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jueves, 19 de abril de 2012

6697.- HÉCTOR MIGUEL ÁNGELI



HÉCTOR MIGUEL ÁNGELI nació en Buenos Aires en 1930. Es poeta y traductor de italiano. Ha publicado en poesía: Voces del primer reloj (1948), Los techos (1959), Manchas (1964), Las burlas (1966), Nueve tangos (1974), La giba de plata (1977), Para armar una mañana (1988), Matar a un hombre (1991), La gran divagación (1999), Animales en verso (2004), Frutas sobre la mesa (2007).




OTRA VEZ EL SOL

El sol es una venda suave,
muy dorada al principio,
cuando toca
los grandes parques exquisitos.
Luego sigue por un río de arena
que no alcanzo a comprender
porque está
en mi vereda, en mi cuarto, en mi cocina
y lo detengo y me llama,
y me lastima y vuelve
y luego sigue
hasta la sucia placita de los descalzos
y allí también me llama y vuelve,
pero entonces
esa venda suave es de color ceniza.





TÉRMINOS

Degustar no es igual a disgustar.
Según sea,
uno hincha el vientre del arzobispo
y el otro
asume la responsabilidad de la historia.





UN CAMPO DE SOLITARIOS

Hay cosas que se pueden ver
y otras que no
desde un campo lleno de solitarios.
Se puede ver
el peso trillado de la piedra
sobre la cornisa
pero nunca
porque ya sería demasiado
el peso del invierno
sobre los alambres de púa.




EL JARDÍN DE LA VILLA

Este jardín tiene flores,
pero no tiene alondras.

Gotea una canilla,
pero no canta una fuente.

Por allí anda un sapo,
pero no navega un cisne.

Asoma un enano de yeso,
pero no luce una Venus de mármol.

De noche, brilla una bombita
pero no un farol francés.

Este jardín no es un lugar aparte.
Pertenece al gran mundo del pobre.
Todos lo vemos un poco,
pero muy poco.





MANO EN EL PAISAJE

La mano desolada de un hombre
sobre un árbol
puede todavía creer,
sobre una parva
puede todavía sonreír
a los maniáticos insectos,
sobre la perpetua llanura
esa mano
ya se cierra en un puño desafiante
y ya no es mano.
Es una rata herida
cansada de andar y andar
entre sitio y fecha
sin descubrir morada alguna.




CON LOS PIES NOS VAMOS

No quiero que me levanten los pies para morirme.
Que me alcen las manos, eso sí,
hasta la desembocadura de los astros.
Pero no quiero que me levanten los pies para morirme.
Con las manos hacemos la ternura y la nostalgia,
Con los pies nos vamos.
Y cuando me vaya,
quiero ser toda mi despedida.

Porque estoy traspasado de materia,
de materia inflamable y aleatoria
que no me deja en paz, que me persigue
y que no quiero olvidar cuando me vaya.

Las cosas están altas y en la altura se arrastran.
Todas las cosas son, se me parecen:
el sueño intestinal del ave,
la orquídea en el vientre de los muertos.
Debo irme con ellas,
transportadas por esta permanencia.
Tan grande es el dolor de nuestra marcha,
tan grande y tan amigo,
que no quiero que me levanten los pies para morirme.
Quiero ser todo el que fui cuando me vaya.

(De Los techos)





SENTADO A LA MESA DEL LOBO

Sentado a la mesa del lobo
no hay fruto que me arroje al destierro.
El lobo es un prócer especial.
Cada uno de sus gestos
me abre la puerta del bosque.
Y me daría también la llave
si yo se la pidiese.
No es necesario ser bueno o ser malo
para sentarse a la mesa del lobo.
Sólo se requiere
saludar como todos los días
a nuestros propios asesinos.
Y tal vez algo más:
cavar un pozo en las colinas
para esconder nuestros amores.
Sentado a la mesa del lobo
a veces sueño que he dormido,
pero a veces me consume la dicha
de haber sido una pasión.






JUICIO ORAL

Vamos a ver:
estás aquí, sentado en un café
y escuchas las hermosas palabras
que te dicta tu inseparable compañera,
esa Poesía que nunca sabes
si es una puta o una santa
aunque no importa mucho
porque siempre es una mujer de noble corazón.
Analicemos:
las hermosas palabras no pueden ser reemplazadas.
Esto implicaría una infamia
cuando caen sobre las fotografías del mundo.
Por ejemplo:
la cabeza cortada de un adolescente
rodando sobre el asfalto.
Sin embargo, esa palabras no sirven
para detener al esbirro
que mañana cortará otra cabeza.
Ahora bien:
la palabra es siempre una desesperada
en el crepúsculo del desierto.
Pese a sus fulgores,
no puede resolver sin la idílica sombra.
Una prueba:
¡Pobrecitos los poetas!
Quieren ser útiles, salvar las armas,
luchar por todos contra el muro del vacío,
pero la belleza siempre los traiciona.
¡Oh, sí, pobrecitos!
Última instancia:
la Poesía renace en una guarida de alucinados.
Conclusión:
se te va la vida
en lo que no dices y en lo que no haces.
Te queda, muy pequeña, la muerte.






FRENTE AL GRAN RÍO

a Silvia y José Luis, en Posadas

Oh, meditación del agua!
Oh, sitio de la altura!
Así empezaría un poema pretencioso
pero no,
es apenas la llovizna que languidece
sobre la cuidad fogosa.
Desde el alto balcón de mis amigos
el gran río
ni siquiera parece suspirar.
Sólo es una revelación del aire,
un camino brillante de cenizas.
Las nubes brotan del río
y sobre el río
piensan como nosotros pensamos,
sin tregua ni límites.
Son las nubes
de la libertad y de la tristeza
que zarpan de todos nuestros días
y nos obligan a ser mortales.
En este otoño de las despedidas
creo que nunca cometí maldad alguna.
Por eso pienso, como piensan
las nubes lejanas fugaces,
que estoy entre los fracasados.