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viernes, 4 de mayo de 2012

6796.- MARIO CASARTELLI



MARIO CASARTELLI (Asunción, PARAGUAY 1954). En este poeta hay una conjunción y, claro está, colaboración, de tres artes, tres vocaciones: la poesía, la plástica y la música. No es éste el lugar de valorar sus obras de dibujante, de caricaturista, de ilustrador, ni tampoco su talento de compositor, cantor e instrumentista. Sólo cabe subrayar que tanto en lo plástico como en lo musical ha tenido y sigue teniendo merecido éxito.

Casartelli ejerce el periodismo y la crítica. Su edición de la Poesía completa revela, en su estudio preliminar, una inteligencia crítica cultivada con rigor.

Su primer poemario, La rosa de los días, es de 1982; su Contrapunto, de 1988; Sagrada irreverencia, de 1993. Estay el anterior poemario fueron galardonados por El Lector. La urdimbre del laurel es de 1997. Años antes, en 1993, dio a la estampa un cuaderno de poesía Monodia del verano, con el seudónimo de Braulio Gamarra, y Acuérdate que te espero (1996). El libro Sagrada irreverencia, trae; sin firma, un comentario de José-Luis Appleyard. Mario Casartelli, escribe Appleyard, "extrae de lo cotidiano, de la naturaleza, de las lecturas y de la historia, temas que son tratados con la profundidad que él encuentra en el espíritu de los hombres y de las cosas... en un amplio manejo de registros desarrolla sus versos con sinceridad y talento y, por encima de todos ellos, con la rara alquimia de un poeta auténtico".

Monodia del verano consiste en un exaltado panegírico del verano. Monodia bien lo sabe el músico Casartelli- significa "canto en que interviene una sola voz con acompañamiento musical", según la Academia.

Como diciembre en el Paraguay es el mes en que el verano triunfa plenamente, Casartelli escribe:


Ay, diciembre, tus límpidos efluvios
Revolotean como mariposas
Transmutando la vida, entremezclando
el ayer y el presente, y todo es éxtasis...
("Melones, piñas, frutas").
Mañanas dulces, gratas, veraniegas,
Acorde musical de aves al sol.
Racimos de fragancia, fiebre intensa,
Invaden otra vez el corazón...


Mario Casartelli, al revés que otros autores de su patria, sabe ver y apreciar el valor positivo de los seres y las cosas.

El nombrado crítico y gran poeta José-Luis Appleyard, en su comentario de La urdimbre del laurel, escribe: "En La urdimbre del laurel el poeta toma como símbolo ese árbol de legendarias resonancias en la historia occidental grecolatina. Y el laurel pasa de lo mítico a lo botánico y lo culinario. Desde Apolo a un simple patio ciudadano o un plato en la cocina".

"Los poemas de Casartelli se caracterizan por una amplísima temática, y aquí aparecen con tonos y registros que oscilan entre lo culto y lo popular, entre los metros cortos y largos, entre las rimas y aliteraciones que evidencian influjos deliberados de la música en el autor".

En 1999 Mario Casartelli fue uno de los dos ganadores del Concurso de Poesía en homenaje a Pablo Neruda, distinción ésta que se suma a las mencionadas anteriormente, a otras de concursos de Poesía Joven y al Premio Municipal (1998) que distinguió a La urdimbre del laurel. H.R.A.






NOCHES DE LUNA AZAHARES
(GUARANIA)

En tibias noches de luna
mi voz te vuelve a nombrar
cuando la brisa perfuma
tu loca piel de azahar.

En tibias noches preguntan
los duendes de mi cantar
en cuál estrella se oculta
el brillo de tu mirar.

En dónde está la ternura
que me enseñaste al pasar,
en dónde, en cuál aventura
mi amor te fuiste a borrar.

Si en otras bocas di besos
en noches de soledad,
fue inútil porque mi pecho
nunca te pudo olvidar.





OFRENDA

Señora de las Letras Melodiosas,
he vuelto a profanar tu sagrada materia
con esta mi aprendiz
y terca irreverencia.

