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martes, 24 de abril de 2012

6733.- PEDRO PERDOMO ACEDO




PEDRO PERDOMO ACEDO
Nace en Las Palmas de Gran Canaria el 16 de mayo de 1897. 
Fallece el 29 de mayo de 1977 en Las Palmas. 

PEDRO PERDOMO ACEDO Y SU RELACIÓN CON GUÍA DE GRAN CANARIA



  En mayo de 1899 Felipe Perdomo Calderín, casado con María Acedo Valdés, adquieren en Guía de Gran Canaria la vivienda de los "ratones", posteriormente llamada de los Acedo. De este matrimonio nació Pedro Perdomo Acedo, quien solía recordar que de niño había pasado largas estancias en esta ciudad, concretamente en la casa que en la actualidad pertenece a Norma Ayala Molina (ubicada frente al Bar de Encarnita).
Periodista y poeta que a causa de su evidente singularidad suele ser de muy difícil ubicación. Formado en el periodo de las vanguardias históricas su producción literaria se da a conocer parcialmente después de la Guerra Civil española.

Nace en Las Palmas de Gran Canaria el 16 de mayo de 1897. A los pocos años se traslada con su familia a Guía (Gran Canaria), donde realiza los estudios primarios.

De regreso a Las Palmas, entre 1907 y 1915, continúa sus estudios en la Escuela Normal del Magisterio.

En 1912 inicia su actividad periodística colaborando en periódicos locales. Al año siguiente entra a trabajar como redactor del periódico La Provincia y ese mismo año pasa a formar parte de la redacción de la recién creada revista Florilegio.

Participa como miembro del grupo fundacional de la Escuela Luján Pérez (1917) y forma parte de la redacción de Ecos durante la dirección de Alonso Quesada.

Para cursar estudios superiores de Magisterio se traslada en 1918 a Madrid. En la capital entabla amistad con Ortega y Gasset, se relaciona con el ambiente cultural de la época y colabora en las revistas madrileñas La Lectura, Revista de Occidente, España y, con posterioridad, en el Suplemento Literario de La Verdad, de Murcia.

En 1919 inicia su actividad lírica, aunque dará a conocer su obra en libro durante el periodo de posguerra.

Regresa a Gran Canaria en 1927 y edita la colección literaria Biblioteca de las Islas que, entre otros proyectos, prepara la edición de la obra poética de Domingo Rivero. Colabora en la Rosa de los Vientos (Tenerife) y es uno de los firmantes del primer manifiesto vanguardista de dicha revista. Al año siguiente funda y dirige hasta su desaparición en 1933 el periódico El País.

Vive de nuevo en Madrid en 1935. Trabaja como profesor en la Escuela Nacional de Ciegos y como redactor del periódico El Sol. La decisión de establecerse definitivamente en la Península se ve truncada por la Guerra Civil española que le obliga a retornar a Las Palmas.

En 1943 publica su primera entrega poética que inicia la Colección para treinta bibliófilos editada en Las Palmas por Juan Manuel Trujillo.

El 29 de abril de 1953 reaparece (de la mano de Matías Vega y tras catorce años de silencio gubernativo), el periódico Diario de Las Palmas. Perdomo Acedo será su Director hasta su jubilación, en 1964. A partir de entonces inicia un periodo de mayor dedicación poética, no sólo por la elaboración de materiales nuevos sino por la incansable ordenación de todo aquel material poético elaborado durante más de 35 años.

Fallece el 29 de mayo de 1977 en Las Palmas. Poco antes había publicado su último libro con motivo de la muerte de su esposa.



HONDERO DE SU HERMOSURA

Tu figura, tan sólo tu figura
cómo resbala cuando verte quiero
y se infiltra en el muro lisonjero
con la respiración de una escultura,

mas ignoro con qué fogonadura;
por si es obra casual de un hechicero
hondero voy a ser, tan sólo hondero,
pero hondero de toda tu hermosura,

con vértigo de súbita fajina
puntearé la trayectoria entera
que te ha escondido en deslizante cielo

y pues el ala propia no te inclina
con ardorosa ráfaga a mi suelo,
que sea mi amor tan sólo el que te hiera.





