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domingo, 18 de marzo de 2012

6341.- ALFONSO SOLA GONZÁLEZ

Alfonso Sola González
(ARGENTINA, Entre Ríos, 1917/ Mendoza, 1975)
Alfonso Sola González pertenece a la denominada generación del 40; nació en Paraná en 1917, donde inició su carrera como intelectual. Se graduó en el Instituto de Profesorado de la capital entrerriana y comenzó a ejercer la docencia de castellano y literatura española en dicha ciudad. En 1940 publicó su primer poemario, La casa muerta y cuatro años después, con el auspicio del poeta Daniel Devoto, editó en Buenos Aires su segundo libro Elegía de San Miguel; en sendas ediciones su tono elegíaco y amoroso ya estaba absolutamente definido y el rumbo posterior, el de su residencia mendocina, solo mejoró el resultado.
Casado con la poeta y crítica Graciela Maturo se instaló en Mendoza para siempre, tuvo una hija, astilla del mismo palo –Rosario Sola González- y en el repecho de los Andes siguió alborotando al mundo académico castellano. Participó y dio forma al pensamiento nacional de entonces junto a Leopoldo Marechal y Fermín Chávez entre otros. Inauguró cátedras, estableció programas de profundo academicismo, revalorizó la figura de nuestro primer poeta nacional, don Luis de Tejeda y prolongó su obra poética con la aparición de Cantos para el atardecer de una diosa (1954), Tres poemas (1958) y Cantos a la noche (1963).
La poesía de Sola González es un meteorito de pureza que al chocar contra la atmósfera terrestre, se dispersa en miles de piedras preciosas. Cada poema es un ritual donde se invoca al tiempo, que todo lo gobierna. Podría tildarse de misterioso, ese fruto que queda después de intensa y laboriosa orfebrería.
Así se refirió a su obra León Benarós: “Nutren la poesía de Alfonso Sola González el prestigio de la antigüedad, la belleza de los otoños dorados, la majestad de las ruinas antiguas, las estatuas trabajadas por el musgo, la muerte trocada en lejanía, y dulcemente la amistad y el amor. Poesía de alta dignidad, de continuo decoro, participa de una cierta exaltación vigilada, de una tesitura clásica que entona y purifica el ímpetu de sus impulsos románticos.”
El “Flaco” Sola, así era con sus íntimos, falleció en la ciudad de Mendoza a los 58 años.




FÁBULA


¿Dónde queda la dicha?
preguntaban
los ángeles más jóvenes.


Nadie decía nada.


Posados en la luz
del rosal, preguntaban
los ángeles tenaces.


Los más viejos, callaban.


Iban y venían
de la nube a la rama
y siempre, ángeles tercos,
preguntaban.


Esta tarde el otoño
entró en la casa.
Cerró la puerta. Afuera
quedó sola esperanza.
Desde el alto balcón
los ángeles miraban
el ir y venir de las
hojas martirizadas.


Los más pequeños, serios,
ya no preguntan nada.












POEMA


Y yo no podría decir que aquello fuera así
o tal vez como un sueño,
como una vieja melodía junto al fuego apagado
que alguien recuerda antes de partir.
Pero vi que mi mano caía sobre el rostro de los hombres
y ya no relucía su rubí codicioso
ni era mi mano aquella, sino el miedo
de otros dedos manchados que no eran los míos
y me acercaban otras manos que tampoco
conocían las gracias de la vida.
Y todo se movía o creía estar en un camino hacia los ángeles
y con temor amoroso de las jerarquías, ascendían
todos, despacio.


Sí, ellos también. Todo, todo se movía dichosamente.
Todo quiso decir: el hermano
y el amigo con su viejo sombrero de hierro,
dulce para el perdido en la noche
entre las estrellas del jardín.


Y era saber cómo se enciende el fuego,
cómo se abre la puerta para el que sólo trae
lentas arcas de olvido.
Y era decir: Tú y yo, caminando por los viejos mercados,
junto a las bestias sacrificadas y los frutos que arden
entre los pobres y los ricos
y la hermosa moneda de impiedad que los separa.


Y todo quería decir ofrecerme a esta vida
que me ha dado estos ojos con que muero y te miro,
y herirte sin descanso
con la resplandeciente mordedura del hombre
perdido, repartido bajo nubes feroces.


Y sin embargo ascendía entre, infiernos, cantando.












CANTOS A LA NOCHE (IV)

a Luis Soler Cañas

Oh, nocturna ciudad, corazón de los hermanos en la noche.
Tu pan de inclemencia has partido para sus bocas miedosas,
maldiciendo en la noche.
Oh nodriza de calcinados pechos, madre salvaje y ciega!
Oh inmensa pesadumbre!
Ellos allí estarán roídos por la vida tenaz,
por la tristeza
de las noches que lamen lentamente sus briznas de esplendor,
sus rostros, otra vez, en los cristales fríos de la ciudad nocturna
repetirán esos cansados ojos que el amor ha comido,
esos ojos de espera que no se duermen nunca
mirando los andrajos de una vida,
la mano abierta y ciega de los años
en el desierto de las almas inmortales.
Ellos estarán, lentos en la noche.
Yo fui su hermano y su sed fue la mía.
Sus castigadas manos me guiaron con ternura impaciente
porque era débil y para el débil está hecho el hombro del hermano.
Yo fui entre todos ellos el más pobre y herido
y mi vida se colmó con los bienes de su piedad terrible.
Más allá de la estéril soledad de sus noches
la indiferencia abría magníficas espigas.
Yo vi cómo sus dientes miserables roían
la materia tremenda de la ciudad, sus raíces de espanto.
Yo vi cómo sus lenguas incesantes gastaban las estatuas de oro
hasta lamer un corazón caliente, manchado por la noche.
Yo conocí también su mesa y sobre su mesa el pan del desamparo
y sus oscuras manos ofreciendo la pobreza y el frío.
Ah, su canto en la noche! Cómo se oscurecía
la diadema insensata de mi frente de orgullo,
mi vanidosa cueva de culebras brillantes!
Sus dedos se extendieron temblando en las tinieblas
y tocaron el ciego corazón de las piedras mortales.
Y vi el torrente de la vida y más allá unas colinas doradas
y vi las otras criaturas apacibles de la música
y las que no podré nombrar con mi pesada lengua.
Ellos, ellos cantan en la noche
en la ciudad terrible sus canciones malditas
entre los despiadados mendigos de la luna.








