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viernes, 13 de abril de 2012

6638.- MIROSLAVA ROSALES

Miroslava Rosales. Nació en San Salvador, El Salvador (1985). Licenciada en Periodismo (Universidad de El Salvador, 2009). Pertenece al grupo literario El Perro Muerto desde 2008. Ha sido incluida en la antología “Nuevas voces femeninas de El Salvador”, a cargo del escritor Manlio Argueta y publicada por la Editorial de la Universidad de El Salvador (2009). Actualmente labora en ContraPunto Prensa Digital.



Venida

Saliste de las sombras,
lento venías hacia mí,
lento manantial, lento descenso,
lento susurro venías así de brillante a mis ojos,
y te acercabas como viento,
y entré a la gruta de tu corazón,
y, entonces, bebí toda el agua que brotaba de ti, tan clara, tan fresca, tan oscura.

Tu venida de sol inesperada, silenciosa,
llenó mis grietas de luz necesaria,
y me elevabas a tu condición de astro intacto,
y descendía a la sima de lo incierto,
porque me habías hecho sombra y no espléndida brisa,
que viajara cantando por el mundo,
como un pájaro, por fin, libre.

Ah, tu venida abrió la estancia de sangre,
la estancia del amor que después se cerró.




Palabras de una enferma

Poesía, levántame de esta cama de enfermos y sin nombre,
sácame de este hospital de fantasmas y tiniebla.
Bien sabes que mi corazón más se dispersa en este agujero.
Dame la fuerza para abrir los ojos de la ciudad,
darle, por fin, un horizonte, a sus ojos de asfalto, brillo, nardos, risas,
más perdurables que sus estructuras de hierro.

Esta ciudad,
siempre tan gris su cuerpo, tan incierto,
siempre sus dientes tan dañados.
Esta ciudad,
tan fría como este hospital,
en el que llevo meses y meses sin familia de visita.

Hoy escribo de noche,
en esta libreta de úlceras,
con un corazón en cada mano, en cada dedo, en mis labios,
y busco en ti la furia, poesía,
la furia de tu boca,
los electroshocks, los estallidos, los cables a la ternura
y los ojos despiertos, abundantes en tu vientre.

Poesía, dime tus códigos de estremecimiento y aullidos,
de transparencia y vuelo,
sin límites de espacio.
Esta ciudad como yo necesita de tu abrazo,
hoy que todo ha caído desde dentro,
desde dentro,
desde dentro.





La muerta

Hoy estamos reunidos en la penumbra queridos asistentes,
he aquí una llama desproporcionada ya con los ojos cerrados,
en su casa definitiva.

Amigos,
ustedes que sabían de sus turbulencias, de su desenfado de llama, de sus motores,
ustedes que la acompañaron mientras se hería los dedos, las mejillas, los senos,
venid y ved su rostro.

Compañeros,
ustedes que juzgaron sus arrebatos,
su violencia y vulnerabilidad propagándose por la ciudad en las noches,
mientras ella tan solo buscaba las gotas de la ternura para su boca siempre reseca.

Ciudadanos,
ustedes que clavaron sus navajas en sus tiernos tejidos de llama desenfrenada,
ustedes que clavaron en sus ojos las navajas del desprecio cuando ella cantaba en los portales, en las habitaciones, con un arpa de luciérnagas y soles,
fíjense en las cenizas de su rostro.

Respetables señores y señoras,
mucha llama en la punta de un alfiler, en este agujero perdido, en esta ciudad sin freno.
Recordad que ella, la discípula de las explosiones,
les llevará a la fosa donde habitará por los siglos de los siglos.
Recordad los cometas de su risa,
recordad sus pequeñas manos detrás de las mariposas anaranjadas.

Ahora,
juzgad todos sus deveneos y devorad sus carnes de llama descompuesta.
Tienen todo el derecho.



La muerte

“Pero la muerte, por supuesto, besa también apasionadamente”,
Jaroslav Seifert.


