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domingo, 25 de marzo de 2012

6475.- AURORA GARCÍA RIVAS


Aurora García Rivas
(La Antigua, San Tirso de Abres, Asturias, 1948)
Actualmente vive en Oviedo. Forma parte de la directiva del la asociación cultural L’Arribada de Gijón.
Publicaciones
En gallego-asturiano
O viaxeiro da noite, (Poesía): 2004, Trabe, Oviedo; Na boca de todos, un retrato poético actual del Occidente asturiano: 2006, Ayuntamiento de Vegadeo, Asturias.; Contos, ducia e media d’eles, (Cuentos cortos): 2006, Trabe, Oviedo. Traducido al portugués y publicado por D.G. en Portugal; Cinco contos pra xogar coa música, (Cuentos infantiles): 2007, Trabe, Oviedo; Rebelión na caixa máxica, (Cuento infantil): 2009, Trabe, Oviedo; Trinquilintainas, (Poesía): 2008, Trabe, Oviedo; As razóis d’Anxélica, (Novela): 2010, Trabe, Oviedo;

En castellano
La tierra vertical: (Poesía): 2006, Colección Deva, Ateneo Obrero de Gijón, Asturias; La sombra del alcaudón, (Poesía): 2007, Vitruvio, Madrid; La flauta del sapo, (Poesía): 2009, DG. Linda-a-Velha, Portugal.

Textos en las siguientes revistas y periódicos: Lliteratura, 2004, ALLA, Oviedo; Trilce, 2005, Concepción, Chile; Hola Pontevedra, 2004, Pontevedra ; Lletres Asturianes, 2004, 2005, ALLA, Oviedo. ; Entrambasauguas, 2003, 2004, 2005. ALLA, Oviedo. ; Lúnula, 2005, Ateneo Obrero, Gijón. ; Ciudad Lineal, 2005, Cuencas del Nalón. ; A Silvallana, 2005, Vegadeo, Asturias; Asociación de festejos de Vegadeo, 2010. Asturias; Trabatel, 2009; El Comercio de Gijón, 2011
Es autora de las letras de tres poemas a los que se ha puesto música; Á Veiga por Rubén Díez; A Fronteira por Toli Morilla (cantada en castellano por Cristina del Valle) y O pontín por Eva Rico del grupo Darbuka de Vegadeo.


La tierra vertical (selección)




Aterrador, como un tornado
que hace añicos el corazón de los estambres,
siegas y siegas y siegas…


Almiaras juntos heno y mariposas
y abandonas a su suerte las alas abatidas.




Extenuados,
como corredores de fondo,
esperamos las horas del crepúsculo.


Un desenfreno de alas
de polillas se inmolan sobre el vapor
de las farolas de mercurio.
Es la hora de la puesta a punto de los relojes
de la noche, la señal
para olvidar, izar velas, partir
al otro lado de nosotros.


Con la amanecida, el retorno. Tanta
ceniza en los ojos, tanta desventura
de abrazos perdidos.
A partir de entonces consumimos
estériles verdades
hasta la hora de ajustar
de nuevo los relojes.




El viento golpea
al viento
obstinado
y melancólico.
Vuelco mis días en un espejo
sin reverso y hay
un gusano de luz en la bombilla,
una frágil y perversa mariposa delirante.
No sabes cuánto
me duele tu ausencia cuando el viento
golpea
sólo al viento.




Llueve. Son las dos.
Me acerco a la ventana,
sin luz, aterida, rebujo de sombras
y silencios.
Sobre la plaza
vela la noche mármoles y bronce.


Hace tanto frío…


Tras los cristales
se empaña el único gozo
que podría traerme la madrugada:
las cinco en el reloj.


Avivo la lumbre
mientras cuelgas en la percha
tu abrigo
y tus secretos.
Apenas nos miramos;
nos aturdimos
con palabras corteses, evasivas…


ante los posos amargos
de dos tazas de café.




No soporto los relojes
con tantas horas colgadas
del abismo.
Entre una
y otra carta tuya
me vacío como aceite sobre un río.
La espera es
un perro vigilante
alerta
en un rincón sin nombre.