Poema


¿Hasta qué otro paisaje he de llegar
para encontrar la tan querida muerte?
Las piedras de otros países no te responden
y el mar alza la lámpara de los pájaros grises
para decir que no.
No busques el camino más allá
de la infancia.
En tu casa hay una vieja fotografía
donde ya estás muerto,
Alfonso.








ESPEJOS DEL CAOS

a Fernand Verhesen

No me preguntéis por el mar que resuena en el paraíso
ni por sus espumosas arenas suspendidas
en la mirada de antiguos animales luminosos
lamidos por milenios sagrados de inocencia y pavor.
No me preguntéis por la jarra de plata en el desván
ni por la mano que derrama su agua tornasolada
sobre el pelo florecido del muchacho
que vuelve en su caballo
desde lejos;
ni me preguntéis por el templo y sus gradas
ni por sus púlpitos de anatema y de oro,
ni por sus tapiadas criptas donde los huesos giran
con la tierra y el trono de las cosntelaciones.


A veces sólo conozco el rito
de la víbora diáfana
que cae de los helechos misteriosos
y resplandece en la maldad del cielo.


A veces sólo he conocido la casa
donde prevalece el infierno
y la respiración de las negras espumas entre las piedras
y el pájaro que canta quemado por el mar
en la vileza de una rosa iluminada.


Elohin,Elohin,tu sangre ha caído en mis pestañas,
¡oh eternidad de ojos abiertos,rotos
mirando el paraíso,
nada!


Otros,los elegidos os hablarán de un mar azul,soñado
y del barco de sal brillante
encallado en las islas rocosas
y os dirán que el paraíso es
el ruiseñor que estuvo en un verso de Shakespeare.


Llega el ruido de la arena en el atardecer
cuando el desorden y la tristeza de tanta hermosura
rueda por los acantilados
hacia el vacío espléndido y nocturno.


Ah,no,no preguntéis a este lengua cuyo musgo
habéis en otro tiempo conocido
y que apenas supo un día cómo
es una gota de sangre terrestre
perdida en una fuente inmortal.


Más si aún vuestro odio quiere
arrancar de la entraña vidrios ardientes,desperdicios del amor,
preguntad sólo por otras desvastadas memorias de mi vida
y os mostraré una puerta quemada
y las cenizas de una llave oscura.


No esperéis bajo estos puentes la llegada de los justos,
ni las trompetas,ni las legiones de ángeles ardiendo,
ni la lluvia de las violetas sobre
las tumbas de los mártires.
(Bajo los puentes de París
el Sena pasa,oh Mal-aimé)
No esperéis que el girasol del júbilo se encienda
porque ya ardió durante largos meses
y cae ahora entre el zumbido
de las abejas de setiembre.
No esperéis nada de mí
que vengo del jardín matinal,
que he cruzado la juventud
y escribo un poema
para la ceremonia de los salones del atardecer.


(En Buenos Aires hay un hotel donde viví
muchos meses enfermo.
En Buenos Aires está la luna rota
de un poeta asesinado;
está una muchacha que cuidaba mi juventud y mi violencia
en un tiempo que vosostros no habéis conocido;
y está un viento cruel que crece,y crece
cuando el amor engendra su morada infinita
en el desierto errante de los sueños).


No,no esperéis que pueda revelaros nada
del alejado paraíso
pues solitariamente
giro en el polvo,ebrio de lúcido destierro.
Las copas han caído.Elohin,Elohin estoy solo
con una lanza rota en la puerta del mar.


(Iglesia de Sainte Germain-des-Près.
hay una imagen de la Santa Virgen con el Niño
y una leyenda: Consolatrix afflictorum.
Hay un negro arrodillado que llora
con los brazos alzados hacia el techo.
¿Qué podéis preguntar del paraíso
a este negro que llora entre escamas de plata
en una vieja iglesia de París?


Hay un jardín reseco que rueda por la calle,
que golpea los ojos con su rosa pesada
y una puerta de hierro con mi nombre indescifrable
arrastrada por el viento nocturno
hacia el lejano mar).


La noche trae su cuervo
con una turquesa en el pico.
Me preguntáis y os señalo las viejas cruces de los páramos
donde cuelgan ensangrentados pájaros
y atroces cartas desgarradas por verdugos lejanos.
Y me preguntáis aún y arrancáis de mi corazón
una enterrada gota de nostalgia
que nada sabe de su bien
y apenas ha entrevisto como en el semisueño de la infancia
el errante pavor de las moradas elíseas
y el azulado viaje de los justos.


Y así he llegado hasta vosostros
con números del caos
mezclados con raíces de animales sin uz,
con vértebras del espacio,
con médulas de calor corrompido,
con tinieblas de ángel;
y ante vosotros quemo estas palabras
estremecidas de azar
para responder a vuestro odio,
para arrojar a vuestro ávidos palacios
este óbolo negro donde acaso
estuvo alguna vez el paraíso.


de Cantos a la noche,Editorial de Entre Ríos,Colección Homenajes,1992