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viernes, 4 de mayo de 2012

6788.- RAÚL AMARAL



Raúl Amaral
Raúl Amaral (* Veinticinco de Mayo, provincia de Buenos Aires, 1918 - 2006 fue un poeta y escritor argentino.
Aunque argentino de nacimiento, este prolífico y conocido escritor, ejemplar "maestro" de muchos, ha dedicado más de la mitad de su vida al Paraguay, su patria adoptiva. Como merecido homenaje a sus cuarenta años de dedicación a la educación y a la cultura paraguayas, el profesor Amaral ha sido galardonado con la ciudadanía paraguaya por resolución de la Corte Suprema de Justicia y voto unánime de sus miembros (16 de julio de 1993) en reconocimiento a su infatigable labor en pro de la cultura de su país de adopción.

En Argentina, en La Plata forma parte de las Ediciones del Bosque, que consta con una colección de obras de otros conocidos autores provinciales, tales como María Dhialma Tiberti, Horacio Ponce de León, Ana Emilia Lahitte, y María de Villarino entre otros.
Llegó al Paraguay a principios de los años cincuenta exiliado por el peronismo e inmediatamente se incorpora a la sociedad paraguaya como jefe de Museos, Bibliotecas y Archivos de la Nación; poco tiempo después fue agregado cultural de la Embajada de Argentina en Asunción.
Profesor, ensayista, crítico literario, poeta y periodista dedicó más de la mitad de su vida al Paraguay, su patria adoptiva.
En julio de 1993 fue galardonado con la ciudadanía paraguaya por resolución de la Corte Suprema de Justicia y voto unánime de sus miembros. Ello en reconocimiento a su infatigable labor en pro de la cultura de su país de adopción.
Fue merecedor de muchos galardones y honores, entre ellos: Distinción del Museo de Bellas Artes (2001), declarado Hijo Dilecto de la ciudad de Asunción (2005), entre otros.
Su vasta producción ensayística y creativa incluye (además de innumerables artículos diseminados en publicaciones nacionales e internacionales varias) los siguientes títulos: El modernismo poético en el Paraguay (1982), La sien sobre Areguá (1983), Escritos Paraguayos (1984), El romanticismo paraguayo (1985; Premio Nacional de Literatura La República, de ese año), El León y la Estrella (1986) y Breviario aregüeño de Gabriel Casaccia (1993), para mencionar sólo algunos de sus libros más recientes.
Siempre se ha caracterizado por su desprendimiento y amor a las letras, en vida ha donado toda su vasta biblioteca a archivos públicos, para que las personas interesadas puedan acceder a los mismos y a sus notas.
Falleció en Asunción, Paraguay el 3 de diciembre de 2006, a dos días de cumplir 89 años.



Poesías (De: El Trino Soterrado)

LOS MÁRTIRES

A la memoria de Sacco y Vanzetti

Dicen
que en San Crispín
se dolían las gentes descalzas
de este mundo
y que una tarde a su lado
quedó Nicolás
para trenzar el cuero,
la paciencia
y el destello de alguna esperanza.
No lejos,
donde el idioma anuda
los misterios de la sangre,
Bartolomé predicaba
con nuevas espinas en la frente
mientras estrellas de plata
caían de su mercancía
para asombrar la vecindad
de los niños.
(Bartolomé, pescador,
era el que en la barca de Pedro
pensaba en la justicia).

Después
algunos buscaron en ellos
el comunicativo fulgor
de la pobreza,
lo que se esconde en un puño,
en un grito,
en un rencor de mañana.
Nicolás y Bartolomé
soñaban en la niebla,
construían remotas hermandades,
agitaban dispersas banderas,
en el amor del fuego,
el agua, el aire,
la tierra despierta para todos
los seres,
luminosa para todas
las bestias.
Nicolás y Bartolomé,
puros en la pureza
que da el no tener nada,
apenas si eran
desconocidos caminantes
entre una selva de acero y cemento
-batida por vidriados ventanales-
allí donde el oro
asoma con su parpadeo mágico
en el fondo
de los corazones,
disputando a la sílice,
a la piedra,
al vegetal desvelado,
su presencia de cada instante
en la desnuda vértebra
del hombre.
Después
fue el blanco silencio,
el regreso de los santos
a sus estampas apostólicas,
el tremolar de la blasfemia,
las máquinas
en suma de odios,
las palabras
en símbolo de amargos resplandores.

