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sábado, 28 de abril de 2012

6736.- PEDRO BETHENCOURT PADILLA





Pedro Bethencourt Padilla
un espíritu libre

[...] ¿No será en fin de cuentas, la Poesía,
la más alta, la más bella expresión del Amor?
"Porque nada hay, por humilde que sea, en cuya intimidad
no descubra la mirada amorosa tesoros de Poesía".
"La Poesía" en Mensaje. Pedro Pinto de la Rosa.

Pedro Bethencourt Padilla nació en Agulo, La Gomera, en 1894. La vocación poética despierta en él desde muy joven. En su pueblo le animó a escribir Crescencio Rodríguez Rivero, cubano de ascendencia canaria, escritor, que trabajaba como funcionario del ayuntamiento en aquella época, y al que consideraría su maestro.

"Fue en mi pequeña Ysla silenciosa
que sorprendiste el sueño de mi alma.
Tú me creíste hermano de las aves
y entonces me dijiste que cantara. [...]"!1.

Pero la vocación se afianza con su traslado a Tenerife para estudiar en la Escuela de Comercio, que abandona para ingresar en el Instituto de La Laguna y graduarse de bachiller. Allí traba relación con un amplio círculo de jóvenes poetas que frecuenta el Ateneo, en especial con Pedro Pinto de la Rosa, a quien le dedicará un poema de su primer libro, Salterio: "A Pedro Pinto de la Rosa, Poeta Yuvista".

En 1915 gana el "Certamen de la Juventud Republicana", auspiciado por Alejandro Lerroux por la Fiestas de Mayo, con el poema "Elegías a Marte", en el que trata el tema de la guerra cuando está en su apogeo la I Guerra Mundial. Se publicaría al día siguiente en el periódico La prensa, y más tarde se incluiría en Salterio.

También intervino, con su poema "Canción primaveral", representando a La Gomera en la Fiesta de las Hespérides, organizada por el Ateneo de La Laguna, celebrada el 11 de septiembre de 1915 y coincidiendo con la inauguración del Teatro Leal. Allí conoció a Alonso Quesada, que representaba a Gran Canaria y de quien Pedro, con su memoria prodigiosa, se sabía todos los poemas de El lino de los sueños, pues lo consideraba el mejor poeta canario. La fiesta tuvo un gran éxito y recibió grandes elogios en los periódicos de la época. En La prensa del día siguiente leemos: "[...]Se quiere que ella sea un eslabón más de la cadena de unión fuerte y noble entre todas las islas del Archipiélago, se quiere que sea un símbolo y un salto de exaltación y de entusiasmo para la región canaria...".

El mismo año de 1915 publica en la revista Islas Canarias de La Habana varios poemas que envía desde Tenerife2. y su vida queda ligada para siempre a la literatura.


Los dos hermanos de Pedro Bethencourt, Agustín y José, fueron también personajes peculiares, y los tres merecieron ser recogidos en un artículo titulado "Escritores y artistas de La Gomera", que firma "Rafael" en un número especial de la revista Hespérides dedicado a la Gomera en 1927.

De Agustín destaca su afán por recorrer países exóticos y su conocimiento de lenguas orientales. Parece que viajó por Oriente y vivió en Grecia. Se casó en la península, aunque pasó una temporada en Canarias enseñando latín y griego.



José, poeta y literato, fue autor de la novela La efigie de cera y el poemario De tu voz, un eco. Fundó y dirigió varios periódicos, y fue propietario de una imprenta y más tarde de la conocida "Librería Católica".

De Pedro se dice en el artículo de Hespérides: "En sus poesías hay humo de incienso y rumor de plegarias. Su espíritu, viajero e inquieto, quisiera tornarse en ‘una lluvia de amor sobre la tierra’. Todas sus producciones están amasadas con harina de bondad y rutilares de místicas estrellas".