Tan lejos de mis puestas de sol,
sobre tu Laguna pulsa la tarde sus cuerdas
de vihuela nostálgica. Fugaz
un instante, fugaz, que fue y ya no es.




Está cerrada la noche. Las calles desiertas
se alargan sin pausa, ladran los perros
mordiendo las sombras y ciega la luna
dilata su brasa.




Cada objeto, es indudable, cuenta una historia.
Hay siempre
una luz bajo la piel de las cosas. Reconozco
que los billetes que usamos
aquella tarde gris y cálida y tierna en un tren
de cercanías
me conmueven
con una intensidad inesperada. Pálido
recuerdo
que guardé entonces
con avaricia enamorada y que ahora
rescato.


Te rescato.






Trinquilintainas (selección)


I


O TEMPO DOS ÁLAMOS


A MIÑA ALDEA


Era aquela a miña aldea: cinco
casas, cinco álamos
y o vento.




XILGUEIROS


Nupciales engaladas atanegaban
as cerdeiras en flor.
Xilgueiros pequenos medraban nas canas.
Calaba a lúa, calaba,
como un papel mollado na augua.




UN FEIXE DE FRAGANCIAS


Nun soporto este feixe de fragancias, nin
a engalada das curuxas por derriba das cerdeiras.
No alxibe da noite
tirita en coiro
a lúa.




OUTROS DENTES NO COIRO


Por fin chegas,
cando a tarde esfilacha
por derriba das hortensias o seu cobre
recocido.
Sudas, oles a trigo,
a espigas roubadas ós páxaros famentos.
Ó outro lado dos meus ollos
despénaseche a risa
como a augua nun cántaro quebrado
porque trais
mancaduras d’outros dentes no coiro vivo
e todo o polvo dos medeiros sin mallar
resbarándoche nas ingles.




VOLVO Ó TEMPO DOS ÁLAMOS


Oula o vento no corral,
cego, furibundo, afilado
como lengua de culobra.
Fúndenseme os dedos entre as teclas
y a pantalla mírame coa cara burloa
d’un crego que se ri dos meus pecados
mentres me cicatea penitencias.
Sinto que non me queda
máis qu’o esplendor dos membrillos
no outono, y as noites
de tangos arrastrados debaixo
da maldita lúa.
Pro deixo libre o aire enrarecido, os cheirumes
do cuito, e volvo sin romedio ó tempo
dos álamos aqueles.




MI ALDEA


Era aquella mi aldea: cinco
casas, cinco álamos
y el viento.




JILGUEROS


Vuelos nupciales sacudían
los cerezos en flor.
Jilgueros pequeños crecían en las ramas.
Callaba la luna, callaba,
como un papel mojado en el agua.




UNA CARGA DE FRAGANCIAS


No soporto esta carga de fragancias, ni
el vuelo de las lechuzas sobre los cerezos.
En el aljibe de la noche
tirita desnuda
la luna.




OTROS DIENTES EN LA PIEL


Por fin llegas,
cuando la tarde deshilacha
sobre las hortensias su cobre
recocido.
Sudas, hueles a trigo,
a espigas robadas a los pájaros hambrientos.
Al otro lado de mis ojos
se me lanza la risa
como el agua en un cántaro quebrado
porque traes
heridas de otros dientes en la piel
y todo el polvo de los almiares sin trillar
resbalándote en las ingles.




VUELVO AL TIEMPO DE LOS ÁLAMOS


Aúlla el viento en el corral,
ciego, furibundo, afilado
como lengua de serpiente.
Se me funden los dedos entre las teclas
y la pantalla me mira con la cara burlona
de un clérigo que se ríe de mis pecados
mientras me cicatea penitencias.
Siento que no me queda
más que el esplendor de los membrillos
en otoño, y las noches
de tangos arrastrados debajo
de la maldita luna.
Pero dejo libre el aire enrarecido, los hedores
del estiércol, y vuelvo sin remedio al tiempo
de los álamos aquellos.






La sombra del alcaudón


Al guardián de las riberas, a Monfragüe.




