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domingo, 25 de marzo de 2012

6459.- REINHARD HUAMÁN MORI



Reinhard Huamán Mori [Lima, 1979]
Ha publicado los poemarios el Árbol [tRpode, 2007] y fragmentos de Fuego [Paralelo Sur, 2010]. Licenciado en literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Es director de Ginebra Magnolia, recientemente convertida en sello editorial después de una larga trayectoria como revista literaria. Ensayos, traducciones y poemas suyos han sido publicados en diarios y revistas, tanto peruanas como extranjeras.
Colabora en la sección cultural del diario peruano Expreso.



el Árbol
a helena roig, hija de míl


Y
SIN EMBARGO
era un río donde no crecían
ni raíces
láudano
ni fuego de árbol


ni siquiera...
ni aún siquiera...


ni la tierra cuando fue ceniza
derramada en sus horas repetidas
sordas entre sistros 
tambores
y unos cantos como
ramas alargadas


ni la lumbre retumbaba
ni bellísima la encina
nos hundía el corazón en
las alturas


dinastías de vástagos y dotes
dinastías que se entierran
en ciudades
ciudadelas que se pierden en rescates
y un hedor de boca
restituye el don primero de las
cosas:
esta su primera causa
donde brota el cedro sin semilla
la historia
su anatema






JÚBILO DE PINOS y
osamentas
temblor de tierra
y un encuentro afortunado de
veranos!


aquí los tallos nunca fueron
tan delgados
aquí sus líneas nunca crecen
-ni hacia arriba-


dulzura de vísceras
y la hambruna de una mar
que no tolera
el auxilio de sus necedades


pero soñábamos...
 








LEJANÍA...
lejanías que nos brotan
con el ritmo reposado del
otoño


mocedad del hierro
y magnífica en su anchura
nos prometía la escasez del
bronce
y los establos para nuestros
sementales:


entonces fueron números
sostenidos en sus siete copas
entonces fueron tiempos con
sus crines
la censura
sus eternas discrepancias


entonces...
solo entonces...










ESTUPOR DE CIELO
y un hallazgo de sentido
nos enfrenta a la vastedad
de su espesura


aún los gajos no eran
bosques
aún sus pelos no eran verdes
ni el jacinto nos colmaba
las narices
con el regocijo de sus flores


avisperos del áfrica
avisperos como bocas
cuando entierran el
primer grito de sol
entre la arena


evasión del tiempo
y su triunfo nos anuncia
la penumbra que revienta
en sus maderos


esa era la señal:
un latido de sienes centelleante
y el olvido
que nos hiela el alma...










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Fuego


ídolo muerto o matojo de pelos


hoy la luz nos aturdía con sus metales;
sus segmentos de cielo deforme
entre las rocas


Blanco


Era ese el tiempo que soñábamos,
la edad en la que comíamos con los dedos,
la que perdimos ardiendo como pájaros;
sin saber adónde llegar, de dónde partir,
a qué volver.






pero aprendimos…






el Fuego, sus resquicios…
un rescoldo de viento traído por la lluvia.




Recuerdo
aquella misma tarde,
el sol debilitado y sus fragmentos
entre la luz dispersa
y los blancos perfiles de las cosas.




Recuerdo esas ocultas manías
—tu tristísima cabeza de tormenta—,
aquella ausente ternura que golpea




como campana
las azules bóvedas del cielo,










Era eso, el Fuego,
—estulticia o tiempo muerto—
lo que repicaba sobre nuestra
súbita presencia,


Migrábamos… recuerdo


tus pies sobre la arena y la estéril agudeza
del viento. Hablábamos de todo,
aunque dormíamos;


de la perfidia,
o también de los
rizos que cubrían la claridad de tu frente,






yo te miraba —lo sé— con la somera luz
del cielo sobre la arcilla negra,


como recuas de jamelgos y chillidos
marchábamos.
Éramos nosotros esta única figura y sus secuencias






la historia oculta o






del hierro candente,












Fuego,
llamarada entonces o rombo iridiscente


a eso tú venías,
a restregarnos ese odio obsceno sobre el cálido cielo de la tarde,
a devolvernos tu reflejo con este soplido intenso y maloliente,
a mirarnos con el rabo del ojo,


brasa calcinada o carbúnculo






Tú mismo






y era finalmente eso,
el firmamento,
el único fragmento
que nos abrasaba


la escarcha roja que cubría
sus cenizas, las cosechas;


el oro
y sus vestigios de flama
carcomida por el viento






la historia nos obliga a defendernos...


Éramos tan minúsculos,
pero sabios sobre el polvo
adusto de la tierra,


obvios...
quizás un fuego perdido
que horada los ángulos muertos
de tus esferas imperfectas