Pedro, desde muy joven, dio muestras de una llamativa personalidad. Valga como ejemplo la anécdota que nos contó Francisco Galván Torréns, que lo conoció cuando su madre, Carmen Torréns, ejerció de maestra del pueblo: "De Pedro Bethencourt se decía que tenía poderes hipnóticos y telepáticos (tras hipnotizar a alguien, luego con sólo mirarlo por la calle, éste se volvía y le preguntaba: ‘¿tú me llamabas?’; o una vez enterándose de que un amigo estaba en una capital europea le escribió que [...] y leyera una página de un libro que le interesaba, mientras él lo copiaba aquí en las islas por telepatía). Aunque una vez José Galván (marido de Carmen) le pidió que hipnotizara a sus hijos (José Manuel y Paco) para que no se orinaran en la cama, no lo consiguió. Pero sí logró leer un libro que no conocía con los ojos vendados. A este poeta le gustaba tocar la guitarra al igual que a José Galván y solían pasear juntos".
De ellos, Carlos Pinto Grote, hijo de su gran amigo Pedro Pinto de la Rosa, nos contó algunas historias: "Eran unos tipos formidables, mi padre fue un día a visitar a los tres hermanos y los encontró echados en el suelo, rectos, derechos. –¿Y que hacen ahí en el suelo?, les preguntó. –Estamos imantados Perico, le dijeron. Se habían puesto cogiendo exactamente el eje de la tierra para que pasara la energía por ellos". "Mi padre contaba muchas anécdotas de Pedro, como las barbaridades que hacía de pasearse La Gomera entera. De ir de un lado para otro y pasarse semanas enteras caminando por la isla, viendo el paisaje y durmiendo debajo de una piedra, le daba igual".
Los tres hermanos y Pedro Pinto eran teósofos, cuya doctrina sostiene que cada religión posee una porción de una verdad universal y busca lo que hay en ellas de "Sabiduría Divina". De origen cristiano y esotérico, bebe principalmente de las fuentes orientales como el Budismo y el Hinduismo. Pedro Bethencourt perteneció además a la masonería.

Esta mentalidad marca su poesía, y así inventa el Yuvismo, que define en el prólogo de Salterio: "[...] La poesía es una emanación de la Divinidad y a Ella debe afluir, por la misma ley natural que hace que los arroyos tornen al mar del que proceden.

Siendo la más expresiva de las artes, humanamente, la poesía ofrece una posibilidad más inmediata para la realización de lo divino. De aquí la responsabilidad del poeta como representante de la Belleza Universal.

[...] No adulteréis los dones del espíritu en ningún plano de la Naturaleza.

Fuente de felicidad ha de ser el poeta, para ayudar al hombre en la revelación de Dios por la gracia del verbo.

Y a Dios no se Le puede revelar sino con amor.
Mas no olvidemos que para la eficacia del amor es necesaria la alegría.
[...] No sea nuestro lema ‘El arte por el arte’
Sino:
‘El Arte por la Humanidad’
‘El Arte por Dios’. He aquí el YUVISMO
Honremos nuestra enseña y así aprenderemos a servir como ‘el Hijo del hombre’, siendo nuestra Doctrina la del Corazón, y el arte NUESTRO SERVICIO"3.

A su filosofía vital respondían también sus otras aficiones, como la guitarra, de la que era un gran concertista. La suya estaba hecha especialmente para él con siete cuerdas. "Si los rapsodas primitivos usaron siempre un instrumento para acompañarse en el recital de sus versos al pueblo, de calle en calle y no en cenáculos, este instrumento fue siempre de cuerdas. Entonces la guitarra que es de origen oriental, tiene que orientarse, forzosamente, a la poesía. No sé por qué misterio de la vida yo he acogido a ese instrumento llamado guitarra para asociarlo a mis manifestaciones poéticas"4.

En sus estancias en Cuba recorría los pueblos dando conciertos con composiciones propias y de autores cubanos. Carlos Pinto Grote, que lo conoció bien a su vuelta, ya algo mayor, nos dice: "Pedro tocaba la guitarra maravillosamente y cantaba muy bien. Canciones y melodías cubanas a las que él les había puesto letra, que eran una auténtica maravilla, me acuerdo aquí, en este sitio donde estamos [en la sala de su casa], Pedro tocar la guitarra y quedarnos todos verdaderamente asombrados de oírlo cantar; cantaba con una voz un poco cascada".

El primer viaje a Cuba lo realizó con su madre y sus hermanos para ver a su padre, que vivía en la isla desde hacía años. Allí permanecieron una corta temporada, y es muy posible que la cuarta y última parte de Salterio, "Versos de Ultramar", la escribiese en este tiempo.

Regresa de nuevo a La Laguna y más tarde viaja a Madrid, donde comienza la carrera de medicina, que abandona más tarde. Aquí publica en agosto de 1920 su primer poemario, Salterio, con ilustraciones de su amigo de Agulo el pintor José Aguiar, a cuya esposa, Ana García, que también era amiga de la infancia y que había muerto en una grave epidemia de gripe, dedica un emotivo poema del libro.

Salterio tiene un gran éxito de crítica y bastante repercusión en su época. Lo presentó en el Ateneo de Madrid el escritor y crítico Andrés González Blanco el 27 de noviembre de 1920, acto en el que Pedro recitó algunos poemas del libro. Más tarde esa presentación se publicaría en la revista Nuevo mundo del día 31 de diciembre de 1920.

