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martes, 24 de abril de 2012

6728.- SANTIAGO SOLANO




SANTIAGO SOLANO
Santiago Solano Grande ha cursado estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Oviedo y de Profesor de E.G.B. en la Universidad de la Laguna, en Santa Cruz de Tenerife.
Lleva más de una década escribiendo en, por y para, La Red.

Su proyecto personal está alojado en El Literonauta, en donde se pude leer casi todo lo que ha escrito.

Ha sido director de la página web de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, ha organizado eventos culturales relacionados con la poesía y la narrativa en distintos pueblos de la provincia de Toledo y Alicante (Burujón, La Puebla de Montalbán, Villena…).

En la actualidad gestiona la página web de la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid, la página web de la Sala Trovador, sala muy unida por cierto a la Asociación Prometeo de Poesía, y es Director General y Administrador web de ESCRITORES EN RED. ASOCIACIÓN MARQUÉS DE BRADOMÍN.

Publicaciones tradicionales:

NOVELA:
Destino final, INCIPIT, 1995.
Lienzos del pasado, BmmC, 2001.

POESÍA:
Muleta y viento, SINMAR, 1996.
Olía a traición y soledad, Huerga y Fierro, 1998.
La sombra de la casa, Minor Network, 2002.
Tratado de la belleza moribunda, Vision Libros, 2008.

RELATOS:
Flor de acebos y otros cuentos, Minor Network, 2004.



TETRALOGÍA EPLILOGADA

Hyperion

La vida lenta continúa anegada de tiempo, bajo La Esfera. Germina con la profundidad del aire. Tiene pasión; y un destino cuelga en ella. Es la belleza y el escándalo ante la nada.
La vida lenta teje las historias posibles, ilumina el techo de este mar eterno con el destello del paso efímero, cruje y cae; pero sólo hasta que llega la quietud laureada y muda.


La caída de Hyperion

La vida lenta no aprueba el goce del salto entre mundos, ni el descenso a los cuerpos resucitados. No ve las burbujas refulgentes tras la anchura del labio y el vuelo del avatar.
La vida lenta no golpea con la implosión precisa; pero sí siembra la naturaleza desgarrada, sí brota en el estercolero sellado, sí sube hasta las cabezas y la luz  de nuestra historia última.


Endymion

La vida lenta insemina el Vacío que Vincula. Sospecha que en la sombra del amor no cabe la exactitud del número; y que los nombres escritos en el agua flotan a la deriva.
La vida lenta se esfuerza en el dolor; vive para él. Teme encontrar la altura adecuada de un dios que padezca ante lo perfecto y vomite el inexcusable licor agónico de lo eterno.


El ascenso de Edymion

La vida lenta no está cegada por su propio límite. Siembra y espera. Esculpe la esperanza irresoluble y el temor; suaviza las embravecidas aguas futuras que se deslizan hasta el vórtice del hambre.
La vida lenta no olvida los lodazales de conciencia que flotan en el piélago del sufrimiento. Vuelca la pitanza de nuestro caldero en la morada del lenguaje y compone la canción del caos.


Epílogo

La vida lenta que se derrama trae hasta nosotros la vibración cálida del deseo, el amor en medio de la oscuridad, nuestro arder pausado, el laberinto sobre lo escrito, la pequeña muerte desnuda.

Del poemario Tratado de la belleza moribunda (2008)


EL DISCURSO DE DON CASTO

Manuel supo que era artista al décimo parpadeo. Tomó aquel poco de barro, sopló sobre él, y esperó. No había entonces la luz ni la noche. Luego dijo:
“¡Anda!”.
…Y aquel pedazo de barro soplado se transformó. En pie humano, en rodilla y pubis, en columna vertebral, en cuello, cabeza y alma perdurable… En el dolor contenido de la carne; en preguntas sin respuesta.


Manuel supo que era la hora amarillenta del árbol de la vida cuando vio que su muñeco de barro moría. Se quedó helado, blanco y frío. Luego exclamó:
“¡Leche!”.
… Y aquel pedazo de muerte caída se transformó. Aparecieron entonces las estrellas y los dioses, las batallas, el honor; y esa esperanza sin nombre que contiene el verbo exacto de los mitos y los sueños.

