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domingo, 25 de marzo de 2012

6512.- GUSTAVO RUIZ PASCACIO


Gustavo Ruiz Pascacio
(Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, MÉXICO 1963). Cursó la licenciatura en letras latinoamericanas en la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). Publicaciones suyas en los géneros de ensayo y poesía han aparecido en revistas y suplementos culturales regionales y nacionales. Becario del Centro Chiapaneco de Escritores durante el bienio 1993-1994, en el género de poesía; y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (FOESCA) en 1996 y 1998, ambos en el género de ensayo. Ganador del IV Premio Estatal de Poesía Rodulfo Figueroa (2001) con el poemario El amplio broquel de la melancolía, y del Premio Nacional de Ensayo para Crítica de Artes Plásticas Luis Cardoza y Aragón (2003) con el ensayo La plástica en Chiapas: el tránsito del color y la explosión de la forma. Actualmente es investigador de la Dirección de Patrimonio e Investigación Cultural del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas (CONECULTA), y docente de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad Autónoma de Chiapas.

Ha sido antologado en las memorias de los Festivales de Escritores Chiapanecos (UNACH, 1991-1997) y en la antología Eco de voces (Generación poética de los sesentas), selección, presentación y notas de Juan Carlos H. Vera, Ediciones Arlequín-Fondo Nacional para la Cultura y las Artes-Sigma Servicios Editoriales, México, 2004. Es autor de los poemarios: Cualquier día del siglo, editado por el Instituto Chiapaneco de Cultura (1994), El equilibrista y otros actos de fe, coeditado por Casa Juan Pablos –UNICACH (2000) y El amplio broquel de la melancolía, editado por Coneculta-Gobierno del Estado de Chiapas (2001); así como de los libros de ensayo: Los fantasmas de la carne (las vanguardias poéticas del siglo XX en Chiapas), editado por la UNICACH (2000), y Los designios de la Diosa (la poética de Efraín Bartolomé), editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro (2000). La Red Utopía A.C. y Jitanjáfora Morelia Editorial publicaron, en octubre de 2002, una Antología personal de su poesía dentro de la serie Poesía-antologías. 2006 conferencias en el Instituto Latinoamericano en Viena y en el Instituto de Filología Románica de la Facultad de Ciencias de la Cultura y Filología de la Universidad de Innsbruck, Austria.


DE LA MUERTE


A la muerte hay que dejarla vivir todos los días.
Con necedad, hay que abonarle la tierra del camino,
para que el agua vista sus raíces.
Con decisión, hay que marcarle el tallo hasta las nubes,
para que pruebe las crecidas ráfagas.
Con equidad, hay que soltarle a veces las amarras,
para que crea en la libertad y nos la cuente.
Porque la muerte sola no puede.
Por eso tiene que aferrarse a un madero,
a una montaña provista de aliento
o alguna resaca teñida de labios.
Así las cosas, con ella hay que afinar detalles:
Ser bondadoso,
para que no se rebele cuando no se le permita un paseo.
Ser accesible,
para que lleve las cuentas de nuestras obsesiones,
y ser implacable,
para que llegue a tiempo, siempre a tiempo.










Despacho a Patricia
(Fragmentos)


II


En Patricia hay un mármol tallado en mar.
En su centro el sol calcina recuerdos
de marineros ciegos. También hay un espejo,
ancho como la tarde, que desvanece rostros
cuando pulsan sus voces los desamorosos.
En Patricia, ocurren días, que de las membranas
del sol el viento moldea una garza, un lumínico
fruto, un hiriente costado, ladera de mieles,
poliflor. En Patricia los arroyos cuentan la
de todas las cosas, la magia común de los fidelísimos,
el ubicuo ruego de los pasionarios. Suele Patricia
ser un territorio de inusuales soles.




IV


Es el país de las historias profanas contadas
a contraluz en un rincón gótico. Es la bocanada
de humo más próxima a la hoguera donde serenan
sus almas los errantes y los infaustos. Es el
alivio a la seducción de los claroscuros en un
instante retinal. Es el abismo que llama por su nombre,
Patricia, acantilado de memorias y desvelos.
Es el país de piececillos andantes. Un poco de savia,
un poco de ruina.