"[...] Hay algo en estas poesías, algo de la desnudez y austeridad de la poesía hebraica, bíblica; si algo se le asemejara en poesía europea, serían las ‘Melodías hebraicas’, de Lord Byron, o los ‘Poemas evangélicos’, de nuestro Larmig...
[...] Que la poesía isleña siga fecundando nuestra lánguida poesía peninsular...".

Estos primeros años de la década de los veinte frecuenta el Ateneo de Madrid y las tertulias del famoso Café Universal de La Puerta del Sol, donde conoció a los hermanos Machado.
Viaja por Europa y pasa largas temporadas en Cuba. Se incluyen algunos de sus poemas en Los argonautas: antología de poetas españoles en Cuba, de José María Uncal5. y en la revista El guanche, órgano del Partido Nacionalista Canario de Cuba. Esta revista publica en el número 11 (15 de agosto de 1924) la interesante entrevista "Un poeta canario en Cuba", hecha por Antonio Soto, donde encontramos un fragmento de "Canción Primaveral", que aquí titula "Canto de juventud", leído en la Fiesta de Las Hespérides y publicado en Salterio:

"Quiero en fin, con entusiasmo,
como quien marchase a impulsos de la Libertad suprema,
desplegar por esos aires, cual trofeo victorioso,
mi apolínea bandera;
en el nombre de los pobres olvidados,
en el nombre de los tristes,
por los hijos del Dolor y la Miseria,
por los pechos que suspiran para siempre
por los ojos ignorados que no cesan
de llorar entre las sombras,
por los labios ya marchitos
de las madres que a la orilla de la cuna se desvelan,
por las pálidas mejillas
de las vírgenes que sueñan,
por los niños del arroyo
cuyas frentes candorosas nadie besa...
¡Para todos los hermanos sin ventura,
mis canciones volverán adondequiera
como nítidas palomas
de consuelo mensajeras!..."


En esta entrevista cuenta que tiene preparados dos volúmenes de versos más, Cantos de amor y sacrificio y La voz perdida, y sabemos de su afición al naturismo, "a cuyo sistema de vida debo el optimismo y la salud que continuamente me envuelve". También habla de sus últimas composiciones musicales: "No concibo un poeta que desconozca la música en su técnica: el pentagrama es el más grande sugeridor de los más bellos poemas de la palabra".

Se le cita en la revista Patria isleña entre los poetas representativos de la intelectualidad canaria en Cuba en ese momento6. y sus poemas se publican en numerosos periódicos y revistas de las islas, como Junonia y La voz de Junonia (dirigidos por su hermano José), La prensa, El heraldo de La Orotava, Hespérides, El tribuno, El Norte, Algas, etc.

En 1933 vuelve a Madrid con el propósito de publicar sus obras, y en los últimos cinco días de la desapacible travesía escribe, o mejor, "transcribe", La corrupción del mundo o el imperio de la magia: "[...] Esta obra nació pues en mí, de un modo espontáneo; esto es: sin que mi voluntad interviniera en ello para nada" Todo estaba presente y yo sólo tuve el trabajo de tomar el lápiz y dejar que mi mano se deslizara sobre las cuartillas...7

El libro es el único que publica en prosa, aunque tiene otro escrito con anterioridad que nunca ve la luz, Actividad liberadora. En él, Pedro entiende la magia como "el poder abusivo del pensamiento sobre la voluntad de los demás", siendo "negativa para el progreso real del hombre que busca la Verdad". No es la magia un hecho aislado en ninguna época de la historia del mundo. Ella se ha manifestado siempre, cada vez que el hombre ha tratado de satisfacer las apetencias de su ‘yo’, las falsas necesidades creadas por su egoísmo"8.

En febrero de 1934 publica en la Editorial Liberación de Madrid su segundo libro de poemas, Vida plena, que posiblemente reúne La voz perdida y Canto de amor y sacrificio, pues en él encontramos algunas composiciones de estos poemarios publicadas en la prensa.

En esta época, Pedro realiza otros viajes por Europa. "Las anécdotas de sus viajes eran únicas", nos comenta Carlos Pinto Grote: "Él estuvo viviendo una temporada en París, con Pascasio Trujillo [otro gomero singular, periodista entre otras cosas], alimentándose de almendras, gofio e higos pasados que le mandaban de La Gomera; no tenía un duro y a veces tocaba la guitarra".

