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domingo, 25 de marzo de 2012

6498.- EDGARDO NIEVES MIELES


Edgardo Nieves Mieles
(Puerto Rico, 1957)
Publicaciones: El amor es una enfermedad del hígado (1993), Las muchas aguas no podrán apagar el amor (2001), Este breve espacio de la dicha llamado poema (2006), A quemarropa (2008) y Estos espejos ciegos donde palpita la música del mundo (2009). Algunos de sus relatos han sido publicados en las antologías El rostro y la máscara. Antología alterna de cuentistas puertorriqueños contemporáneos (1995), y Mal(h)ab(l)ar (1996). También en Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño (Madrid: Páginas de Espuma, 2005).




Si el jobo caído no salta y se reúne a su rama es porque te falta paciencia para creerlo 
(Sistema referido a Emilio Adolfo Westphalen)


Si el pan te malacostumbra a alquilarte para soñar,
no volverás a tener ni un gato ni el pelo largo.
Si continúas buscando ese cartabón con el que los retóricos
miden y cuadran sus perfectos versos clásicos,
nunca sabrás cómo los girasoles
se divierten y queman sus minutos apenas cae la noche.
Si mi mirada tiembla desnuda de alcohol y echa a navegar
sus barquitos de papel en la fuente de la plaza, el diminuto
banquete de la araña sabotearía la puntualidad de los relojes.
Si despiertas antes de tiempo, sorprenderás a mi esqueleto
espiando el amarillo esplendor de los robles.
Si la indiferencia con la cual contemplas tus sueños te hace envejecer,
nunca entenderás por qué el relámpago le mendiga al trueno
que haga públicas sus hazañas.
Si en tu cumpleaños número 12 + 1, la falda de popelina blanca
queda manchada como rojo tulipán, descubriremos que regla
es un instrumento que se usa para medir y trazar líneas rectas
del mismo modo que el arte embellece los rostros más imperfectos.
Si la rosa deja de sostener la misma belleza
sobre el sangriento engranaje de su espinoso talle,
pretenderían luego los senadores
que sigamos orbitando alrededor de sus chatas miradas.
Si te empeñas en ver el vaso medio vacío en vez
de verlo medio lleno, enmudecerían por siempre los ruiseñores.
Si nos detenemos a disfrutar el himno nupcial
de las ballenas en su rito de apareamiento,
la distancia sería entonces una herida menos dolorosa que la soledad.
Si esperamos los días amables de beber gentilmente una taza de té,
las olas del inmenso mar no cabrían en esas lágrimas
quemándote ahora las mejillas.
Si esa música frenética no arrullara más tu anodina vida,
te enseñaría a volar pero no seguiría tu vuelo.
Si nuestra amistad recibe un fuerte impacto en la línea de flotación,
ocurriría un gran excedente de ácido acético cada vez que juntes tus sílabas.
Si empapelas el cielorraso del cuarto con mis poemas,
el puente más hermoso del mundo abriría y cerraría sus mandíbulas
como los fabulosos caimanes cuando hacen el amor.
Si decidimos enfrentar, sin más armas que los ojos muy abiertos,
este insoportable desamparo siempre besándonos los talones,
entonces el muñeco de nieve tendría al fin
la oportunidad de conocer al verano.
Si dejas de humedecer el dedo del corazón
con la punta de la lengua para voltear esta página,
el cartero comenzaría a echar raíces como un árbol desquiciado.
Si mi corazón llora como un sauce
porque la brisa ha de estar leyendo el diario de ayer,
el tiempo no borraría ya los más dolorosos recuerdos
para dejar espacio en la memoria.
Si la mano cortada del más sanguinario criminal tocara a las puertas
de la primavera, los límites se desbordarían y en el horizonte
brillaría el sol eterno del silencio.