POEMAS DE ESQUELETO DEL AGUA


AUTOEXPULSANDO TUS LÍMITE

Con las ficticias rupturas
de ficticias divergencias.
Autoexpulsando tus límites 
más dentro de tu existencia
estás, más dentro
de los mapas de contornos
tu vía láctea terrera
y yéndote de tu cuerpo
cómo al reptar te asemejas
a la serpiente que expulsa,
no importa de qué manera,
la piel de croto caída
para prolongar las piedras
donde crecen sin cultivo
las plantas de la miseria.




CAMÉLIDOS

Hay que adherirse a la duna
y traducir sus jadeos
para entenderte, camello,
siempre idéntico a ti mismo,
siempre espectralmente idénticos
tus instantes fronterizos
en el escenario eterno
mientras agitadamente
cubres de mapa el desierto
con las venas de tus pasos
trazados a punto seco,
y es la propia caravana
de tu orgánico archipiélago
la primer cadena que hollas
sobre el sabuloso océano
en que se ha borrado el agua 
para pintar sus silencios.






CON UN GRANO DE ARENA

Con un grano de arena
se fecunda una concha;
con un grano de arena
la isla violentada por el fuego
presintió en la cantera
el curso de la sierpe que le busca
los rompimientos de su sangre negra;
los templos se edifican
multiplicándola en la piedra
y la indesterrable poesía
florece y se consagra
en un divino grano de arena.





AL VIENTO

Oh viento, viento, viento;
en tu puño cabría, cabría en tu garganta
ese infinito mar bajo tu vista expuesto,
cosido de dobleces
y vestido de luz como un velero;
con decisas escodas restauras las flexibles
cumbres de los desiertos,
mas no puede acabarse en solo una jornada
obra que nos produzca un enjuto archipiélago
de aldeas, de ciudades, de metrópolis
en cuyos cascarones suene de modo inmenso 
la expansión creadora de tu pulmón barroco,
ya colonizados los escarpes del cielo
en donde los humanos se agruparán el día
que absorba Dios el agua al deslizante océano.




AL CAMELLO

El movimiento llama al movimiento,
itinerante oasis abreviado
nunca impostor de la experiencia.
Tu gozo relincha al centro
de la inmensidad desierta;
con qué gravedad retornas,
centrado, a la periferia
y en cada pozo que escalas
un vivo puerto vivaz encuentras.






LA ERUPCIÓN QUE VENDRÁ

Antes que la naturaleza ejercite el oficio del guerrero
me encabrita el barrunto
de la respiración de un volcán nuevo.

En los ahumados montes limitantes
aun candentes de Dios, cascabillos del fuego,
por no entrar en la historia de mano de la piedra
actué como el gorgojo elegidor del tiempo,
y demolí a mi vida el capullo de lava
que retiene desnudo de horizonte al isleño;

y como los barrancos que se pierden
para llegar muy lejos
aun las aguas más dulces
amargas con los golpes se volvieron
en la fidelidad de los caminos
desparejados por el día negro.





                                                              
                                                                        
     Con el cansado pie sobre el estribo
mi vida, sin cesar desengañada,
sale a doblar, en forma imaginada,
el último recodo sensitivo.

     En mi experiencia, sólo en mí viajada,
 ni un nimio rastro que borrar percibo,
pues sólo salva el pensamiento en vivo
y mata toda eternidad fechada.

     Mi itinerario, eternidad sin fecha,
la decisiva guarde siempre en blanco
hasta alcanzarte a ti, no mancillada

     hora que escondes para mí la flecha
que el segundo fatal fije en el flanco,
cerrando la agonía así iniciada;

     si su serena forma barruntada
con la real de la muerte coincidiera,
mirándome en segundas no muriera.

                        De La muerte imaginada (1943).




                        

          Yo te bendigo, amor, porque en la muda
perfección de tu carne, enriquecida
de alma, devuelves a mi vida
                    el rango que alguien puso siempre en duda.