De estos años son los libros inéditos de prosa Actividad liberadora y Mensajes, que nunca verían la luz. Más tarde Pedro Pinto de la Rosa dirigiría la revista de poesía Mensaje (1945-1946), de la Sección de Literatura del Círculo de Bellas Artes de Tenerife, y en ella encontramos un poema de Pedro, "Quédate aquí", perteneciente a Vida plena.

Tras la estancia europea, Pedro vuelve a Cuba, aunque poco tiempo después hace un nuevo viaje a España donde le sorprende la Guerra Civil; coge entonces un barco en Cartagena y retorna a Cuba, donde permanecería hasta 1961.

Esta época caribeña es la más desconocida de la vida de Pedro. Se casa con una cubana llamada María Coca, con la que tiene una hija a la que le pone el nombre de su muy querida abuela, María Luz (para Pedro su poema preferido era el que le dedicara a ésta, "Abuela Luz", publicado en Salterio).

Sigue dando sus conciertos de guitarra con algunas composiciones propias pero sobre todo de autores cubanos, y funda también varias academias de música; pero su actividad principal en esta época estuvo relacionada con la medicina natural: "...mi actividad se desarrolló casi por entero, como director del ‘Instituto Naturista’ –conviene aclarar que inicié los estudios de Medicina y que me vi obligado a abandonarlos por falta de salud, en aquella época– [...] Modifiqué el Naturismo, en Cuba, ateniéndome a mi propia experiencia, y eliminé cuanto de fanatismo y superfluidad había en esa escuela conducente a la regeneración biológica del hombre. Practicó, entre otras terapias como baños y masajes, la "trofrología", que consiste en el estudio de la combinación de los alimentos manteniendo una dieta equilibrada, "lo importante no es el alimento en sí, sino cómo combina con otro, para evitar fermentaciones que originen anomalías patológicas"9.

De esta faceta de Pedro, Carlos Pinto nos dice: "Pasaba periodos vegetarianos durante un montón de tiempo, pero un buen día decía: '‘Bueno, ahora tengo que comer un poco de carne y no me importa'’. Ni en eso era un ortodoxo, la ortodoxia para él no existía, él era un heterodoxo auténtico [...] El cuerpo hay que sostenerlo, el cuerpo hay que cuidarlo. Dentro de la Teosofía es importante el cuidado de la caja, que encierra el espíritu".

Poco sabemos de su actividad literaria en esta época. En 1950 escribió el "preludio... para Luz de lágrima, primer libro de poemas de la escritora cubana de padre canario Nivaria Tejera10.

Domingo Pérez Minik publica en 1952, en su Antología de la poesía canaria, cinco poemas del libro inédito La piedra viva ("Piedra cándida", "Rubí", "Piedra de molino", "Piedra de olvido" y "Diamante"). De este libro sólo conocemos, además de estos poemas, el que publica la revista de poesía Gánigo en 1965 ("Piedra del aire") y los tres que conserva su sobrino Pablo Bethencourt ("Azabache", "Canto a la sílice" y "Piedra rodada", el último de los cuales publicamos en este número).

En la primavera de 1961 regresa a España11 y pasa unos meses en Madrid antes de venir a Tenerife, donde se quedará algo más de un año, hasta octubre de 1962, en casa de su hermano José, que vive en la calle Pedro Pinto de la Rosa.

   

Pedro, por las calles de Agulo a su regreso de Cuba en 1961. Después de 40 años de ausencia de su isla natal,
recibió un caluroso recibimiento y varios homenajes en distintos pueblos de la isla.


En este periodo publica varios poemas en el periódico El día y sobre todo en La tarde, así como en la revista Gánigo, del Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, dirigida por el poeta icodense Emeterio Gutiérrez Albelo. Sus poemas los encontramos en la mayoría de las antologías y selecciones de poesía canaria, y de esta época es otro libro inédito titulado La canción del retorno.

A su llegada a la isla, Luis Álvarez Cruz y Vicente Borges le hacen sendas entrevistas para El día y La tarde. Al poco tiempo es objeto de una espectacular bienvenida en su isla natal y la celebración dura casi dos semanas, con actos culturales en varios municipios. En Agulo le ponen su nombre a la calle donde nació, la calle del Calvario, a la que dedica un poema que lee al descubrirse el nuevo rótulo.

Más tarde se le dedica otra calle en Santa Cruz de Tenerife, que "casualmente" fue donde vivió hasta su muerte su hermano José.

