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domingo, 18 de marzo de 2012

6323.- ÓSCAR DE PABLO


Óscar de Pablo. Nacido en Ciudad de México en 1979.
Es autor de los libros de poesía Los endemoniados (FETA, 2004), Sonata para manos sucias (UACM, 2006) y Debiste haber contado otras historias (FETA, 2006), con los que obtuvo los premios Elías Nandino, Jaime Reyes y Francisco Cervantes, respectivamente. Es becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en el área de poesía.





Plaza Luis Cabrera


Desde su antigua noche, todas las palabras
duermen: vela solo el sopor; cocodrilo sonámbulo bajo el flujo del cobre,
su pesadez transcurre, va nutriendo la tierra con si pulso de aceite:
frescor, noche pulverizada en chispas diminutas.
Pero las cosas todas que aquí somos,
las cosas y sus ecos, somos también
la plaza: este silencio nuevo hecho de agua,
los vestigios exhaustos de un cartel
que la lluvia ha leído ya demasiadas veces,
la niñez fragmentada en cuatro o cinco
especímenes húmedos, la tubería salobre y sus follajes internos,
el sexo como un rostro en las ventanas, la anciana que se pudre
con sus medias de nylon desvaídas
y la fuente,
donde un relámpago tirado
yace.








Del libro
El baile de las condiciones (2010).




Marineros


Y el mar es la ciudad hecha de lucecitas. Y su marea lo va


desenredando en mares. Y es también un desierto que se crispa 
de flechas, de luces y de espumas. Y se alza de cerveza. 
Y se queda dormido como un tronco. Y despierta ciudad. 
Y son veinte millones de arcos tensos, cada uno con su flecha. 
Y es una maquinaria. Y es una enredadera estrangulada


por su trama de hilos.


Por su trama de hilos de espuma. Y esta espuma


que gira en la obstinada danza de los carretes. Y la ciudad se estorba. 
Y camina y da vueltas de atolondrado engrane. Y existe solamente 
en este estorbo. Y es su coreografía. Y es aquí donde escribo 
mi mensaje. Y donde, arquero yo entre los arqueros, disparo 
a las alturas mi bengala, y donde lleno el cielo con esa misma 
espuma. Y la ciudad es parte de otra ciudad mayor. Y hacia 
arriba es también inabarcable. Y es el Océano Mismo. 
Y es un valle industrial de carretes de hilo.


De carretes de hilo verticales


y tensos. Y unidos por la espuma, telegráficamente. 
Y el mar es la ciudad y la ciudad lo es todo. 
Y no existen los puertos. Y no existen acciones importantes


que por su magnitud se basten a sí mismas. 
Y la tragedia ya no puede imitarlas. Y por eso esta épica de carretes. 
Y por eso esta época de los engranajes.


De engranajes y son las ocho y cuarto


de la mañana en punto. Y de la planta sale un olor amarillo. 
Y una peste de mar. Y es un mar que se pudre


entre cuatro paredes. Y casi es espuma. Y casi es un rocío. 
Y es una brizna tibia y es como la cerveza, pero su olor da asco. 
Y el mar es la ciudad y, en este mar, y en las cuatro paredes 
de esta nave fabril, huele casi a cerveza. Y a desechos. 
Y a químicos. Y a orina. Y a taparse la cara y las narices. 
Y es la brisa marina de la Modelo.


La fábrica Modelo y, en unas ocho horas, la marea cambiará.
Y el turno cambiará. Y casi será sábado. En este mar 
que es casi una ciudad. Y entonces serán casi


nueve horas


de estar oliendo a químicos y a orina. Y a terrible cerveza. 
Y de estar recibiendo esta brizna en la cara.


Esta brizna en la cara terminará a las cuatro. Y abarcará entonces 
engranes y paredes. Y saldrán ya sedientos como los marineros


quienes ahí trabajan. ¿Y qué beberán luego? Sé que se inmolarán 
y contendrán el vómito. Y beberán cerveza.


