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martes, 10 de abril de 2012

6627.- JOSÉ MARÍA PIÑEIRO



José María Piñeiro. Orihuela (1963). Ha cursado estudios de Filosofía e Historia del Arte a través de la UNED. Uno de los miembros fundadores de la revista literaria Empireuma.
Ha publicado plaquettes de poesía – El légamo de las estrellas-, así como de aforismos: Hilas de papiro. Autor del poemario Margen Harmónico, publicado por la Fundación Miguel Hernández, en su colección Contemporáneos a mano.
Actualmente está en imprenta su libro Profano Demiurgo.
Artículos, ensayos y poemas suyos han aparecido en revistas como: Salamandra, La Lucerna, Luna de Papel, Letras de Deusto, Baquiana (publicada en Miami), o bien en Poezia y Contemporanul, ambas en Rumanía.
Ha sido seleccionado en antologías publicadas en Alicante y Murcia. También ha realizado exposiciones fotográficas y pictóricas, tanto colectivas como individuales.
Recientemente le fue concedido el premio honorífico de fomento a la lectura por un artículo publicado en la revista murciana Ágora.

http://empireuma.blogspot.com.es




AQUÍ

Tras los siglos,
los carrizos no han dejado de agitarse al compás de la brisa,
ni los peces surcar las profundidades translúcidas.
Ese árbol simboliza el cosmos al tiempo que forma parte de él.
El mar siempre estuvo ahí, liberador de memorias.
Y el tiempo de la creación no ha sido sino el instante
en que, de pronto, la flor cerrada
ha extendido sus pétalos a la luz.

Del mismo modo,
mi palabra no revela la confidencia de ningún ángel promisorio,
ni pretende tornear nuevas leyes de la mirada,
sino que se destrenza en balbuceos amorosos
que el deseo desea satisfacer en ti.






COORDENADA DE MÍ

Si me canso de cavilar dónde estoy,
en qué confín vacila mi cuerpo,
qué superficie pule obsesivo el pensamiento,
la inercia se derramará en densos velos laterales
y sentiré la caricia de no ser sino eso,
un volumen que se delinea
sobre la pared del ocaso manando sombra.

A no ser que un estremecimiento de calor
anule especulaciones
y me haga distinguir lo que el espejo refleja
y lo que sé que soy,
mientras el mítico tiempo transcurre
o se supone que transcurre, torneando montañas
y fusionando, secretamente, partículas a mi alrededor.

Prisma soy del mundo,
como lo eres tú y ése que se aproxima a tu cara,
prismas solitarios,
ventanas absortas,
visores obstinados de un margen que es la totalidad.

En ti y en mí está todo lo que puede percibirse,
nos basta con nuestros límites soberanos.

El resto es el tejido de las conexiones probables
de nuestras percepciones
que el solícito y anónimo amanuense
transcribirá como expresión del Reflejo de los reflejos.

Espero otra cita de sensaciones
que me haga pensar en tu cálido abismo
como receptáculo de sensaciones distintas pero inteligibles.

Léeme entre las pausas de cada estallido.
Haré lo mismo con esa extrañeza aproximativa
que eres tú para mí.





HABERES

Hay un ángel de piedra musitando himnos yertos.
Hay pecios ignotos en las dunas de los sueños.
Hay un gesto tensando el día, hay estancias cautivas.
Hay una hora sin nadie en el confín de los acontecimientos,
una fábula apenas dicha.
Hay una hebra de hierba
diferente de otras a las que se parece,
astros que intercambian sus alientos.
Hay un pentagrama que nadie interpreta,
o una ilusión que no repiten los espejos.
Hay un mundo extraño que es éste,
un aluvión parado en la vertiente,
un estilete fundiéndose en cada promesa.
Hay una ansiedad ansiosa de decirse,
palabras e imágenes
amontonándose en los dédalos de la memoria.




LA CHICA Y LA BARRA METÁLICA

Qué sola está la chica, danzando convulsa
en el pequeño círculo del escenario
que artificiales fulgores irisados
pretenden hacer seductor.

Qué sola esa filigrana de carne lustrosa,
voluptuosidad para nadie,
ninfa que se camufla desnudándose,
retorciéndose como un autómata de nervios y cabellos
para la horda
que la escruta, neciamente, allá abajo, en la umbría.

Y danza sin parar,
esfumándose por entre sus propios contoneos,
restregándonos en la cara nuestra propia alienación,
- la imposibilidad de la delicadeza-,
como un fetiche vivo
reducido a no desaparecer sino así,
a través de la carne
fruncida en la mirada de la masa
que ya no la corteja,
sino que sólo ha aprendido,
burdamente, a desear un fantasma.