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viernes, 13 de abril de 2012

6658.- MANUEL PINILLOS


MANUEL PINILLOS
Manuel Pinillos de Cruells
(ZARAGOZA, 1914 - ZARAGOZA 1989). Poeta, crítico literario, articulista. Cursa la carrera de Derecho y, tras un breve período de ejercicio profesional, se dedica enteramente a la poesía. Su primer libro de poemas, A la puerta del hombre, aparece publicado en 1948. Su último titulo, Cuando acorta el día, es de 1982. Entre ambos, veinte libros, y una frecuente colaboración en revistas poéticas nacionales y extranjeras, dan la medida de una de las más fecundas obras poéticas realizadas en Aragón a lo largo de nuestro siglo. En 1951 funda y dirige en Gerona la revista Ámbito (Literatura y Polémica) y en 1952 obtiene el premio «Ciudad de Barcelona».

La poesía de Manuel Pinillos representa, esencialmente, la búsqueda de un absoluto, el hombre enfrentado al significado último de sus existencia (la incógnita de la muerte, eje central de su poesía) en medio de una realidad que impone sus leyes, que alza muros al deseo del poeta de salvar las limitaciones de la condición humana, «sitiado en la orilla» en su persecución de un destino liberador. Poesía del «desarraigo existencial» (Frutos), metafísica y religiosa (Dios como depositario de la revelación salvadora), de duros y torturados acentos, la voz de Pinillos alcanza al mismo tiempo una cálida dimensión cotidiana centrada en el amor como superador del desasistimiento humano, y en la ternura y comprensión de las debilidades que derrotan al hombre y lo sitúan ante su desnudez total.

• Obra: A la puerta del hombre (Col. Verbo, Alicante, 1948); Sentado sobre el suelo (Col. Almenara, Zaragoza, 1951); Demasiados ángeles (Col. Ámbito, Gerona, 1951); Tierra de nadie (Col. Neblí, Madrid, 1952); De hombre a hombre (Col. Alisio, Las Palmas, 1952); La muerte o la vida (Col. Doña Endrina, Guadalajara, 1955); El octavo día (Tarragona, 1958); Débil tronco querido (Col. Dezir, Zaragoza, 1959); Debajo del cielo (Col. Orejudín, Zaragoza, 1960); En corral ajeno (Col. Alrededor de la mesa, Bilbao, 1962); Aún queda sol en los veranos (Col. La isla de los ratones, Santander, 1962); Esperar no es un sueño (Col. Rocamador, Palencia, 1962); Nada es del todo (Col. Poemas, Zaragoza, 1963); Atardece sin mí (Col. Adarce, Zaragoza, 1964); Lugar de origen (C.S.I.C., Zaragoza, 1965); Del menos al más (Cuadernos de María José, Publicaciones del Guadalhorce, Málaga, 1966); Viento y marea (Col. El toro de barro, Carboneras de Guadazaón, 1968); Hasta aquí del Edén (Zaragoza, 1970); Sitiado en la orilla (Col. Puyal, Zaragoza, 1976); Viajero interior (Bóveda, Borja, 1980); Apoyado en la luz de la sombra (Zaragoza, 1982), y Cuando acorta el día (Zaragoza, 1982).

La Institución «Fernando el Católico» editó en 1990 el libro Poesía (Manuel Pinillos), una recopilación de cinco de sus poemarios: Sentado sobre el suelo, La muerte o la vida, Débil tronco querido, Lugar de origen y Cuando acorta el día.








Caminar es ganar y es perder

Caminar es ganar y es perder porque está todo lejos
y a veces, deteniéndose, se domina el camino.
La muerte, lo sabéis, es el más largo viaje
y lo hacemos tendidos en el suelo, quietamente tendidos,
mientras la luz se alarga dorando lo distante.

Por eso me detengo a recontar las horas,
igual que se vigila el volver del rebaño
en el anochecer pausado de los valles;
y al decir su recuerdo es como si lo diera,
emprendiendo la marcha más ligero, más solo,
más mío, más posible.

(Sentado sobre el suelo, 1951).





Cuando me despedí de mi tristeza

A Margarita

Cansado de vivir en mí, me eché a tu río.
Mi cadáver de pena bajaba por tus aguas
y salió a esta otra orilla mi corazón más vivo.
¡Oh, acabar donde era y nacer en tu alma!

He aprendido la vida más cercana y más bella
en tus días iguales, tan seguros y eternos.
Si me haces un plato de ensalada, me besas
con olores de campo, con los labios del cielo.

Si me hablas de cosas tan pequeñas, diarias,
como el precio del puerro o de las alcachofas,
sé la cifra secreta de las más altas ramas
y la fuerza sonora de las primeras rosas.

Cuando callas me habla el silencio del aire
de la cima de oro que alcanza mí alegría
y un silencio contigo es un silencio a mares
donde escucho la hermosa canción que no sabía.

Soy ya como las salas de un castillo encantado
donde todas las luces dicen palabras tuyas.
Hay letras de tu nombre por todo mi pasado
y te conozco hasta en la muerte que me suba.

Pero no digo esto por decir, extasiándome
en ese alrededor que me das ahora mismo.
Veo tu enorme forma antes de recordarte
y eres todo el futuro: Porque contigo, existo.

(Debajo del cielo, 1960).