Si lo miras otra vez, notarás que, bajo la lupa, 
sigo siendo tu microbio más atento


Tú estás sentada de espaldas
a la entrada del conocido restorán.
En silencio fabricas, quizá, versos
con torres de espuma y ríos de pétalos.
Contemplas, tal vez, la Luna
pisoteada y empobrecida por los imperialistas.
Mi bulliciosa sangre sin edad
me lleva a sumergir las manos abiertas
en esa irresistible y negrísima ala de cuervo
que corona tu persona.
Enseguidamente, derramo sobre ti
la virulencia de mi ternura
y proclamo que aunque conserves tus viudos
anillos en un cofre robado
y con tu erudición eches a perder la épica
del paso de Aníbal a través de los Alpes,
todo recupera su sentido
sólo cuando sacudes tus cabellos
para recordarle al mundo que el amor
no se compra con tarjetas de crédito.










Ya estoy bastante grandecito para desearte como 
un dulce y llorarte como un niño o Confieso que 
he jodido (Sistema referido a Juan Pedro Gratitud)


a JuanMa & Zu


1


Ahora que armado de valor
he decidido dejar a un lado
el PlayStation y emprender una verdadera odisea,
daría hasta mi GameCube
con tal de subirme hasta la más alta rama
de tu lujuria y quebrar el candado
que resguarda la jugosa perla de tu ínclito clítoris.


Ven, olvidemos los hoyitos del camino
de regreso al colegio y el baile de las palomas
que se alojan en el campanario.
No temamos a la rigidez de los deméritos
ni al escarnio de deshonrosas expulsiones.
Dejemos que nuestro amigo el Sol
se duerma sobre las pudibundas prendas
que cuelgan en los cordeles del traspatio
por las que ahora no dejan de llorar
lentas y gordas lágrimas de enzimas,
fosfatos y modales políticamente correctos.
Que los arabescos de las sombras
vistan la desnuda sal de nuestra piel.
Que la penitencia de tus rodillas
cumpla años de lavar los pecados de tu vientre.
Que la yedra estrangule con sus anillos de rencor
los anulares izquierdos de nuestros padres.


Ahora que la lógica implacable de los números
me recuerda que regla no es sólo un instrumento que
se usa para medir y trazar líneas rectas,
hazme participe de tu desinhibida rebeldía.
Ahora que deslizo la navaja
de estos ojos que ya no son más los míos
por tus senos como flanes de 5 huevos
y tus nalgas duras y suaves,
encierra tu proscrito nombre
dentro de mi corazón de malvavisco.
Ahora que la cuerda de la cuica está a punto de mudar el pellejo,
ejerzamos el libre albedrío de descubrir
el mínimo común divisor de nuestros ombligos.
Ahora que el reloj, las campanas y el estrépito de sus palomas
llaman a misa, huyamos de una buena vez
por los seductores médanos del deseo
y déjame comulgar en el altar de tus azúcares
al amparo de las uvas playeras.
¡Mira que en los pueblos costeros el mar es la vida misma!


Aunque me traicione la vejiga,
el temblor de mi sexo pasará a la historia.
Esta vez no necesitaré un manual de instrucciones.
Atrás quedarán mis aburridos soldaditos de plomo,
la práctica de béisbol, Cartoon Network
y la cena que Barbie confeccionaría para Ken.
Atrás también quedarán las vitrinas de Plaza Las Américas,
el teléfono portátil y su vibrante mensaje de texto.
La pizarra verde monte,
el mar de pupitres y las albas blusas
telegrafiando el nacimiento de los pechos
que me despertaron un apetito inconfesable
por esconderme en el guardarropa a escarbar
bajo el vestido de tus muñecas de trapo.


Mientras el cura y las monjitas se alejen del jolgorio
refugiándose bajo la placidez de los soñolientos caobos,
disfrutaremos mis eternos 15 minutos de fama
destilando un silencio de doble filo.
Los gusanos no florecerán ya en mis uñas
y jamás lamentaremos lo ocurrido.






2


Yo, que siempre me afané por ser invisible,
que tuve miedo y me regresé de la cordura,
ya no tendré que esperar para zambullir la jauría de mis dedos


en busca del licencioso aroma a juguete sin estrenar
de Toys R Us que almacenas en la garganta de tus piernas.