Casualidades como ésta las comenta Pedro en la entrevista de El día: "¡Qué cosas tiene la vida! Fui como sabes un gran amigo de Pedro Pinto de la Rosa. A éste, naturalmente no he podido encontrarlo12. Pero la calle donde he venido a parar lleva su nombre"13. También, curiosamente, al principio de su última su estancia en Madrid vive en la calle Canarias.

A este respecto, su sobrino Pablo Bethencourt (que es el hijo más pequeño de los doce de su hermano José y es también músico y poeta) recuerda: "En muchas ocasiones, mi tío Pedro solía comentar con asombro las casualidades, coincidencias en el tiempo de cosas o personas, circunstancias, que por diferentes motivos casaban unas con otras; en realidad, estaba señalando lo que el psicólogo Jung define como sincronicidad. Mi tío afirmaba que no eran casualidades, cosas que pasan al azar: ‘'estos fenómenos responden a algo invisible, como si estuviera escrito o que el fenómeno surge por una necesidad categórica’'".

Carlos Pinto nos hace un buen retrato de Pedro y su carácter en esta época en que lo conoció personalmente, pues iba casi todas las tardes a tomar el té y a charlar con su madre, Laura Grote, también poetisa, a su casa de La Laguna: "Era un personaje, era un tío tremendo, era un hombre alto, delgado, de un físico muy aceptable, con una melena larga, siempre muy bien vestido, aunque tenía unas corbatas horribles, yo se lo decía –pero Pedro, las corbatas que tienes...– ¡No, son bonitas! me decía.

Pedro era un personaje de una gran categoría, era natural que Pedro fuera así, porque lo fue toda su vida... Era un hombre agradabilísimo, de una facilidad de palabra enorme, siempre muy plácido y muy tranquilo. Tenía una vida interna enorme y era un hombre bueno, profundamente bueno, estaba dentro de la línea teosófica más pura". Pedro dedica a Laura Grote un poema14 como despedida justo antes de su viaje definitivo a Madrid, que se produce en octubre de 1962 con una nueva compañera, Trini, a la que probablemente conoció durante su estancia en Tenerife, y con quien vive hasta su muerte (a principios de los años setenta) y que sería el último gran amor de su vida.

A partir de esa fecha reside en algunas pensiones de la ciudad, lleva una vida bohemia, y frecuenta la tertulia del café "Punto y Coma", en la Plaza de Santa Ana. Vive principalmente de su trabajo como masajista, para el que utiliza, además de sus manos, un aparato vibrador de fabricación americana que trajo consigo de Cuba.

De esta época, su sobrino Pablo, que también vive en Madrid, nos cuenta: "Uno de sus oficios, además de poeta y guitarrista, fue la reflexología. Mi tío Pedro era admirado por sus pacientes. Recuerdo la visita en mi casa de un matrimonio, ya jubilado, que fue dueño de la ‘'Pensión César'’ [...]. Aquel hombre no hacía más que abrazarme, como si fuera un hijo de mi tío muy querido, pues había hecho en ellos milagros".

Nunca volvería a encontrarse con su mujer y su hija, que al poco tiempo de que el poeta viniese a Madrid, saldrían de Cuba y establecerían su residencia en la ciudad de Nueva York.

   
Izquierda: Placa de la calle Pedro Bethencourt Padilla, antigua calle del Calvario (foto: Eduardo Trinchant)
Derecha: Juanto a su sobrino Pablo Bethencourt, a finales de la década de los 70


La vida y la obra de Pedro Bethencourt, por igual, marcaron a todos los que lo conocieron y le hicieron merecedor de un espacio entre los grandes autores. Sebastián Padrón Acosta, en su obra Poetas canarios de los siglos XIX y XX, diría: "Estas poesías están desnudas de sensualidad. El poeta toma una actitud apostólica. Aire de enviado. [...] hallamos, además de esa desnudez de fondo y forma, un acercamiento íntimo a la naturaleza, acercamiento que a veces tiene tonos panteístas, y otras delicadezas franciscanas. Hay un ideario de esta escuela como un afán poderoso de hacer el bien a todos, de fraternizar con todos los seres, desde el gusano hasta la estrella. [...] La poesía de Bethencourt no es trompetería, ni lentejuela, es sobre todo espíritu, intimidad. El poeta ama con espiritual sentido todas las cosas. Son ‘poesías hechas, no en la sequedad del gabinete, sino al aire libre’, sobre la montaña, entre las ráfagas azules de la brisa, sobre el verde vivo de los campos, entre la canción jocunda de los cañaverales, bajo el tamo luminoso del sol, abierto arriba como una cascada de oro"15.

