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viernes, 4 de mayo de 2012

6849.- EDMUNDO RETANA



Edmundo Retana (1956) nació en San José. Es teólogo, graduado de la Universidad Bíblica Latinoamericana y ha trabajado en organizaciones sociales en el campo de la educación popular. Actualmente es pastor de la confesión luterana. Su formación literaria se fraguó al calor del magisterio y la amistad con el novelista costarricense Joaquín Gutiérrez.

En diferentes medios literarios periodísticos de Argentina, México, Ecuador, Colombia y Brasil han sido publicados poemas suyos así como comentarios, entrevistas y reseñas de sus libros.

Ha impartido conferencias y coordinado talleres literarios en Guayaquil, Ecuador, por invitación de la Universidad Católica de Guayaquil y la Sociedad Ecuatoriana de Escritores. Fue incluido en la antología Poesía de fin de siglo Costa Rica-Nicaragua, publicada conjuntamente por Ediciones Perro Azul, Revista Fronteras y Revista 400 Elefantes(2001) y en el volumen Lunada poética, Poesía costarricense actual, publicado por Ediciones Andrómeda (2005). El poemario Las sílabas de la tierra, fue finalista en el Certamen de poesía latinoamericano convocado por la Editorial Universitaria Latinoamericana, EDUCA, en 1993.

Ha sido incluido en las siguientes antologías de poesía: Antología de la poesía religiosa latinoamericana, (Editorial Clie 2009), Cielo de relámpagos- Antología de microficciones y otras instantáneas literarias de autores latinoamericanos (Argentina, Editorial Ruedamares), Sostener la palabra- (Instituto Tecnológico de Costa Rica 2007), Lunadas poéticas del Banco Popular  2007 (Ediciones Andrómeda),  Pregoneros de la palabra- (Alianza Francesa 2006), Poesía de fin de siglo. Antología Nicaragua-Costa Rica-(Ediciones Perro Azul-Revista 400 elefantes).



[El golpeteo de las mesas]

El golpeteo de las mesas, las risas, no decían que algo no andaba bien en el fondo del salón donde llegamos ya tarde con la idea de bailar un poco. El escarceo de sus risas nos puso en guardia, era de nosotros que reían, de nuestros torpes gestos de adolescentes, olorosos a alcohol, sudorosos y tristes. De modo que ni siquiera intentamos sacarlas a bailar, más bien las mirábamos de lejos, sintiendo que quizás ellas también, como nosotros, andarían ebrias de soledad en las noches perdidas de los barrios del sur.





[en el fondo más oscuro]

en el fondo más oscuro de la poza mi rostro se contempla, se deshace en una estela de luz opaca, extraviado, el mundo de afuera pierde sus contornos, huyo hacia un sitio que no conozco, buscando la corriente oscura del agua, con mis manos lo intento, abrirme paso, ceder al ciego impulso que me lleva, agitado, vivo aún entre lianas, entre peces que vuelven de la oscuridad que transcurre conmigo, debajo del agua, lentamente, no seré hallado, no encontrarán mi rastro cuando huya.



[Fumo porque no estás]


Fumo porque no estás
sin advertencias
sin marca conocida
el pulmón se llena
de tus besos de humo
La mano practica
el viejo ritual
del fuego
La habitación se llena
de un olor
distinto
al de tu cuerpo
Es una venganza
que ejecuto
ávidamente





[Violento es tu beso]

Violento es tu beso, tu espalda y tu silencio. Violento el eco de tu voz cuando me llamas y el lecho y la calma que se derrama como un vaso trizado. Y duele tu nombre entonces, duele tu cintura como si nunca te hubiera conocido porque violento es tu nombre y tu abrazo. Y hay un río cegando tus palabras perfectas. Y violento es tu rostro hacia mí cuando duermes.