XI


Creen en la canción de cuna de los árboles
que anuncían el crepúsculo. Confían en la entreluz
de los amantes justo en la cúspide de su minué lunar.
Los habitantes de Patricia tienen la plena convicción
de que el calor anida en las mañanas vecinales de los
bosques de junio. Sus cándidas manos arrullan el terminal
afluente de las aguas creederas, libres del hechizo de
los impíos. Aquí, en Patricia, un eremita saluda
los esteros de cristalino mar, besante de pieles.
Aquí, confieso los límites del fuego y me sorprendo
de véspero ataviado.










Salmo crepuscular del Equilibrista antes de enunciar sus actos de fe


Ascendido al brazo de los campanarios,
en la fortaleza del culto de la aguja
que invoca a desatar la lengua de las heridas,
el equilibrista acentuaba su plenitud.
Colgado de las atalayas,
barrido por el aura meridional,
manaba salmos de indeleble memoria,
aprendidos en una lejana ordenanza,
sacratísima estancia de lo improfano y lo despreciable.
“Que me sacuda el espasmo del holocausto,
que allanen mi mesa los infieles,
que me desnude la lluvia del sobresalto,
pero que no me vuelva carne hacia el vacío,
que no me gane el suelo como último asiento,
sin antes manar la persistencia
de lo improfano y lo despreciable”.












Ad infinitum del Equilibrista


Nos ha dado la inaugural sensación de los días,
el postrero territorio de la noche,
la unánime geografía de los fervorosos.


Nos ha dado el ufano escenario de la horda,
el persistente tupé exaltado de viento,
el fulgor de la súbita mirada.


Nos ha dado la carne en el cálido vitral del encaje,
el espíritu en el clandestino afán de la materia,
los átomos rompientes en el estremecido muelle.


Nos ha dado la cenital vigilancia de la jauría,
el mínimo rasgo del cóncavo cielo,
y sin embargo,
todavía nos arraiga
el fantasmal vértigo del vacío.








Epitafio del Equilibrista hallado debajo de La Algazara


Humana, pálidamente humana,
como el espectral acento de mi padre
al bajar la tierra de los confidentes.
Humana, tímidamente humana,
como el desengaño de los matinales trashumantes
al tocar la puerta del mediodía.
Humana, desgarradamente humana,
como el destino del jinete ciego
de luzcontraluz
en su sitio de encanto.
Humana, extremadamente humana,
como la abierta memoria en turno
del erguido faro
llamándonos la esperanza a cuenta.
Humana, dulcemente humana,
como el lomo de la baranda
besando la anciana
en el descanso del porvenir.


(de "El equilibrista y otros actos de fe" Ediciones Casa Juan Pablos/
Universidad de Ciencias y Artes del Estado de Chiapas, 2000)








SI PONES UN MANTEL sobre la mesa
decídete por el blanco si puedes.
Que blanco es el jazmín de plata
donde desciende el aire de tu lejanía.
Y blancas son las noches de la estepa roja
donde algún día anidarán tus oídos.
Por blanca se asemeja la lana
a la luz del ojo del ternario de bronce.
Y blanco es el sufrir del caminante
cuando despierta y hay un punto de encuentro.
Que blanca es la razón del que aún queda
rodeado en la faena del imperio,
y rueda su telar en plena arena
cubierto de quiméricos motivos.


(2004)












De: El amplio broquel de la melancolía, Colección Biblioteca Popular de Chiapas, No. 7, CONECULTA-Gobierno del Estado de Chiapas, México, 2001:




La casa donde nació el poeta


(Fragmentos)


I


La casa donde nació el poeta
Tiene la arcilla quemada de los siglos,
donde las voces que arañan sus paredes
son la esparcida memoria de lo infausto.
En su admirable batallar de pisos
un terraplén se inunda del orgullo
de poseer, sin mina, el coraje
y la perpetua vigilia de la noche.




III


La casa donde nació el poeta
tiene una escala que asciende lo mirífico.
En su prodigio convergen las páginas
devotamente alumbradas por la cima.
Por cada cifra que asiste sus peldaños
Ocurre un ápice indicativo de la victoria,
Y una motriz instancia donde copulan
la fortaleza de Dios y el terco sueño.