3


Debajo de mí avizoré la bandera de tu sonrisa maligna y horizontal.
Con gesto de manzana mordida y sin miramientos,
expusiste tu as de espadas: no consentirías
que escribiera una sola línea acerca de lo nuestro.
(Una hilera de mayas me nacía en el alma.
Por mi voluntad colibriaba la posibilidad
de suspirar en mitad de la dicha:
darte la espalda y llevarme conmigo
mis largos y diestros dedos perfumados a tu sexo.)
Atravesé el espumoso túnel de saliva que me descarrilaba la sangre.
En medio del bosque que palpita bajo tu falda,
descubrí lo que parecía ser la luz de una linterna,
pero luego comprobé que se trataba del más ardiente tizón de leña.
(Aquí fue cuando comencé a hilar una especie
de súplica que dejaría inconclusa:
Padre Nuestro que estás en los burdeles de mala muerte
y en los moteles de paso donde la sífilis florece como los nardos…)
Me sentí potro salvaje galopando a sus anchas por la pradera.
(Era como si alguien derramara agua hirviente en una colonia de hormigas.)
La rosa de los vientos salmodiaba de grageas nuestra agreste contienda.
La punta de mi música más alegre me susurraba
que hiciera caso omiso de las amenazantes trompetas del Juicio Final,
pues, sobre nuestro desafío, la tarde lucía la mejor de sus camisas.
Entonces, los fluidos alimentaron la antes estéril tierra.
(En ese instante sentí que en mis manos caía el estruendoso hilito
de sangre con el que me amarraría a su cintura.)
Y fue como si el peso de tus senos
dulcificara la palma de mis manos viscosas.
Como si un travieso golpe de viento
te levantara del suelo y te posara en el manubrio de mi bici.
Como si desenfundara mis líquidas pistolas contra tus viejos peluches
con el aval de las autoridades civiles y eclesiásticas.






4


La incertidumbre no amamanta más la distancia abismal
que se tendía entre tus lechosos muslos y mi lengua puntiaguda.




5


Ahora que ha sido consumada la hazaña temeraria de vencer
la majadera persistencia de la arena y los mosquitos
y que al fin se han secado nuestros uniformes,
repitamos la ardua tarea de volver al colegio
aunque, en medio del escándalo y los aplausos,
nos aguarden, frente a la imagen del Cristo crucificado,
el ceño fruncido de las muy almidonadas monjitas,
la crueldad de los ojos de la Madre Superiora
y, de regreso en casa, el ya no tan
persuasivo flagelo de la vara de tamarindo.








De cómo, tras haber corroborado a la saciedad 
que crear una pequeña flor es tarea de siglos 
y que nunca perdió tanto tiempo como cuando 
se puso a aprender del cuervo porque aún su 
necedad no se apartaba de él, el águila se consuela 
pensando para sí que sólo el camino del exceso 
conduce al palacio de la sabiduría


Viendo el viejo William Blake
lo mucho que me dueles en los ojos
y en la distraída guitarra,
de buena gana abandona sus asuntos con Dios.


Orlado de gozo y beatitud, se me acerca.
(Trae puesto su gorro frigio color sangre.)
Con ternura de tallo mojado se inclina y,
en el delicioso pozo de mi oído,
deja caer este pequeño guijarro:
“Si el Sol dudase un momento, se apagaría”.


Luego de compartir con mi estulticia
ese fragmento de eternidad demasiado grande
para la torpeza de mi ojo, el viejo William Blake se enjuga
la frente con un gran pañuelo verde
y vuelve a sus visionarios quehaceres.


Así corroboro que la dicha es como el agua,
que se pudre estancada.
Entonces, el engaño retira las escamas
de plata de mis pupilas para que las llene
con los sabios talismanes que cuelgan del horizonte
y jamás vuelva a equivocar los acordes de tan exquisita alegría.


Con cuánta fe nuevamente torna mi sonrisa
a hilar sus más íntimos y amados paisajes.

http://revistasolnegro.com/sol%20negro/EdgardoNievesMieles.htm