres somos la sal de la tierra.

De Voces de Las Letanías.











Sé que no tienen culpa
tus muslos, confiados
y hambrientos como dos cachorrillos
ante los pechos que los amamantan.
Hace ya mucho tiempo que me angustia
esta inocencia de su piel desnuda.
Sé que sobre su cándida tibieza
gravita la distancia que nos rige.
Lloro mi deserción y tu abandono
y, para resarcirlos,
postergo las cenizas de este amor apagado
cuando beso tus muslos inocentes.

De Segundas partes.



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