El día menos esperado, con su mano aplastante, puede ser su venida:
ya estés leyendo en el sofá las notas rojas del día,
o seas mosca en el murmullo de un centro comercial,
o vayas al salón de clases con la calma de que hablarás de lo mismo,
o te internes a la habitación de tu amante una noche cualquiera.

Ella,
sin horarios, atravesará su bisturí en silencio,
sin que las oraciones de las santas de la casa,
ni los aceites ni los cuidados de las manos amorosas
detengan su venida.

La melodía de margaritas,
los racimos del corazón
habrán sido borrados en un segundo.

Ya no podrás volar con los cometas
ni, desde el centro de tu patio,
ver los pájaros de la mañana.

De sus brazos ya no regresarás.
Si te toma, te toma en serio.






El corazón con la musa decapitada

Nos han quitado las naves espaciales hacia la ternura,
las orquestas de lilas desenfrenadas, la pradera celestial,
los mantos, los líderes de la transparencia y las alturas,
el azul de las pestañas, los delfines y los arrecifes del corazón,
los arcangeles de la psicodelia,
los patios con alondras magenta,
las ventanas de la cabeza y el trópico,
las auroras de las uñas y los dientes,
los ojos, las muletas, los últimos cantos eléctricos,
los tambores, los clarinetes de la euforia,
la sinfonía de la tarde naranja a la hora del café,
los aplausos, las caricias de algodón y mermelada,
los jacintos de bulevares de sangre y desperdicios.

Los billares, las iglesias, los prostíbulos se han cerrado.
Hemos buscado la hierba para nuestra cabeza
y solo hallado lijas, cercos eléctricos, agujas infectadas, campos minados de desprecio

No entiendo esta partitura de bestialidad y muerte, hermanos.
No entiendo esta caída de rosas y corazones en el plato de la cena.
No entiendo la estridencia de los parlantes en las plazas y las asambleas.
Lo cotidiano es cruel para el vuelo de los niños y la revolución.
Ya no somos los mismos,
ni somos las muñecas de trapo con vestiditos rosa en los estantes.

La ciudad es la esclerosis, la anestesia, la tumba, sin duda.
Esta ciudad, la musa decapitada.





Destrucción

Y mi madre me dio refugio contra los cuchillos,
la pólvora, la lluvia, la cal,
por nueve meses en su vientre,
pensó en gaviotas para mi corazón,
en girasoles, polvo interestelar, clemátides,
y me dio de sus ríos, de sus granos de aurora y avena,
de su leche, de su calor,
de su palabra, fuente de sangre y melodía,
y me construyó con sus manos, con su boca,
un mundo de silencio y aluminio.
Y crecí
para darme cuenta de la destrucción,
de que la palabra más certera es la muerte,
de que ya no existen los girasoles, mi patio abierto al sol,
el ciprés entorno al cual jugaba en las tardes siempre sola,
la galaxia que miraba desde mi telescopio cuando niña,
y ahora vivo en la niebla invernal de un bosque de fantasmas,
en un viaje al centro de los cataclismos,
y ya no hay regreso.
Ya no hay regreso.



Carta en recuerdo de una mañana

Pequeño,
mi corazón se amplificó en todas sus dimensiones electromagnéticas,
con tu venida, tan iluminada como una autopista, esa mañana de junio.
Me recordabas a la dicha de una danza de guitarras eléctricas en un escenario psicodélico,
a las naranjas en verano en un campo de muchachas de blanco y listones azules en su cabellera de manantial,
a las gaviotas y los pelícanos de mis sueños de arena y escarcha.
Todo volvía:
miles de aviones supersónicos de la ternura y la claridad,
las sílabas con sus tambores rojos y portentosos,
y yo, con mi vestido de glicinas,
a los portales de los arco iris y las aves,
y te nombraba desde mis aguas termales, desde los motores del delirio y el desenfreno.
Pequeño,
había tanta dicha en un instante con solo tu llamado de violines y baterías solares,
tanta dicha con tus canciones de lilas y claveles de metal,
tanta dicha con tus canciones de delfines y unicornios electrónicos.
Pero fue todo efímero.
Aplastado el incendio en un minuto.