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viernes, 4 de mayo de 2012

6801.- RAMIRO DOMÍNGUEZ



Ramiro Domínguez
Ramiro Domínguez (Villarrica, Paraguay, 1930) es un docente, escritor, abogado, dramaturgo, ensayista, sociólogo, poeta y antropólogo paraguayo.1 Miembro de la generación de 1950, es uno de los mejores poetas paraguayos de los últimos años.1 Graduado en Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción. Miembro Fundador del Centro de Estudios Antropológicos. Docente universitario de la Universidad Católica de Asunción y en la Universidad Nacional de Asunción. Miembro actual de del Consejo Asesor de Reforma Educativa y Coordinador de la Comisión Nacional de Bilingüismo. Ganador del Premio Nacional de Literatura en 2009.2
Nació en Villarrica, Guairá en 1930 hijo de un médico, Enrique Domínguez y de Sofía Codas. Realizó sus estudios primarios en su ciudad natal y los secundarios en el colegio San José de Asunción. Se graduó de abogado en la facultad de derecho de la Universidad Nacional de Asunción.
Ejerció varios años el profesorado en la Universidad Nacional. Posteriormente ocupó el cargo de decano de la Universidad Católica de Villarrica y al trasladarse a Asunción fue nombrado decano de la Facultad de Filosofía.
Fundó y dirigió por varios años el colegio Gimnasio Paulino de Villarrica. Es miembro de la Academia Universitaria, del Instituto Paraguayo de Letras, del Grupo de Arte Nuevo, del Instituto de Numismática y Antigüedades. Nombrado por el Ministerio de Educación miembro del consejo de reforma educativa.

Obras
Zumos.
Salmos a desahora.
Las cuatro fases del Luisón.
Antología.
Caña Amarga.
Los casos de Perurimá.
Cantata Heroica a Pedro Juan Caballero.
El Valle y la Loma.
Itinerario Poético.
Deslumbres.
Mbói Yaguá.
Comunicación en comunidades rurales




De: POEMAS DE LA ADOLESCENCIA


MUTISMO

La pluma alcanzo a la paciente hoja.

Al alma llamo, llamo al sentimiento
Y no consigo que mi mete escoja
Un verbo que hable de mi sufrimiento.

Morir, si digo, con decirlo miento;
Diciendo: quiero, mi alma se sonroja.

Y mientras pugno por decir qué siento,
El llanto viene y mi razón deshoja.

Qué tiene mi alma, que a la voz rehúye?
Qué el Amor tiene, que mi ser destruye
Como la nota que el silencio hiere?

Pues ya que el habla definir no quiere
Lo que del alma como lava fluye,
Diré que mi alma, sin querer, se muere.






 POEMAS DEL EXILIO

POESÍAS

LA RENDICIÓN DEL LABRIEGO

Es urgente que llegue el fracaso
para estallar en luz el cauce de mis venas.
Ya el abismo ha dicho al abismo: Sea.
Subieron las aguas y se abrió la compuerta.

Ven y mira, si puedes,
la pradera anegada y la siembra perdida.
Hasta allá y hasta allá
donde alcanzas a ver y más, fue un día
germinal esperanza estremecida
-cuenca de mi sudor y mis alegrías-.

He removido los surcos con mis manos enormes:
ya no queda ni rastro.
Hasta allá y hasta allá
donde alcanzas a ver, derramaron mis manos
el grano de mi develo y mis fatigas

 -Hermano. Ya no puedo
mirar lo que fue gloria de tu ánimo,
mar de tus dilatadas aventuras,
el afán de tus amaneceres,
tu amiga vesperal.
La cuna
que meció tu esperanza almenada de espigas.

Ven y déjalo.
De mis trojes repletas
tendrás el grano para la nueva siembra.
Mi pan será tu pan, y será mía tu pena.
-Ya no.
Vuelve, y déjame aquí.

El suelo aguarda el grano que está dentro de mí.
Se irán las aguas, y bajaré a dormir
en medio de los surcos.

Me acostaré y me estiraré.

Hasta allá y hasta allá
donde alcanzas a ver, y más, se esparcirán
las semillas de sangre que me punzan las venas.

Y cuando el sol madure las espigas
vendrás a recoger con los vecinos
mi cosecha más crecida.
Y te harás un pan con lo que sobre de la trilla
para las noches largas de tus desiertos días.