En el breve estudio que Pérez Minik le dedica, comenta que "[...] ha sido y es uno de los más originales poetas de las Islas Occidentales". Crea su propio vehículo formal, su independiente espíritu, su personal voz... él ha trabajado su verso dentro de un cierto exilio del mundo temporal, pero con un acento y una veracidad emotiva de altas calidades [...] es hombre de difícil encuadramiento retórico y escapa a todo lenguaje repulido y docente... en ‘Salterio’ existen otros poemas donde se acusa su gusto y amor por la naturaleza, su escondida melancolía y una como simple y escondida revelación de todas las cosas"16.

Pedro muere en Madrid en 1985. Su maleta y su guitarra seguramente se quedaron en una portería de alguna pensión del centro de Madrid. Con algunos libros, algo de ropa y quizá algunos poemas manuscritos de La piedra viva y otros poemarios, no muchos quizá, pues Pedro los llevaba consigo en su memoria, en su alma pura, que era el lugar desde el que componía y que había tenido, como tan sólo unos pocos privilegiados, la inmensa gracia de sentir y conocer.

Mañana

Yo tan sólo nací para el idilio;
para vivir soñando entre las flores,
en los labios un verso de Virgilio,
y el corazón, un manantial de amores.

De esta mísera vida en el exilio
y a usanza de los viejos trovadores,
de mi guitarra con el grato auxilio
he de cruzar cantando mis loores.

Mañana... no hallaréis en mi morada
sino paz, una dulce paz lograda
como al influjo de preceptos de oro;

...acaso algunos libros, pocas cosas,
y la guitarra que yo tanto adoro,
perfumada de versos y de rosas...

         Salterio, 1920.


Agradecimientos
A todas las personas que tan amablemente quisieron participar en este modesto homenaje a Pedro Bethencourt Padilla, hablándonos de las vivencias y recuerdos del poeta para poder transmitirlos y ofrecerlos a los lectores de Rincones del Atlántico: Manolo Bethencourt Attias, Pablo Bethencourt Attias, Carlos Pinto Grote, Marcos Rodríguez...


Quiero vivir en la montaña

uiero tener mi hogar en la montaña
donde primero el sol diera sus besos de oro
cuando yo en las mañanas meditare
al amor de los árboles amigos.

Quiero tener mi hogar en la montaña,
para vivir en paz humildemente
como viven las flores y los pájaros
al dulce amparo de la primavera.

Quiero tener mi hogar en la montaña,
donde yo pueda conciliar mi espíritu
con la harmonía que las cosas guardan
en el misterio de las soledades...

Quiero tener mi hogar en la montaña,
cerca de los boscajes harmoniosos,
donde las brisas amanezcan siempre
con un rumor de nuevas esperanzas...

Quiero tener mi hogar en la montaña,
entre los verdes mirtos olorosos
donde oculta salmodie una calandria
su oración matinal de cada día...

Quiero tener mi hogar en la montaña,
para ser de las aves compañero
y dormir sin temor como ellas duermen
bajo la bendición de las estrellas...

Quiero tener mi hogar en la montaña
frente a la mar y al horizonte diáfano;
mi casa, que contemplen a lo lejos,
como templo ideal, los navegantes...

Mi casa en la montaña silenciosa;
mi casa en la montaña más lejana;
en la montaña altiva
para soñar más cerca de los cielos...

Mi casa en la montaña solitaria...
y bajo el Infinito,
mi vida que se extinga como un salmo
en una apoteosis evangélica...

       (Salterio, 1920)



Árbol en la noche

Árbol en la noche:
fantasma a la vera del camino incierto;
nadie te contempla ni te admira nadie
cuando no parece que brindas consuelo.
Ya sabrás ahora
cuán falsos los hombres fingen sus afectos.

Te han dejado solo,
porque tú en la noche no brindas consuelo.

Nadie ve en la sombra las flores o frutos
del árbol que, a solas, remeda un espectro.
Almas que mendigan placeres efímeros
pasan a tu vera, y al pasar el viento,
tú murmuras siempre con lenguaje extraño,
y ellas huyen, huyen temblando de miedo.
Te han dejado solo,
porque tú en la noche no brindas consuelo.
Y jamás has visto
la sombra de un nuevo
Francisco de Asís que dijera
la dulce palabra de su amor fraterno.
Mas tú nada esperas; te basta ser árbol,
y ni aun lo que eres te importa saberlo.
Con ramas, con flores o frutos,
a ti mismo ajeno,
de noche o de día, tu dádiva es fácil
a todas las manos que tienda el deseo.