PRIMERA PARTE


Perdí la juventud como las ondas
concéntricas se pierden en la cara del auga
cuando cae una piedra.
CABALLERO BONALD




Si pudiera volver solamente un instante
del fondo de la noche,
llenaría tus manos de caléndulas.




Me hablas de la Garganta de las Yeguas
como de un lugar sagrado: quimera
enredada en la bruma, velos para novia
difunta, como Ofelia, desdichada.
en el aire que abrasa, tus ojos abrasados
y en el fondo de una copa azul
el mar más azul
y la noche
Y
sigo buscando las yeguas blancas
que pacen diamantes en la escarcha.






Recuerdo aquel camino
precipitando hacia la fuente
las huellas de sedientos caminantes.
Entre la umbría soledad de los alisos
un bautismo
de frescura matinal.
No presagiaba nada la tormenta
que regaló la noche a las encinas
ni el rayo
fundiendo en un instante
su cólera en los líquenes.


Y tú tan lejos
y yo tan cerca de la noche,
abriendo las ventanas
al vuelvo predador del alcaudón.






Para Sara


Intentaba descifrar el misterio
de los números.
cuántas son diez más diez
y por qué veinte resulta ser
de cuarenta la mitad.
Pero anochecía y los mirlos
Se despedían de la luz…
Entonces comprendí que diez
son las manzanas que cuelgan
del otoño,
que, con otras diez, son justamente
la mitad de las cuarenta
que me caben apretadas en la falda.






Pido, a cambio de mi alma,
tu mirada luminosa,
encender contigo el fuego de una noche,
asar castañas,
beber el vino que me ofrezcas
y recoger sobre la alfombra
tu naufragio de azaleas.


Y si hay alguna sombra al otro lado
de la puerta, cerrar con siete llaves
y quedarnos con la voz del viento
en la ventana
y el corazón de la noche
apretado entre las manos.






Era navegante solitario,
timonel y lo que un barco requiere
para cruzar mares
menos procelosos que los que asomaban
a sus ojos.
Volvía de madrugada
de rondar a una sirena: sobre el hombro, el remo,
a su espalda el amanecer
cautivo de las aves cazadoras.


En la cantina de un puerto sin mar
y sin olvido, cazalla y güisqui de barril.
En las ingles el calor de un recuerdo
redondo de salitre y en el pelo las algas
que la nieve cinceló
entre las cárcavas y el viento.
Marinero de río, guardián de las riberas,
pez abisal que transmuta las madrugadas
en ardientes estrellas infinitas.


En sus manos guardaba la edad de las encinas
y el vuelo transparente y breve de la efímera.






…Qué encina, de madera
más oscura quizá que la del roble,
levanta mi alegría, tan intensa
unos momentos antes del crepúsculo
y tan doblada ahora.
CLAUDIO RODRÍGUEZ


Fueron los alcornoques centenarios
y las encinas viejas y sabias
quienes nutrieron mis ojos de otros horizontes.
Aromada de cilantros, la noche
me devolvió a la mañana,
tenue y clara entre la lluvia perezosa.


Y ahora este sol de domingo,
tan engañoso y altivo,
tan amarillo y osado,
no es más que el sol de un paisaje
que olvidé.
Sigo cautiva de los trenes,
de las estaciones sin nadie,
de los andenes largos,
de amaneceres
abiertos otra vez
a la lógica de razones
por alguna causa rechazadas.


Vuelvo a la soledad de los caminos,
e intento entender por qué los pájaros
se quedan inmóviles,
como esculpidos en el eterno
silencio de la piedra, allí donde
el río extiende su metáfora de espejo.






Y me hablas del dolor. La fragancia de láudano
que entorpece la mente, vierte sobre mi carne
bálsamos que ya no pueden redimirme.
Lejos, donde la vida ocupa su guarida,
alguien tañe, melancólico,
un canto funeral. Huyo bajo el techo
celeste y sólo la lluvia
aligera mi deuda. Dejo atrás boca y manos,
los pies y el ombligo.