[tengo a la muerte]

tengo a la muerte
esperándome en la sala
desde hace tiempo espera
con gesto grave
mirándose las manos
no tiene prisa
cuenta
con todo el tiempo
del mundo
y yo finjo
no saberlo





[Desde la ventana]

Desde la ventana yo miraba la lluvia. Afuera el invierno jugueteaba con los árboles de roble sabana. En el suelo hojas, pequeñas piedras, juguetes del agua. La lluvia venía ondulando sobre los cafetales y a su paso florecían los manzanos y los naranjos. La lluvia traía fragancias antiguas que se esparcían como si fuera la primera vez sobre el mundo.




[No estabas]

No estabas. Lo empecé a saber por el temblor de las cosas que me rodeaban. Ausente ya el juego luminoso de la hierba, el día muriéndose, huyendo. No estabas, y yo debía crear la luz, alzarme en la ceguera de los elementos. Sabía, como un ciego conoce la aspereza del mundo, que el aire estaba poseído por la herida, que el llanto era el espacio de los años.




[La voz de Mario]

La voz de Mario es suave pero firme a la vez, sea humilde, perdónese, se que si me perdono podré seguir viviendo, pero me cuesta tanto hacerlo, el rencor es tristeza y confusión, delirio, sea humilde, su voz me llega como del otro lado, persuasiva, diáfana, entre la sombra, perdonarme, los hijos que no tuvimos, volver a caminar por esas calles por las que he andado huyendo, dar el paso, hacia fuera, hacia adentro, reconciliarme, volver a probar el sabor de una naranja, una buena película, el deleite de conversar, cerca y lejano, el placer secreto de la vida, al alcance de mi mano, pero que lejos a la vez, sentir la oscuridad de la lluvia en mi boca, el calor del fuego, pensar una idea, discernirla, la huella perdida de mi propio acento, el derecho a buscar y amar sin herir ni ser herido, más tarde llegaré, podré aún, dentro del laberinto, de nuevo amar, engendrar vida, perdonarme.




1

Tenías seis años, horas enteras frente al televisor, sentado en la cama, recto, con tu camisita a cuadros, papá sentía que algo se lo llevaba hacia un país desconocido, luego dejabas la televisión para hacer algo, papá hacía tiempo que callaba, ya no irías con él a buscar hormiguitas por el potrero, juntar frutos, el silencio se lo iba llevando, no sabías llorar, solo sentías eso que se iba de vos a su tristeza, de donde él te miraba, como desde un país lejano, sólo palabras hojas secas traía, mucha hambre traía y vos querías descifrar toda su hambre, pero solo silencio había, palitos para arañar la tierra, preguntas que no acababan su ruta del agua, hojas secas, preguntas voraces como cuchillos, mientras, el día se iba llenando de mañanas iguales, hilos que al romperse en tus manos lastimaban, una gota de sangre era un espejo para mirar.


2

Pero de pronto, inclinado, él estaba allí, en el rincón más remoto del día, habías aprendido a amarlo a pesar del silencio, de su sombra incesante en la arena, entonces él quiso irse, tenías seis años, irse o morir de lentitudes, agujeros que calcinaban, huellas mudas de un te quiero, papá sabría morir, pensaste, pero su muerte sería de plástico, de peluche, del color de las bolas de jugar en el potrero, quién sabe para dónde iría esa tarde, su ausencia como una calle y otra y otra en la que sólo transcurría el agua, mordiéndose, arañando las esquinas del aire, no sabías pronunciar su nombre, el recuerdo era un ángel sin rostro, vos te quedaste con su dibujo en papelitos, soñaste sus manos, sentiste que en sus ojos había amanecido el mundo desnudo y le tocaste en el sueño el perfil fugazmente, horas enteras frente al televisor, a esa edad solo se siente, es cierto, el mundo vacío para siempre, papá no retornará al lugar de los dedos, camisita a cuadros, mirada triste, palpando desde ya su rastro, en las paredes una mancha que abría las puertas del delirio, irse o morir, eso no se termina nunca de entender, era así para él, que se iba con la ropa en las manos, para vos el silencio del papá que no termina de morir.