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martes, 10 de abril de 2012

6612.- ANA ILCE GÓMEZ




ANA ILCE GÓMEZ
Ana Ilce Gómez (1945). Nacida en Masaya en 1945, ahora es casi una leyenda. Su poesía, que se distingue por una portentosa intensidad lírica y precisión verbal, hizo que su primer libro, Las ceremonias del silencio (Managua: Ediciones El Pez y la Serpiente, 1975; segunda edición ampliada: Managua: Editorial Vanguardia, 1989) ocupara un lugar cimero en el Parnaso nicaragüense. Ana Ilce Gómez empezó a escribir versos a los diez años de edad; rememora que tomó el quehacer poético “en serio” luego de haber llegado a Managua para cursar sus estudios superiores. Debutó en 1964 con un recital en la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua y aquel mismo año publicó por primera vez en el suplemento cultural del diario La Prensa. Es licenciada en Periodismo por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). Tiene maestría en Gestión y Organización de Bibliotecas, otorgada por la Universidad de Barcelona, España. Trabajó como periodista, creativa publicitaria y relacionista pública de instituciones financieras. Entre 1990 y 1997 ejerció el cargo de Directora de la Biblioteca del Banco Central e impulsó la restauración de la colección pictórica de dicho establecimiento, considerada la más completa del país. Pese a que en su obra predomina una perspectiva intimista, Gómez no permanece ajena al entorno social y político. Sin haber sido militante o colaboradora del Frente Sandinista de Liberación Nacional, se identificaba con sus luchas antes y después de la revolución de 1979. En 1984, junto con las literatas tan comprometidas políticamente como Daisy Zamora, Gioconda Belli y Vidaluz Meneses, fue una de las firmantes de la carta pública titulada Desde diferentes trincheras los poetas nicaragüenses estamos con la revolución, difundida a través del Nuevo Amanecer Cultural, suplemento de El Nuevo Diario. Asimismo ha manifestado solidaridad con la causa feminista, sin que ésta se haya convertido en materia para su poesía. Su poemario Poemas de lo humano cotidiano (Managua; Asociación Nicaragüense de Escritoras, 2004) recibió en 2004 el premio único de la segunda edición del Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres Mariana Sansón, convocado por la Asociación Nicaragüense de Escritoras, Anide, de la cual Ana Ilce es integrante. En 2006 fue incorporada como miembro de número a la Academia Nicaragüense de la Lengua.




PERO LA VIDA

No soy mujer de multitudes ni inevitable en los círculos de amigos.
Mis amigos son pocos pero muchos.
Vivo el drama de todos y me desnudo el alma cuando toca.
Amo el vino callado, la palabra tranquila.
Extraño de veras los poemas que no escribí.
Así transcurre mi existencia en abandonos aparentes.
Pero la vida me cuenta sus secretos.




Permanencia

Me he desangrado en el trabajo
de dar permanencia a la palabra,
piedra pulida que yo he lanzado
a lo profundo de las aguas
para que algún día el pescador
solitario lance su red
y entre los peces muertos
la descubra
y la lleve a su orilla
y la haga suya para siempre.






Mujeres con guitarra

Hay muchas mujeres lapidadas a lo largo
de la historia.
Su vida fue de jaurías y de toros rabiosos
de sangre alzada
de mordeduras largas.

Mujeres que le devolvieron al mundo
la embestida,
que se inmolaron o tuvieron que matar
para seguir viviendo,
esas que en la hora más oscura
roturaron el campo con sus uñas
para que vos y yo pasemos.

Hondas mujeres
que quizás una lenta madrugada
marcharon al fuego o a la horca
por cosas tales como desordenar
el orden público
por inventar una nueva manera de descifrar
la vida
por tener voz
o por infieles
o ateas.

Ellas ya no están. Sus cabezas reposan
sobre un siglo o dos. Sus ojos
ya no existen.

Pero de ellas perdura una hebra sutil
un hilo ciego que sin saberlo
nos hace crecer y despertarnos en la noche
con unas ganas inmensas de vivir
de derribar todos los muros
de desafiar todas las hogueras
así como de amar y de pulsar
todas
toditas las guitarras de la tierra.

De: Poemas de lo humano cotidiano




Máscara del insomnio

Todo lo que leí
Todo lo que viví
Todo lo que perdí y no pude recobrar
Todo lo que soñé sobre mi almohada
Todo lo que olvidé y recordé en un instante
como atravesada por un milagro
Todo lo que nombré o dije o callé
Toda el agua que tuve mientras vos
te morías de sed
Y el sol que cubrió mis días
Y la luna que cercó mis noches
Todas las palabras y las líneas
que me guardaron de la soledad
Todo el frío
Todos mis amigos. Los que me dan la mano
y los que me saludan desde un perdido
ventanal
Toda mi vida anticipada
Mis angustias sobre la rueda infinita
de la existencia
Mi amor y mi dolor
Toda la brevedad convertida en eternidad
a través de esta larga y recurrente noche
de insomnio.




Ecuación perfecta

La latitud del corazón
la plenitud de una manzana
las flores insolentes del jarrón,
perfectas ecuaciones que desgrana
el azar
tropel de imágenes que llenan
la estancia de una mujer
que hilvana realidad o eternidad
con los retazos que la vida
le ofrece.





Red de infinitudes

Las premoniciones, los sueños, los augurios
La vasta red de los sentidos
Eso que desconocemos
Aquello que damos por sabido
El sabor de la sal
El ocre de la tarde
Lo fugaz
Lo continuo
Todo forma una red infinitesimal
un íntimo tejido
que entrecruza la vida de una espora
con nuestras propias vidas.
Éstos son los misteriosos obsequios
los enigmas al hombre conferidos
en la siesta de siglos
por la intención de un ángel
o el ocio de un Dios infinitivo.





Castigo de los dioses

Castigo de los dioses es morir
sin haber soñado lo suficiente
sin haber amado menos de lo que él o ella
merecían
o mucho más de lo que cualquiera
imaginaba
poseer un talismán que jamás advirtió
nuestro destino
recorrer una tarde sin asombrarse de la rosa
escribir un poema que se deshace con el agua.





A una mesa



Esta mesa fue de mi abuelo.
Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza
y durmió largas siestas
donde se mezclaban vía crucis tormentas
toques de queda
y mujeres furtivas que se marchaban a la nada.

Esta mesa fue de mi padre.
Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes
y naturalezas vivas
y mi madre aplanchaba sobre ella
con la plancha de carbón.

¿Quién era más triste:
la plancha, el carbón o mi madre?

Mía también fue esta mesa
y sobre ella escribí un día estos versos
que nadie se atrevería a publicar.

Cada generación tiene su historia.
Cada sueño su raíz. Cada mesa es como
la palma de una mano. Sus líneas
nos pueden revelar en el momento preciso
de dónde proviene
la madera de los sueños
la nostalgia de las manos
o el lenguaje cifrado
del corazón.

De: Las ceremonias del silencio




Ensalmos

Veo la hoja de naranjo que incontenible crece
ante mis ojos
y advierto la gota de lluvia que se abate
sobre el césped.
Llego al camino abrumado de musgos
que se abre en dos largos e infinitos brazos
y no sé cuál tomar.
Cierro los ojos y siento la densidad del sol
cruzando la esfera de la tierra,
escucho su suave murmullo
dador de vida pero también agonizante.
Todos son pequeños momentos magistrales
de existencia
fugaces momentos que representan una eternidad
o un instante.
Y todo es como si sucediera un milagro
como si se nos diera un ensalmo
que consuela y alumbra
nuestra oscuridad esencial.

De: Poemas de lo humano cotidiano