Desbaratada, como rompecabezas
me rehago,
busco en los escombros
y construyo el Universo
y otra vez
enciende la mañana,
entre la esperanza y la locura,
el resplandor prodigioso de una aurora boreal.






Vago por la latitud de los recuerdos,
intuyo vagamente mis propios
meridianos,
pan que alimenta mis quimeras, oscuros clarines
entre las ciénagas y el sueño.


Pájaros solares en las alas
invertebradas
de la tarde, ascienden
súbitos de la garganta de las yeguas –de aquellas
que pacen diamantes en la escarcha.


Para convencerme
de que he de morir harían falta
muchas voces afinadas
y aun así, yo sola me convenzo
de que esperaré en el limbo hasta que lleguen
las vendimias del otoño.
Ahora recojo uvas verdes.


Desnuda ante el viento propongo adjetivos
idénticos para la razón y la codicia
y doy la vuelta a la clepsidra
que se quiebra entre los dedos
implacables del Ángel de la Muerte.














LA FLAUTA DEL SAPO






Este poemario quedó finalista en:
Concurso Internacional de Poesía Ateneo Jovellanos, 2004.
Concurso Internacional de Poesía Ciudad de Mérida, 2007.








Para Beatriz, por la vida,
Para Marián, por la luz,
Para Sara, por crecer también conmigo
Para Carmen Rueda, por supuesto.




LA FLAUTA DEL SAPO






¿La poesía para qué puede servir
sino para encontrarse?
Omar Lara.




PRIMERA PARTE






Alma mía, como en el concierto de Vivaldi
“con violino principale e altro violino per eco”,
yo quisiera que fueses
esa voz que “in lontano”
desde las colinas eternas nos devuelve
la canción de cada día.


Álvaro Cunqueiro.






UN BUDA PEQUEÑO


Redondo,
como un buda pequeño,
se mete entre mis sábanas.


Es el sapo,
el sapo con su flauta.






HOY NO EXISTE


Estoy tumbado aquí con toda mi filosofía
en mi sillón de Rijeman.
Fuera, la niebla flota. Gris
se desliza por la ventana, gris pálido.


Fa Claes.




Me gusta pensar que la vida
transcurre lentamente,
que puedo atesorar
las tardes en que el sapo ensayaba
una voz nueva
sobre los cauces
de cualquier venturosa
palabra tuya.


Hoy no existe y ayer
se eterniza en el recuerdo
como un círculo
que se expande a mi alrededor.






IDENTIDAD


Si tú murieras
las estrellas a pesar de su lámpara
encendida
perderían el camino.


V. Huidobro


Ya no tengo identidad.
Cuando apartaste de mí tu fervor
y en el aire
tu mano trazó la despedida,
cerramos la puerta de la casa
y allí quedó cuanto fuimos.


Como un viento frío, habita la memoria
los rincones oscuros
que ayer iluminabas. Y la silla,
la tuya,
es un reproche
mudo al cuento de mi vida.






SI DIOS


Y si Dios
se cansó de la tristeza y no quiere existir
que devuelva la luz a las mareas
en la niebla
que me trae tu mirada desde el mar.






CONVICTO DE LA LUZ


Siempre supe que eras tú
y no abril
quien invadía sin permiso
mis aposentos en penumbra.


Regresabas, convicto de la luz,
olvidando en mi alcoba
tu rastro de crisálida
y al alba retomabas tu camino
buscando las mareas.


Hoy florece efímero el nopal
y su fulgor aparta
las sombras de mis ojos,
mas nada me devuelve
el fuego de tus pájaros cantores.






ENTRE EL HIELO Y LA SAL


Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.


Juan Gelman


Me ovillo bajo el cielo del otoño,
te busco en el rumbo de mis ojos
y cierro
distancias y horizontes
entre el hielo y la sal.


Si me traes la manzana de la bruja,
envuélvela en el limpio
color de la mañana y déjame seguir
camino de la Vía Láctea,
donde hilan las estrellas perversiones
de fuego y miel.
Si me ofreces la copa con el zumo
sagrado de los sueños, miénteme:
hazme ver que eres tú
quien me espera al final del laberinto.