Mas porque nunca supe
vivir de otra manera,
y porque en las regiones
de Desatino y Niebla.
el sólo recordarte
fue mi Norte y Estrella,
por eso no me siento
indigno de tu fiesta.

En donde te invocase
brotaban los sonidos de tu lengua:
bastó decir AMOR
para sentir crecer la luz ante mi puerta,
pronunciar PAN o VINO
para encontrar amigos en la mesa,
o la sílaba SED
para arrancar el agua de la piedra.





SAGRADA  IRREVERENCIA



I

LA VARA DE MI LENGUA


AL HIJO PRÓDIGO

Regresas, hijo mío,
después de tantas vueltas.
Regresas y tus labios
de sed relampaguean.

Poblado y solitario,
con la pisada experta;
el pecho despejado,
igual que una pradera.

Sé que no me olvidaste.
Sé que aún perseveras
resolviendo el enigma
del caminar a tientas.

Abreva, aquí en mi seno.
Sacia, otra vez, tu lengua.
Y renueva tu canto,
para que no te mueras.





LA POESÍA

Cuando la poesía cambia de piel, igual que las cigarras en el advenimiento de una nueva estación, percibo señales de humo que me invitan a viajar con la mirada puesta en el corazón. La razón se indisciplina -ya lo cantó Serrat y, como una serpentina, se enmaraña por ahí. Voy en busca de amigos, los ebrios vagabundos inocentes, que me llevan como a un ciego por las calles del aguacero y con un vaso de vino me iluminan las nieblas de la vida.

Cae la poesía, allí donde la lluvia deshace las huellas que dejo en el camino, y el camino me ofrece gredas frescas con que hollar historias nuevas. Canta un gallo. Sale el Sol. Me inclino, reverente, a saludarlo; y el arco iris traza un puente en el aire para que yo suba a recoger de entre las nubes una gota de rocío. ¿Me dicta el universo algún mensaje? ^Soy su escriba preferido del instante? Destino, azar, instinto, voluntad: vigilia.

Cuando la poesía sacude mis pátinas, un viento orea y purifica mis pulmones. Oigo el súbito grito salvaje de un hombre en el sendero. Lo escucho atentamente.






LA VARA DE MI LENGUA

...que atenta contra la moral
y las buenas costumbres
Ña Censú

Me adhiero a la quietud y al movimiento.
Y ellos son mis vasallos y mis reyes.
Salobre o dulce, igual que a pejerreyes,
cualquier agua es vital para mi aliento.

(Des-mandar, des-mentir un mandamiento,
desflorar los preceptos y las leyes
de aquel que sólo impone mansos bueyes
o que pretende sólo un ronco viento.)

Quizá de esta manera alguien supiera
que el alma de mi lengua es la cuchara
que no escoge su plato, que la vara

para medir mi voz la da cualquiera.
Cualquiera que violando ventanales
se burle de los muy buenos modales.





TÚ ME PREGUNTAS

Tú me preguntas
adónde va el camino que me lleva.
Y qué puedo decirte
sino que a veces una lágrima me enseña
a reencontrar aquel pedazo mío
disperso en las veredas,

y que también mi risa
me hace saber -ay, qué tristeza-
que la memoria, frágil,
se olvida de las más profundas penas
que, uno supone,
debieran ser eternas.

Y qué decir, entonces,
sino que ésta mi vida, pasajera,
tan angeldemoniadamente humana,
se va, se va, como cualquiera.



MENSAJE

Si me escucharas en silencio
quizás comprenderías
que mi lenguaje nace del aliento
de aquellos que prefieren
el frío en la intemperie de los pájaros
a la estufa obligada o al alpiste
de las imposiciones.

Yo soy de los que vuelven
después de haber corrido por el bosque;
y habiendo convivido con los árboles
-con todos, grandes y pequeños-,
ahora, en el estío, me guarezco
no bajo la frescura
medida o desmedida de las ramas soberbias
sino bajo la sombra
humilde de los mangos.