V


La casa donde nació el poeta
lleva teñida la afrenta del dolor.
El yermo cobertor de las edades,
la duda cayendo como un rosario a cuestas.
Profunda, a ratos indulgente,
lleva el tiránico ahogo del destino
aferrado del balanceo de la mecedora
y el metálico indicio del adiós.








De: Escenarios y destinos, Colección Hechos en Palabras, No. 24,
Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas, México, 2008:




Coda del suplicante al vértigo del hemisferio




Del golpe que asume la distancia no te fíes.
Del manto que asila el dolor del crepúsculo.
De la dimensión racional de la lápida cayendo.
No te fíes del alba que rae la hermosura.
Del mártir que ruina su mustio visaje.
De los notables del círculo su cordón anudando.
Del llavero que suena la fe de la puerta no te fíes.
Del alcázar que almacena la orden del látigo.
De la tinta que asoma subrepticia en esta página.








Oración


Agradezco a la diestra solitaria del magnánimo
el punto donde convergen
mis pasos habituales y esa mujer errante.
La noche que me da en las narices
cuando los fantasmas recorren la calle.
El pago del diezmo en los aparadores
que siempre simulan
la bonificación de la ventura.
Agradezco también la ira
del que le pesa la mañana.
Y el rito puntual
del recogedor de basura,
que nos hace sentir
que todo se lo lleva.
Incluso la caricia que hoy sólo nos odia,
y el odio vestido de pulcro lino
despidiéndose al pie de la escalera.










Después de los confines
(Fragmentos)


Construimos la ciudad.
En espera quizá de la profusión de las mareas.
Como una alusiva encomienda de lo fehaciente y lo mendaz.
Como quien llega siempre a la hora del preceptor
y hay un criterio de romper filas acechando.
Construimos la ciudad.
En espera quizá del primer nombre de tu cuerpo.
Como una lerda sensación del quebranto de la materia.
Como la presta caricia sin fondo del espíritu.
Construimos la ciudad.
En espera quizá de cierta ocasión para recorrerla.
Con los ojos que siempre quisimos verla.
Con los rostros que alguna vez dijimos nos miraban.
Con los días y las noches que nadie nos dio.
Con la pulpa y la cáscara del Mundo.
Con el tallo y la corteza de lo que nombramos.
Con el Centro y sus afluentes.
Con el ir y venir de nuestras orillas.








Como quien fija el domo de los amores invisibles
así te has ido por la pupila de la noche
sobre el descaro de los reflectores
que te secundan con una piel de luna
bajo la pendenciera sensación de los edificios
troca tu busto un lento aroma de canela
continuamente entonces el rumbo de las cosas
sigue tomando su vocación impar
su acento de ciudad alimentada
su impredecible importe de pasiones
yo me pregunto entonces
¿si no carezco de ti, carezco de tu nombre?
te volverá la noche un hilo del cardumen
tal vez sea tu nombre la tela del amor en que no me miro








Cuando en lo alto la ciudad me mira,
sólo me acuerdo de ese sol
que nace después del aguacero.
De cómo rompen los rayos de mi aura
el atavío de los impostores.
De cómo soy el origen y el redoble
del entrecruzamiento de la calma y la resurrección.
Cuando en lo alto la ciudad me mira,
solo me voy por el sendero aural.
La miniatura de mi boca canta.
Soy el origen y el redoble de un sutra.
El abanico que persigue la campana del mantra.
El ora en tierra y su cavidad de cielo.
Cuando en lo alto la ciudad me mira,
no me retiro al borde del aposento después de una salmodia.
No soy la boca.
Ni el tañido de la explosión en la boca.
No soy ni el movimiento de la boca.








Tiramos la casa ayer.
Primero los goznes de las manos en conflicto,
el caramelo del día y la cereza de los pezones.
Luego vino la ganga de las cortinas
y el desprender los pisos de nuestros pasos.
Para las seis de la tarde
ya habíamos arrojado el llanto y la cocina.
Dejamos para la noche
el remedo de los colchones y la catequesis.
El colofón del desahucio fue un cierto dolor de pecho.
Hubiésemos intentado otras acciones.
Arrojarnos sobre la pared del patio por ejemplo.
Pero decidimos tirar la casa.
Quizá porque nunca existió.