Del poemario Tratado de la belleza moribunda (2008)




OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD

Mis besos, el único billete
para el viaje que te puedo dar;
la única medicina posible.
Olía a traición y soledad en el huerto,
bajo las antorchas encendidas y la noche.
Y no me llaméis Judas,
que lo mío es la impotencia.
"¿Acaso ella no se marcha sola?", te pregunto.
La cabeza, caída sobre el hombro izquierdo.
El envés de las manos, mirando a lo alto,
más allá del techo, el cielo, las estrellas;
rodeada de esta luz excesiva del estío,
envuelta en ese blanco hiriente de las sábanas
que ocultan la verdad.
Estás ya muy deforme.
La hemorragia sube
y toca y te encharca un poquito
los pulmones.

Del poemario Olía a traición y soledad (1988)





FIEBRE

Para cuando regrese, tenme lleno
el vaso del recuerdo. Cuando vuelva,
yo abriré el carcón de los espectros.
Tú ten tan sólo el vaso a rebosar
de sopa de nieve, con su umbría
y su nostalgia.

La lágrima oscura
vendrá conmigo. No temas, que yo
le diré que abrillante el dolor
de los rincones. Tú, de amor el vaso
lleno, de aquel dulce imposible
que los días se llevaron al otro
lado del cielo.

Yo te iré
dibujando en el cuaderno las alas,
el pelo y los ojos tronco de árbol
y de plegarias, muy apoyados
los codos sobre la tabla redonda
de la mesa. Tú, el brasero abajo,
bajo la falda, y arriba, por cielo,
el techo blanco y la curva del arco
que hiciera el abuelo.

Para cuando
vuelva, casa, casita del pueblo,
tenme lleno el vaso del recuerdo.
Yo te llevaré el viento enfurecido
del presente, y ese dolor oculto
de mieles y anocheceres perdidos….

Y la fiebre de no saber si
al volver, realmente se vuelve.

Del poemario La sombra de la casa (2002)





VIOLETA

Aquí la raya del horizonte es línea
fina difuminada por la amplitud.
Aquí la niebla y la escarcha blanquean
los surcos recientemente abiertos.

Aquí el frío corta y tiñe de violeta
la piel, y todo está como dormido.
Aquí la helada que tomas de las plantas
se te derrite prontamente en la mano.

Aquí se advierte fácilmente que hielo
somos al calor del paso del tiempo,
y que nos vamos licuando y cayendo.

Aquí la verdad está escrita en la cuneta
de los caminos con palabras sencillas
y todo es natural y nada da miedo.

Del poemario La sombra de la casa (2002)






EN

En las calles de Santa Cruz, en aquellas mismas calles
que te vieron crecer y olieron tus perfumes, hay ahora un desierto;
quizás únicamente sea el frío de Diciembre
bajo este sol indolente que no cumple, que olvida
el sagrado deber, que deja de calentar la sangre
de los pocos viejos que se marchitan en el claustro
de sus casas destartaladas, que asoman las narices y el miedo
por la rendija de la puerta, que regresan al brasero,
y callan, y acaso derraman una lágrima verdadera
de ausencias, o de tristeza, o de nostalgia.
.
Santa Cruz de la Sierra duerme, como tú;
espera los meses del verano y las risas que la vuelta
de los emigrados trae, aguarda emboscada en la sombra
de la sierra. Atrás quedan los cantos de los monjes; encerradas
en algún libro destruido están las historias y los mitos
de la vieja laguna, la tumba de Viriato.
Y la ilusión del nuevo renacimiento es un sueño
que se pierde en el horizonte lejano, verde oliva, blanco, negro.
Corno tú, que vienes y te escondes en estas palabras
y nos haces creer que es posible volver.
.
En Santa Cruz de la Sierra, las raíces de las gentes
que pueblan las ciudades, que llenan las fábricas,
están esparcidas por las veredas, a la intemperie, pudriéndose,
secándose, impregnando el aire de otros aires,
contando historias de otro tiempo.
Es fácil ver un carro cargado de trigo que arrastra un viejo asno
cansado. Es fácil sentir el cantar pausado del que ara,
del que siembra, del que suda, del que sueña con vivir.
Es fácil, finalmente, acceder al corazón del ayer
e imaginar lo que no se fue, lo que pudo ser.

Del poemario Olía a traición y soledad (1988)