Por eso tú eres
símbolo, en la Tierra, del amor perfecto
Mas como en la noche nadie te sospecha,
eres un misterio;
eres un fantasma para los que temen,
o eres algo inútil, tal vez, para aquellos
que marchan ansiosos de amores fugaces
mientras tú rumoras el amor eterno.

Te han dejado solo,
porque tú en la noche no brindas consuelo.

Pero yo te amo;
pero yo te siento
cerca de mi alma,
como si tuviera prendida aquí dentro
de mi ser alguna raíz de ti mismo;
de modo que, a veces, en éxtasis, pienso
si ambos no nacimos,
si ambos no seremos
ramas de un mismo árbol;
del árbol inmenso
que expande, florido de estrellas,
la copa sin fin de los cielos.

¿Somos por ventura,
tú con tus rumores y yo con mis versos,
dos fantasmas sólo, del camino al borde,
para los que pasan temblando de miedo?...

Árbol en la noche, ¡qué solos estamos
cuando no se puede prodigar consuelos!
Mas ¡qué importa, hermano!; ¡oh hermano, qué importa,
si los dos podemos,
llenos de armonía, vibrar en la noche,
tú, con tus rumores, y yo, con mis versos,
al paso de todas las almas que gimen,
o al paso del viento!...

       (Vida plena, 1934)





La Tierra...

La Tierra pide un canto
que no ha dicho jamás ningún poeta.
La Tierra tiene voces infinitas:
voz y llanto de mar, de viento y selva,
para decir los íntimos dolores
que acaso la atormentan.

Yo no sé por qué siento que ella sufre,
y en la noche me fingen las estrellas
lágrimas de una pena inconsolable
que llora nuestras culpas. ¡Oh, la Tierra,
que profanan los hombres irredentos!
¡Quién sabe lo que siente! ¡Quién sabe lo que piensa!

Las almas están sordas en el fondo
de estos valles; las almas están ciegas,
y marchan como sombras errabundas,
sin comprender adónde, hacia la etérea
mansión, desde la cual vendrán de nuevo
a deslizarse por las mismas sendas.

Las almas están sordas;
las almas están ciegas.

Nadie supo aclararnos el misterio
de esta lucha sin fin en que se empeñan
los hombres y las cosas. ¡Oh, la Vida!
–revolución perpetua
de ocultas energías.
¡Oh, la Tierra,
paciente y dolorosa,
con estas criaturas que la pueblan!

El hombre es el dolor; acaso el único
dolor que la atormenta.
Si no fueran los astros;
si no fueran
el mar, el viento, el río… ¿quién diría
lo que tal vez decir quiere la Tierra?
El canto que ella inspira
no lo ha dicho jamás ningún poeta.
La Tierra pide un canto
de piedad a los hombres que la pueblan.
La Tierra tiene voz; pero las almas
están sordas. La Tierra
llora por todos; pero…
¡las almas están ciegas!

       (Vida Plena, 1934)

                   





Atlántico

A todos los peregrinos del Océano.
A todos los emigrantes.


tlántico:
Bien haya tu presencia
a cuyo influjo el ánima del bardo
libérrima se inspira
al cruzar tu extensión por vez primera!

No porque fuera yo glorificado
reprimiré las ansías de loarte,
viejo hermano de todos los cantores
que con sus sueños marchan
sobre tus campos de zafir… Hermano
sí, porque ostentas el color simbólico
tan caro a nuestras almas, las que siempre
al acogerse a ti sintieron una
firme revelación de lo infinito
y conquistaron la virtud secreta
de afrontar el Destino pavoroso
con los órficos ritmos inviolables!

¡Hermano y salvador! porque también
al ruido de tus olas se templaron
los ánimos cobardes, temerosos
del dolor de la vida y de la muerte;
porque tú sabes dar a los que sufren,
tan profundo cuan eres, el olvido
contra el pesar; al triste la alegría;
al discorde tus músicas rientes,
y tu aliento salobre
para salubridad de los enfermos.

¡Oh, mar consolador que me revelas
más que otro alguno singular encanto!
Yo te amo arrullador y soledoso,
en las horas nocturnas,
bajo el suave claror del plenilunio
tan dulcemente al ensoñar propicio;
o cuando más horrísono y temible
hinchas tu lomo con furor supremo
como retando a los futuros siglos
que han de volar cual torbellino de hojas
o de polvo fugaz hacia lo eterno
sin que puedan herirte ni mancharte…

Dilecto mar que ciñes y floreas
con tus espumas a mis siete Islas,
cuyo soberbio Patriarca –el Teide–
es digno vigilante de tu imperio
allá frente a las costas africanas…

Tú eres el mismo que amorosamente
contemplaron mis ojos infantiles;
mar familiar por donde fue precisa
la marcha de los seres más queridos…
¡Mar de los emigrantes!: ¿volverán
los que se alejan al terruño amado?...
¿Por qué nos tienta lo ideal remoto
si la dicha jamás tendió las alas
de nuestro hogar primero?...