LLANTO POR EL LABRIEGO RENDIDO

Que no se diga, si ha muerto, que se mató de miedo.
-Yo le vi, y le conozco:
tenía, acaso, demasiada fuerza para seguir viviendo.

Golpeaba el suelo al caminar
como corcel piafante.

Sobre el fornido cuello, la nerviosa cabeza
parecía un enjambre.

Por el pecho y los hombros
le bajaba un torrente de músculos y sangre.

Pero traía en las manos
una avidez de espigas que lo dejó delirante.

-Porque no supo esperar
hasta la nueva cosecha del año entrante-.

No se mató de miedo:
tenía, acaso, demasiada fuerza para seguir viviendo.

Sólo que se le anegó su suelo.
Y no creía en la virtud
de los granos nuevos.

Por eso se vino una tarde
con una sarta de flores en el sombrero
y se preparó una guirnalda
de viejo viñatero
para tenderse en el campo hasta mojarle el sereno.

Y no se diga, si ha muerto, que se mató de miedo:
Yo le cerré los ojos,
y parecía esperar al lucero del alba
para empezar de nuevo.






SETIEMBRE ES PRONTO

Nunca setiembre para mí.
Yo soy de Tauro, y en abril
el aire huele mejor.
Aquí donde la tierra nos entrega al sol
como la yesca
y la sangre se amelaza de sudar
hasta ponerse negra,
el bochorno nos aprieta y hace crujir
en su viejo trapiche de madera.
Y el viento norte siempre igual
en verano y primavera.

Luego la sed, reptando en los maizales
alborota la siesta,
hasta que el rocío de la noche se haga pronto pavesas.

El sueño -qué queda para el sueño-
no más que un lerdo desmoronarse con los
ojos abiertos
y el sabor acre a yerba mordiendo la
garganta.

Pronto despierta el mosto sus alcahueterías
y sube a la cabeza, como una quemazón de
mediodía.
La voz se enreda en canto. El canto enhebra
un sueño y en el sueño, la sangre se encandila:

-Pero, quítenme de enfrente esa presencia de salivas
ése que me está mirando con ojos de policía.
Que yo no sé cómo ni dónde me conoció
para embadurnarme su sonrisa.

Y que yo sé que no me pide nada
más que este acero que se me encabrita
para arrancarle una constelación por los ijares.

-No quería, madre,
morirme tan temprano, sin que repicasen.
Pero ya viste que no tiene cuenta
trepar hasta los sobrados de la tarde.
Porque no supe que el mosto
se lo bebe en abril, cuando refresca el aire
ni que setiembre sabe a limón para los sementales.
Y que puntea de cruces los caminos
todos los sábados de tarde.





EL NIÑO DE LAS ALOJERAS

Ya no vale la pena.
Díganles que no vuelvan.
Que esta noche me desocupen la iglesia
y que me dejen sólo la ventana entreabierta.

Ya no quiero hacer todos los años
con el maíz y la naranja
para que me preparen el patíbulo
también todas las Pascuas.

-En Villa Rica el Niño Cristaldo
y el Niño de Praga.
Frente por frente,
el Crucificado de Semana Santa.

La mayordoma quiere un pesebre
con pacurí y granadas.

-La caña de Castilla
para el Calvario:
el pesebre sólo ha de ser de ramas.

No hay flor de coco. Traigan un ramo
de resedá.
Si faltan velas,
del Crucificado me las darán.

Y avisen al venir la banda
que el Niño está acá.

No sea que la de enfrenta
saque su Santo en Navidad.

Noche de alojas y de campanas,
qué campanero repicará.
Al Niño Cristaldo
me lo han puesto desnudo sobre el altar.

-Si he de nacer en Villa Rica,
que me dispongan un pañal.

Noche sin noche.
Luna como de día
-el melón y la sandía-

No tenemos nieve ni tenemos pinos
pero, si tienes calor,
te dejaron mosto en el cantarillo.

-Y no me vengan esta noche
con caña de Castilla:
para el Calvario, queda tiempo todavía.

-Que abran todas las puertas,
y díganles que vuelvan.
Hoy naceré en la plaza
con el maíz y la naranja.

Para morir en Villa Rica
volveré a ser Niño Cristaldo
y después, Niño de Praga.