Después
Nicolás y Bartolomé
enseñaron el lenguaje de la vida,
la sabiduría
de llevar una carga de zapatos
o pescados
como si semejaran
dádivas de la altura,
la fe y la caridad
brotando de sus ojos,
de sus grises venas condenadas,
con un extraño brillo,
como si los anuncios
de una humanidad distinta
reverberaran en su agonía,
sin distancia.
Calcinados por el temor
de bíblicos, austeros varones,
al día siguiente
les vieron en la nieve,
con ramos de ceniza,
admoniciones y centellas,
convertir en sayal
su vestimenta carcelaria,
en tea la rosa de sus manos,
en látigo de los siglos
el signo del perdón
para que la culpa de los jueces
arda en muchos
por siempre.
Nicolás y Bartolomé
pasaron ante la mirada pálida
de Poncio Pilatos,
y firmes los labios,
intactas las sienes,
subieron a la cruz
lentamente,
en silencio.

1967





ALTA BANDERA, ARTIGAS

Con libertad no ofendo, ni temo. (Divisa artiguista)
             
Alta bandera, Artigas,
un celeste relámpago entrevisto
allá en la soledad,

allá en el surco,
cuando la imponderable tarde
crecía desde el Cerro
con lápida de niebla para la sien lejana.
¿Quién te atrajo? ¿Qué oceánica estirpe
se abrió para tu fiebre, o qué norte
de árbol puso entre tu silencio
y el muro de los años
una respuesta de campana vuelta hacia el pecho,
ahogada en voluntad de eterno ausente?
¿qué memoria ancestral cobró sentido
de andanza y qué severa anunciación de claustro
quiso hallar en la huella del instinto
el puro amor de esta olvidada
puerta de América,
de este grave refugio de los pájaros,
un instante, no más iluminado
para tu ingreso al sueño de los seres?
Aquí estuviste, en el aire de bronce,
en el latido del yerbal
que sube, que palpita por la idéntica
grieta de los días; aquí estuviste
sin decir de dónde la viva sed metálica
llevó a tu corazón la mansedumbre.
Alta bandera, Artigas,
ya reintegrada y libre,
sin temor, sin ofensa.
Desde la entraña asidua
que en tu amistad se enciende,
sobre la oculta lápida de niebla
dejo una flor para tu sien lejana.





MARINA

Del viejo torreón a la atalaya
dio la tarde su adiós, en la serena
majestad de la sombra que en la arena
olvida el postrer rayo que desmaya.

Tuvo el mar la bravura con que ensaya
su salvaje doliente cantinela,
y de su abismo negro una sirena
bañó en su canto la dormida playa.

Absorta, así, girando los petreles
hacia la isla de un país sombrío,
soñaste un pescador y sus bajeles.

Pasó una barca...Y como en una ola,
vino a juntar tu labio con el mío
el beso de una triste barcarola.

Publicado en: Crónica, "Del jardín olvidado", Asunción. 1914.





LEILA

Llora, Leila. Tu canto de agonía
es de paloma que ternuras quiere.
Es una nota eterna la que hiere
el arpa de tu fúnebre elegía.

Llora. Para tus brumas ya no hay día...
¿Quién a tu llanto de júbilo prefiere?
Tu trova es un lamento que no muere,
como el suspiro de una pena mía.

Estás triste; ¡hay dolores, hay olvido!
Cada alma de ilusiones diamantinas
es un ave que gime desde el nido.

Vierte, vierte tus lágrimas divinas.
Tú la esperanza, como yo, has perdido...
Llora, Leila, del alma en las ruinas.

Publicado en: Crónica, Asunción.






LA FUENTE DE PÓRFIDO

A Francisco Castañeda.

Del viejo pabellón, sol y armonía,
que la esmeralda del laurel festona,
surge enorme el tazón de Tarragona
engastado en los jaspes de Almería

En sus rondeles ásperos el día
teje de luz su mágica corona
con que el dorado capitel blasona
y enciende la soberbia crucería.

De pronto, de la fuente rutilante
salta la gruesa tromba de mercurio
y en luminosa lluvia se desata.

Sube, tiembla, desciende y, sin murmurio,
trueca en la taza su turbión brillante
en un dormido manantial de plata.

Publicado en: Crónica, Asunción.