En los claros confines del Poniente
te veremos besar extraños lares,
y de los nuestros llegarán entonces
los recuerdos de amor en muchedumbre
como las golondrinas expatriadas…
Oh mar que haces posible la amargura
de conquistar el pan en tierra ajena;
el duro pan que han de partir los pobres
con los que aguardan en la opuesta orilla
donde tú puedes recoger las lágrimas
que a la partida suelen derramarse…
Haz por llevarme las que en ti cayeren,
perlas del corazón, porque mi musa
las reciba en las playas tropicales
y forme con el hilo de mis rimas
el divino collar de su garganta!

       (Salterio, 1920)







La última tregua

A Domingo Cabrera Cruz,
con el mayor afecto


Una tregua, no más, Señor, te pido
para volver al mundo abandonado.
Hallar quisiera cuanto eché en olvido
y amar de nuevo cuanto he despreciado.

Una queja sin fin de lo pasado,
más clara cada vez, hiere mi oído,
por lo que pude dar y nunca he dado.
por lo que pude ser y nunca he sido;

Sé que al dejar la paz en donde moro,
voy a perder el único tesoro
que la dicha sin término asegura.

Mas, si me pesa tan feliz estado,
quiero volver al mundo abandonado
donde gimen las almas sin ventura.

Cuba, diciembre 1951
(Publicado en Gánigo, 1961)



Piedra rodada

¿En qué soñada libertad me fundo
para exceder con paso verdadero
a esa piedra que finge un derrotero
según la gravedad que rige al mundo?

Juguete de un destino furibundo,
por la corriente o el despeñadero
va como un alma en trance postrimero,
rindiéndose al imán de lo profundo.

Mas ¡qué importa si al fin todos marchamos
al mismo influjo del poder aleve
que sufre la infeliz piedra rodada,

y todos por igual nos inclinamos
hacia cualquier declive que nos lleve
al abismo, a la sombra o a la nada!

(Del libro inédito La piedra viva)



El Amor nunca muere

Cayó en el seno de la Tierra un día
la semilla inmortal, y en el arcano
de su laboratorio soberano
era el árbol primero que nacía.

La copa de aquel árbol corpulento
de flores se cuajó, de flores rojas,
y fue el fruto maduro entre las hojas
para los hombres el primer sustento.

Era infantil aún la vida humana.
Cada hombre era niño en su rudeza,
y en el seno de la Naturaleza
era como el rumor de una fontana.

Pasaron siglos. Un afán sin nombre
se aposentó del hombre en las entrañas,
y alejado de Dios, con fieras mañas
contra Natura revelose el hombre.

Y sopló el huracán. Como un sudario
de muerte helose el agua en las alturas
y ante el asombro de las criaturas
rindiose al fin el árbol milenario.

Próvido el viento a patrias desiguales
llevó en sus alas la simiente aquella,
mas nadie ha visto donde está la huella
del árbol nutridor de los mortales.

Aún el instinto con sus voces hondas
no cesa de clamar por la dulzura
del bello fruto con que la Natura
matizaba lo verde de sus frondas.

Un viejo adorador del árbol viejo
a cuya sombra se durmió, soñaba
que un ángel en sus manos le mostraba
del árbol primitivo el fruto añejo.

Yo soy –le dijo– por hechura expresa
del Creador, el ángel mensajero
que viene y siembra al borde del sendero
la semilla que tanto le interesa.

Come del fruto, pero no lo guardes
para mañana porque se te pierde;
no lo des a tu hermano si está verde
ni si maduro, en brindárselo te tardes.

Este es el fruto del amor, no tiene
fin en la Tierra para los mortales.
Para el amor los hombres son iguales,
y por igual a todos os mantiene.

Vengo a dejar cerca de ti sembrado
el árbol del amor. Pon gran cuidado
en él; su fruto brinda al peregrino,

que el peregrino sembrará en sus lares.
Yo recorro las sendas estelares
sembrando el árbol del Amor Divino.



Poema atribuido a Pedro Bethencourt.
Se encontraba junto a otros tres poemas
mecanografiados, dentro de un ejemplar de
Vida plena dedicado por el autor a Luz
Fernández Suárez el 7 de abril de 1934 y
comprado en una librería de libro antiguo
de Madrid en 2005.

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