Hace tiempo, ya lejos,
pisé reinos de lujos y esplendores.
El ocio allí era un rey de lengua larga
que todo lo lamía y a todos contagiaba.

Por esos rumbos
ya no quiero volver.

Escucha, sólo escucha:
si alguna vez me buscas
me encontrarás mirando a las hormigas
con sus pequeñas cargas necesarias,
con su trajín fraterno donde nadie
se jacta de ser ángel, profeta o salvador.






MONEDA

Ya estoy contando en idas y venidas
la cifra de mis todos y mis nadas.
Mis desmedidas canto, con medidas
de sueño y realidad entrelazadas.

Hay lágrima y hay risa por las gradas
de mis epifanías perseguidas,
a veces para siempre ya perdidas,
a veces para siempre recobradas.

¿Halladas o encontradas? Da lo mismo:
azar y voluntad Son cruz y cara
de esa moneda pródiga y avara

que acalla el habla y rompe mi mutismo.
Moneda del infierno y paraíso
que guarda mi indiviso y mi diviso.



VINO

Las veces que me pierdo
detrás de un esplendor,
o cuando los laureles de mi frente
me ciegan el mirar del corazón,
me basta la corona de una copa
con su macizo púrpura sabor
para sentir de nuevo tu palabra
-sabio duende burlón-
que me dice a hurtadillas:
tonto, necio Faetón.
Por eso no pretendo hallar olvidos
ni gema en tu canción.
Te busco, simplemente,
pues vaya adonde vaya y donde estoy,
tú me devuelves, Vino,
hasta el hombre que soy.


II

LA MISMA PARRA


VERTEDERO

Cuando niño, se escapaba algunas siestas para hurgar en el vertedero de basuras del barrio, de donde surgían muñecas rosadas sin brazo, novelas deshojadas de amor, pelotas para siempre desinfladas y, en fin, otras cosas menos dignas de mención. Moscas infaltables danzaban felices en ese reino de inmundicias. Pero él vivía la aventura como un cuento mágico.

El otro rostro de la realidad quiso una tarde que sus blandos pies probaran sin querer el borde roto de una taza de porcelana. Más que el susto enojoso de su padre se le grabó, indeleble en el pecho, esa mirada cargada de afecto que desde entonces lo acompañó como si fuese un Ángel de la Guarda. Quizá por eso nunca cedió a las advertencias de peligro. Una mañana preguntó a su madre por su destartalado camioncito de madera. Y ella le respondió que el recolector de basuras se lo había llevado.

Esa misma siesta fue a buscar aquel juguete. Y, luego de su paciente búsqueda de aguja en un pajar, lo encontró entre los interminables desechos. Mamá tenía razón: tan maltrecho estaba el camioncito que hubiese sido inútil cualquier intento de reparación. De modo que lo más acertado era dejarlo allí. Resignado, sintió que un pedazo de sí se desprendía para siempre. Y recordó que sus mayores solían decir que todo aquello que uno pierde lo recupera en el más allá. Pasó un día, una semana, y esa tenue esperanza fue apagada por el tiempo, cuando el tiempo se encargó de mudar el vertedero a otro sitio de la ciudad.

El barrio y el niño dejaron de ser niños, y sobre aquellos escombros creció una calle empedrada con casas relucientes.

Medio siglo después, otro niño en otro vertedero halló el retrato carcomido de un hombre envejecido. Nunca entendió por qué, en un fugaz parpadeo, creyó ver salir del retrato el espectro de un niño que iba al encuentro de un antiguo camioncito de madera.



AGUACEROS

Te doy este domingo y esta siesta,
sin nadie más que tú entre los verdores
del patio, y la cigarra y los rumores
de estío en tu minúscula floresta.
Y, bajo los limones que se doran,
pongo a tus pies ramitas que se quiebran,
pequeños puentecillos que celebran
un tránsito de hormigas que atesoran
migajas presurosas porque huelen,
igual que tú, esa cálida fragancia
de tierra y sol y nube con que suelen
llegar, desde algún fondo de la infancia,
azules de presagios agoreros,
los súbitos, lejanos aguaceros.