Humilde historia de mi cuarto

Cuando te miro, humilde cuarto mío,
seguro y limpio, lleno de mi vida,
asomado a tus cales, a tu friso,
sentándome en tus sillas de madera,
me veo quietamente desvestido
del que soy en mis pasos, en mi rauda
consecución ajena a tu hondo espejo,
que en ti me configura. Tus arrugas,
tus grietas en los muros, se te han hecho
a través de mis años. ¡Ya las siento
pegadas a mi carne! Son el rostro
frontero que me dice lo que arrastro
de vejez, de tus horas ayudándome
con tu paz, con tus techos protectores;
con la luz que se filtra en tu ventana.

Cuando abro tus cristales y entra el día,
y viene el sol, benigno, hasta mis dedos,
como una paloma, con su pico
acariciando mi epidermis; cuando
me levanto del lecho y cojo un libro
y me hundo en sus márgenes calientes,
vuelvo la vista a tus paredes lisas
y sé que estoy mecido por tus brazos
que me contienen y me arropan. Salgo
-algo me llama, algo me empuja-,
me uno a la ría de los otros, pero
vuelvo, y me miras con tus ojos claros
y en seguida comprendes lo que tengo
dejando en las aceras, si estoy triste,
si me alegro, si canto por debajo,
indiferente a los raspazos de la lucha.
Pasan los meses, cava el tiempo encima
furiosamente duele;
pero tú permaneces a mi lado,
envolviéndome, atándome a las cosas
que me guardas solícito (ah tu armario
repleto de papeles, de recuerdos,
de pequeños detalles expresivos),
y pasa el tiempo en vida, pero duras
como mi cuerpo que me lleva y muestra
lo andado, lo sabido, lo que tengo si sufro.

Salgo afuera, me dejo atrás tu puerta
favorable, porque uno se hace al choque
de lo que enfrente a su frontera bulle;
pero tú aquí me aguardas, aquí pones
tu meta de partida y de llegada,
y como un perro noble me saludas
al retorno, lamiendo vas mi mano
cansada, me despojas de la ropa
aparatosa que me viste el hábito
social, y tiernamente me desahogas:
haces comodidad cada minuto,
te echas a mis pies en las alfombras,
me acoges en tu límite callado...

Un día, pasaré tu dintel último
y ya no habrá la vuelta de las noches,
el pitillo final de madrugada.
Pero en tu atroz silencio habrá algo íntimo,
como ese en que la esposa nos espera
cuando salimos y tardamos. Todo,
tus cuadros, tus visillos, la baldosa
donde me detenía escuchando tu calma,
tendrá conciencia de su soledad,
me aguardará sin abandono. Y luego,
cuando otro, no sé quién, me sustituya,
sé que tu siempre oirás mi paso entrando
en tu porche apretado, en tu paciente
refugio sin declive.

Cuarto casi mi voz, casi mi temple,
aquí me quedaré por siempre retratado,
pintado de costumbres que me dieron
mi forma inconfundible. Cuando pasen los años
y si retocan tu tabique o quitan
estos modestos muebles que te sirven,
tendrás mi olor, mi libertad; tu carne
de paredes tranquilas, quietamente,
aguardará el regreso que ya nunca
podré mostrarte,
seguirás esperándome en minutos,
a que encienda la luz sobre la madrugada,
y yo, en la muerte,
te miraré como a la voz tranquila
del alentar donde me he hecho
un hombre, aquí, a tu lado,
pisándote y sabiendo que jamás
te he perdido del todo,
pues eres tiempo mío y suelo de mis ansias.

(Viento y marea, 1968).





Parado aquí, en la paz de la llanura,
contemplando la efigie de los robles,
la quietud cristalina del remanso,
el último perfil de la montaña
silenciado entre nieblas augurales,
veo pasar mi vida como un cauce
-mediado y transparente-
que refleja la espuma de las cosas.
Largo camino dejo ya la espalda
y mucha es la palabra por decir,
en voz que me atosiga entre los labios,
fruto incierto, perdido, inconvertible,
que evaporado queda en silenciosa,
estática mesura del recuerdo.

Los años se me fueron, se me irán,
mirando al vasto mundo tan cercano,
evidente a los ojos, ya táctil,
para vestirlo en oro de los sueños.

Allí el fluir del viento y de la rosa,
aquí la levedad suelta del agua,
más allá el vaho intenso de las pinos,
en torno al musical ahogo de Dios.

Todo tan sorprendente y nuevo ahora
como cuando de niño lo aprendía,
tendido sobre el suelo, atento, inmóvil,
adorando el respiro creado,
trascendido en celeste paraíso.

Me bastaba observar, pensar, sentir,
soñar acaso, en cautelosa espera,
saberme rodeado de aire y luz
-de horizonte desnudo y de milagro-
para mi soledad irremediable
sin decir en voz alta
el grito comedido de mi pecho.

Pero quise sentarme y, sosegado,
sobre la blanda hierba y junto al río
iros contando, hablando a mi manera,
fluyente con mi verso
-como el agua a raudal por la ladera
lleva su agreste linfa eco del monte-,
la heredada armonía del pasado,
que ya es ser, ser de mí, ser de mis venas,
diluido en palabras o en clamores
que enumeren, desnudamente, mi alma
cargada con su duda y con su olvido.