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domingo, 18 de marzo de 2012

6358.- BRENDAN KENNELLY



BRENDAN KENNELLY
(1936)
Nació en Co. Kerry. IRLANDA. Poeta, novelista y dramaturgo.


Obra:


Cast a Cold Eye (1959) with Rudi Holzapfel
The Rain, the Moon (1961) with Rudi Holzapfel
The Dark About Our Loves (1962) Rudi Holzapfel
Green Townlands (1963). Rudi Holzapfel
Let Fall No Burning Leaf (1963)
The Crooked Cross (1963) novel
My Dark Fathers (1964)
Up and At It (1965)
Collection One: Getting Up Early (1966)
Good Souls to Survive (1967)
The Florentines (1967) novel
Dream of a Black Fox (1968)
Selected Poems (1969)
A Drinking Cup, Poems from the Irish (1970)
The Penguin Book of Irish Verse (19700 editor
Bread (1971)
Love Cry (1972)
Salvation, The Stranger (1972)
The Voices (1973)
Shelley in Dublin (1974)
A Kind of Trust (1975)
New and Selected Poems (1976)
Cromwell (1983)
Mary, from the Irish of Muireadach Albanach Ó Dálaigh (1987)
A Time for Voices: Selected Poems 1960-1990 (1990)
Euripides' Medea (1991)
The Book of Judas (1991)
Poetry Me Arse (1995)
The Man Made of Rain (1998)
The Singing Tree (1998)
Glimpses (2001)
The Little Book of Judas (2002)
Reservoir Voices (2009)
The Essential Brendan Kennelly: Selected Poems, Wake Forest University Press (2011)












Visión fugaz de pintos


Aunque está muerto
lo espero de un momento a otro.
Sé que ha estado hablando toda la noche
consigo mismo, muerto, y ahora
en la desgarradora luz de la mañana,
lucha entre sus ropas
dando sorbos a su taza de té y manoseando un trozo de pan,
devorando una pequeña fotografía con sus ojos.
Las preguntas golpean y rechinan en su cabeza
como las puertas y postigos en una noche de tormenta.
No sabe por qué sus días terminaron así.
La luz del día es tan difícil de tragar como el alimento,
y desfallece de hambre por una migaja de amor.
Escucho sus pies arrastrándose por el sendero de cemento,
la cercana explosión de su toz de fumador,
el lento giro de la llave en la cerradura.
La puerta que se abre para dejarlo entrar
a lo que parece alivio desde lo que tiene gusto a pena
y sobre sus hombros una visión fugaz de pintos
repentinamente alzados sobre el campo, el camino y el río
como un puñado de polvo negro arrojado al viento.


(Traducción: María Fernanda Celtasso)












Tres mareas


En nuestra muy propia y pequeña guerra civil
el mar, como lo emplean algunos, es un arma ejemplar
que combina la capacidad de rematar un trabajo
con un sólido estilo para humillar.
El uso correcto de esta eficiencia natural, sin embargo,
lo aprovechan solamente aquellos que conocen
el carácter juicioso del mar
en su flujo y reflujo constitutivo.
Cuando se acerca a la costa empuja suavemente,
primero, sobre los labios agonizantes,
un tímido, espumoso veneno
que recuerda al limo
antes de ese estertor que siempre puede
desmembrar a la familia más unida
y provocar molestas especulaciones sobre un testamento.
Ese es un veneno lento, rítmica, sensualmente lento.
Acaso la estimulante luna apura el compás
porque nuestro mar respetuoso de la ley
acelera como un plan bien ejecutado
de olas puntuales que ahogan, inexorables como las generaciones
de una fecunda familia católica ajustada a las lujuriosas
leyes de Dios, yendo, viniendo, yendo, viniendo, como los hijos
e hijas al trabajo o al infierno o al dinero o a Inglaterra o a los
lechos reproductivos.
Bien medido, un hombre enterrado en la arena hasta el cuello
tarda tres mareas en morir. Sus hermanos (los míos también) dicen
que eso le da tiempo para meditar sobre el error
de haber abrazado el bando equivocado en esta guerra del todo incivil.
A diferencia de nuestro suelo viril, nuestro mar nunca ha mentido.
Mi padre se ahoga conforme a las leyes de la luna, la cabeza hacia un lado.


Libros de Tierra Firme, 1999
Traducción de Gerardo Gambolini