Y beberán cerveza, y no vino ni whisky. Y volverá ese olor. 
Y se lo pondrán dentro. Y será casi igual a aquella peste. 
Y el lunes otra vez regresarán a olerla. Ya mezclada 
con químicos, regresarán a olerla. Y ya en ningún lugar 
será la tierra firme. Y serán para siempre marineros. 
Y serán otra vez casi las ocho. Casi las ocho y es así la ciudad.


Y es así la ciudad y es el Océano Mismo, el océano sin bordes. 
Y no existe la tierra. Y sólo existe el mar y la luz de bengala


que lleva arriba el mar, arriba el mar también inabarcable. 
Y esta luz de bengala que disparo sabiendo, desde un millón 
de arcos, que disparo, sabiendo que no hay puertos. 
Y que sólo hay un náufrago en busca de otros náufragos


que compartan con él su ciudad y sus náuseas, su sed 
de marineros. Marineros que somos, porque somos, 
porque aquí todos somos


marineros.










CANCIÓN SIN GANSOS


Blanca como un cuchillo en el pan negro, blanca como un cuchillo, 
la cuidadora de gansos
heredó, en vez de gansos, un léxico semítico
para entonar apenas cancioncitas tontas
y dulces como gansos; pero no supo hacerlo, la
pobrecita muchacha, la
cuidadora de gansos.


Y en lugar de canciones plácidas como gansos, la
cuidadora de gansos
armó con ese blando diccionario heredado, dulce como 
un cuchillo sin apenas saberlo, una sangrienta saga siderúrgica, 
plural como tonante retahíla de pasos, como un tambor 
de estaño desbordando la acera, o una ensordecedora cabalgata
de multitud y dientes: pobrecita, blanca como un cuchillo 
en el pan negro, la cuidadora de gansos.


Al oír el estruendo
de pasos, los soldados
acudieron corriendo a la muchacha, la
cuidadora de gansos
y al ver que no había gansos la tomaron
por un imperio hostil. Aspiraba a dormirse
como una almohada blanca, la
cuidadora de gansos, blanca como un cuchillo desnudo 
en el pan negro, pero la confundieron los sensibles
oídos militares
con una renegrida división de obuses.


Y entraron en su cuerpo diminuto
como en la capital de un imperio enemigo: Bruja. Bruja y puta judía, 
negra como un cuchillo
que untara en el pan negro una lengua de nata. Le rompieron 
los pómulos, las calles. Bruja. Negra puta judía. Derrumbaron 
sus viejas sinagogas
y sus pobres caderas, sus rodillas de leche diminuta, de
cuidadora de gansos, negra negra, y desgarraron pechos y pendones. 
De su cuerpo menudo
de mujer, no quedó piedra viva sobre piedra.


Como no tenía gansos, la
cuidadora de gansos
no pudo esparcir plumas. Concentraron en ella el vuelo
de las piedras y ella no tuvo plumas, piedra piedra. 
Quería ser una almohada blanca como un cuchillo, 
y difundir su muerte, dulcemente, con el viento de Europa. 
Pero no tenía plumas, porque no tenía gansos, la cuidadora 
de gansos. Para sus ratos libres, la 
cuidadora de gansos
tenía un jardín de rosas, la
cuidadora de gansos
y Europa quedó sucia, pobrecita, y blanca con sus pétalos.








Santiago


es martes otra vez/ otra vez llueve
es santiago de chile y es invierno
tú caminas como un árbol sin sombra
absorta en el silencio/ inexorable
como una sola nota sostenida


es martes otra vez/ otra vez llueve
el cielo enorme nada vientre arriba
triste y azul mucho antes de sí mismo


yo sé que donde estés/ en cualquier parte
será también invierno y será martes
serás agua de estrella desde nunca
serás amarga niebla hasta perderte
y una lengua de sombra ira escribiendo
su música de leche por tus senos.