     Celeste me haces, sólo con tu ayuda,
la tierra a tu virtud fiel prometida
donde habré de admirarte más vestida
cuanto más te me ofrezcas más desnuda.

     Al tocarte, mi mano se hace cielo,
siendo de natural cosa distinta;
no una fracción me das, que me das toda

     tu vida corporal, todo tu anhelo;
y así mi corazón del tuyo en cinta,
te da el eterno fruto de estas bodas.

                 De Epitalamio sin fin (1945)






         BALADA DEL HUMO

     Sí, te fuiste desvinculando como el humo,
que después de inventar montes de niebla
desaparece para hacerse cielo;
pero aún ignoras que el amor no puede
dejar ceniza, cual combustor leño,
mas impalpable mundo,
y que sigues tan presente como el día
pues llenaste tus sombras de luceros.

     El dombo errátil que me cubre
tiene la forma de tu amor y tiene
muchos detalles solamente tuyos;
y si en su oscura totalidad eres tú misma
cada parte con minúscula luz te reconstruye.
Porque no fuiste llama mortecina
que en acres desposorios con el viento
huyó de sí para buscarse entera
–eco del humo, no; sí humo del eco—
y nos liga el mismo lazo insoluble
al mismo aroma del pasado incendio.

     Al evadirte de mi hoguera crees
que sofocaste nuestro hermoso siniestro.
¡Qué equivocado estás, oh siempre que a sí mismo se desconoce!

     ¡Qué equivocada estás,
llama ya gris de mi más puro fuego,
deslizándose sin mí en tu alejado mundo!

     No te he apagado Dios aún en mi pecho
e inmaterial –y desdeñosa, acaso—
sigues tu ruta porque sigo ardiendo.

                 De  Ave breve (1948).






                   TROMPO DE MÚSICA

     Es mía, siempre me busca
las manos de niño solo,
cuando se niega el alma a dar el salto infinito
por encima de las nubes debajo de las espumas,
cuando el laurel se autoocela con los claros de su sombra
y se repinta el jilguero el amarillo de luna;
cuando es caricia escuchada que ha robado a mi secreto
presagio, sonido y pluma,
y se revienta su arroyo entre los juncos del cielo
quitándome de la boca su golondrina de música;
cuando el berbiquí de fuego descubre el signo a la roca
al madurar en los montes tantas estrellas de azúcar,
y las fugitivas pieles de los cerros soleados
con fatigada inocencia en los membrillos se arrugan.

     No la trajiste, mi amor; nació con mi sangre, es mía;
aun cuando si vuelvo alegre a tu tangible regazo
surge en mi pecho tu imagen,
igual a la de mi angustia,
gira mi cueva encantada, bañándose en tu rocío,
igual que un trompo de música,
eruptivamente aflora el lento arroyo escondido,
por ti enlazado a la arena de la persona profunda
y va poniéndoles nombre a las alfombras
selladas sobre los nervios divinos de las palabras más tuyas.

                           De Caballo de bronce (1953).






    
                    ASCENCIÓN

     Logrando mi ascensión a válvulas abiertas
--oh tú la fuente humana del cielo antes no visto—
nacemos a lo alto, únicos con el águila,
somos veloces huéspedes del aire
                   que estampillaron su sombra sobre una marea de montañas.

     El pasado se tuerce hacia el futuro
con el viraje de la mosca
sobre la dimensión que cambia el rumbo
y ascendiendo, ascendiendo
con un rugido de ángel-león poblamos  
la misteriosa Catedral del Viento.

                      De Volver a resucitar (1967).






HABIENDO SIDO ALA SIN DEJAR
                DE SER TIERRA

     SIEMPRE en acción el mismo pensamiento
de pernoctar un día en las alas del ángel
para huir de los príncipes oscuros
empañando mi sombra comienzo a descolgarme
por turbinada grieta
que va abriéndome el cielo del oasis
y en niágaras de luz voy descendiendo
al ladrado repudio de los canes.