MIS AMIGOS

Recordando a Paniagua

Mis amigos, los ebrios y los locos,
que cruzan como todo vagabundo,
-de barcos o de pájaros- el mundo,
se arreglan en la vida como pocos.
Navegando en sus dignos desaliños,
mis amigos no irán nunca al infierno
porque nunca se olvidan de ser niños.
Cuando soplan los vientos del invierno,
se abotonan el saco, malolientes,
se palpan el fantasma de sus suelas,
y con el frío trémulo en los dientes
se refugian de noche en las escuelas.
Y en el alba, dormidos, alzan vuelo
para plegar sus alas en el cielo.


III

POR ESO PARA TI MI REVERENCIA


VERCINGETÓRIX (46 a. de C.)

¿Qué memoria nos queda de tus días
sino la que en su pluma nos da el César?
¿Qué perfiles de ti sino estos signos
que, pese a las argucias del escriba,
te levantan feroz y sin medida?
Escucho, oh general, cómo tu nombre
hace temblar la voz de los romanos.
Te veo hollar la hierba de las Galias
sobre un caballo hirsuto, veo las sombras
de ramas que el Sol mueve en tus espaldas.
Siento el olor del fuego y la madera,
y tu risa salvaje en las aldeas
desgarrando con blancas dentelladas
la carne de sabrosos jabalíes.
Bajo la oscura noche de la Luna,
sitiado entre los bosques de la Alesia,
ese lince que habita en tu mirada
vigila al invasor interminable.
Allí, tu antigua lengua de druidas
ordena comenzar un nuevo ataque.
Y el grito sudoroso en la batalla
de nuevo está en el hierro que destroza
piel, vientre, hueso, músculo y garganta.
Ya el duro fatigar en tus jornadas
de avance y sangre y hambre y retiradas
decide, finalmente, que a tus tropas
les toque el sinsabor de la derrota.
Y llega aquel momento en que a los tuyos
proclamas que tus pasos no anduvieron
sedientos de usurpar reinos ajenos
-esa codicia cruenta del romano
que no a otro precio supo hacer la guerra-,
sino por la defensa de los sueños
de cada hijo fruto de tu tierra.
Así, sabiendo adversa tu fortuna,
propones que tu pueblo te dé muerte
o te entregue con vida al enemigo
para consumación del sacrificio.
Ya una mujer solloza. Ya te entregan.
Ya caen tus escudos y tus lanzas
al pie de los latinos. Ya te llevan.
Ya el largo cautiverio. Ya el delirio
por calles de esa Roma que contempla
tu cuerpo encadenado. Ya se acerca
tu fin. Ya los suplicios y la muerte,
después, sólo los ecos de tu nombre,
oh, heroico general, Vercingetórix.






INFIERNO IV, 104

Parlando cose, que il tacere e bello

Pienso en un borrador que Dante pudo haber escrito, imaginando las palabras que en el limbo de su Inferno le dijera la gran sombra de Homero; un borrador de inolvidables frases que acaso la prudencia y el pudor le hicieron prescindir en sus tercetos; y, por temor de que pudieran ser indignas de la voz del alto aeda, lo resignó a las llamas; un borrador que el florentino rehacía con paciencia y deshacía para dejarnos, finalmente, la sugerencia apenas de aquel eco, de modo que pudiésemos seguir nuestro comercio con las musas, soñando rescatar esas palabras que tal vez nadie habrá de pronunciar.





SHAKESPEARE

Thy registers and thee I both defy
Soneto 123

Pierden brillo los bronces del pasado.
Sucumben hacia el polvo las molleras.
El río va royendo las riberas
en donde el pez al fin será pescado.

No habrá de verdecer eterno el prado,
pues con la fiera herrumbre de tus eras
oxidarás, oh Tiempo, primaveras.
Y así, sobre las flores que he cantado,

sobre la melodía de mi mano,
también te cernirás. Y será en vano.
Porque aunque perseveres con tus años,

y, verso a verso, todo lo hagas mella,
inmune a los colmillos de tus años,
mi Musa será siempre una doncella.