     Descargando de cólera a los truenos
me franquean portillos de solitario escape
y pasa Dios la mano por los montes
que mueven sus perfiles y empetrándose
naciendo están las hierbas en un soplo
y en un soplo también pueden los árboles
desabrochar los paracaídas de la niebla
mientras del fondo de lo inmenso suben
ópticos excitantes
a la húmeda cornisa de la aurora
que no admitió jamás huella de nadie;
y habiendo sido ala sin dejar de ser tierra
su espesor le he medido a la piel del paisaje.

                    De Cielo de vuelta.





     MAS MI AMOR NO ANALIZA

                                                              A Plácido Fleitas.

     CON la nomenclatura del lenguaje de trato
las hélices recrean fugitivos senderos;
sobre el abismo propio
mi corazón madura la llamada del tiempo.
Zarpando en majestuoso orden operativo
angustian mis insomnios, cual el grueso
de flora despegada en una misión incógnita,
las palabras en fuga que rebosa el recuerdo;
y ahora, al abrir los ojos
a media libertad, libres del peso
que azuza la memoria con premioso inventario,
como al final de un puente reconocido encuentro
la procesión exótica en que desfila el mundo
del puerto franco miliunanochesco
que en cada chimenea va narrando una historia,
y la encendida brasa del carbón, un secreto:
HH. blancas y negras, federales, paquetes,
piononos, verdinos, petroleros,
concordias, lirios, castles,
los del ancla, del palo y de los picos,
los Teowards y los Thorensen anexionando huertos,
los “arramblados” del hampa:
cómicos, colorados, estrella azul, y luego
el material humano, individual o tópico
que otrora fuera anónimo maestro
al escoger los ángeles en cada nebulosa
para orbitar la tierra de espíritus aéreos.

                          De Adiafa.







             GÁNIGO DEL SILENCIO

                                                         A Fernando González

     PUES empezó apagándose la vida cotidiana
y el imposible a ciegas continuar el sendero
en ti, Isleta inútil que sublimó la llama,
gánigo del silencio,
con ensanchada búsqueda vendimiará mi gozo
las uvas mal pisadas que exprimiera el incendio
porque es quebradizo el rumor de las olas
y el mar es para el alma un cristal sin secreto.

     Con la simplicidad creadora del mundo
igual que Dios las ama, amar las cosas quiero,
mudas como las hierbas que en tu recinto nacen
junto al vaso vacío, la ceniza y los muertos;
y al ceder la muralla tu malpeis hidrófago
dándole hogar sin ruidos al silencioso cuervo
absórbanse las parcas deslizantes la huella
de la muerte, aplazada desde mi nacimiento.

     ¡Para que reflorezca mi óbolo de carne
necesito la tierra donde enfundar los huesos!

                         De Adiafa.









     La Rosa de los Vientos para Pedro fue algo más que la primera revista vanguardista de Canarias. Su firma en el Primer Manifiesto Vanguardista significa bastante más que un garabato emocional. Fue la marca de su respiración, la que llevó incrustada hasta el último hálito.
    La historia de la literatura en Canarias está llena de rosas, hay un rosal que trepa por los muros de nuestra expresión, y arrastra su espinosa savia hasta las heridas que nunca han de cerrarse en nuestras singladuras marinas y vitales, donde todo  se hace universal tras la mirada. Pero La Rosa de los Vientos significó el momento justo en que la cultura universal confluía en las Islas y se hacía nueva, dialogante. Fue nuestra conciencia de epicentro.
     Pedro Perdomo Acedo siempre recordaría que de niño había pasado largas temporadas en Guía; pues, aunque nació en Las Palmas,  sus padres habían comprado la llamada “casa de los ratones” de nuestra ciudad. Algo queda de ese niño en el eco que se escucha cuando todo está en silencio, su bullicio juguetón, sus andadas por el barranco. Es posible que el tiempo girando en una rosa de los vientos mágica hiciera que el niño Pedro Perdomo se encontrara con el niño Santi Gil queriendo bailar al son de los papagüevos. Todo es posible; pero lo que sí es cierto es que su poesía es grande porque parte de la ingenuidad del niño que busca en los recovecos del alma, del niño que pregunta y se pregunta aunque no halle respuestas.



                                            Antonio Arroyo Silva