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domingo, 6 de mayo de 2012

6882.- FRANK BÁEZ



Frank Báez. Santo Domingo, REPÚBLICA DOMINICANA 1978. Ha publicado los libros de poesía Postales (De a Poco, 2011), con el que ganó el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña en 2009, en la República Dominicana, y Jarrón y otros poemas (Betania, 2004), así como el libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas (Ferilibro, 2007), con el que ganó el premio de cuentos de la Feria del Libro de Santo Domingo 2006. Es editor de la revista virtual de poesía Ping Pong. Lleva el blog www.frankinvita.blogspot.com.





Autorretrato

Rodé año y medio por las escaleras
hasta el segundo piso.
A los seis casi me ahogo en una piscina.
A los siete me arrastró la corriente de un río.
Me golpearon con un palo, con la culata de un fusil,
con una tabla. Me propinaron un codazo en la cara
y otro en el estómago, rodillazos,
machetazos, fuetazos.
El perro del vecino me mordió un brazo.
Me cortaron una oreja haciéndome el cerquillo.
Noqueado. Abofeteado. Calumniado.
Abucheado. Apedreado.
Perseguido por sargentos en motor. Por dos cobradores.
Por tres mormones en bicicleta.
Por muchachas de Herrera y del Trece.
Me han atracado treinta veces.
En carros públicos. Taxis. Voladoras. A pie.
Alguien me dio una bola y me dijo I am gay.
Me robaron un televisor, un colchón,
seis pares de tenis, cuatro carteras,
un reloj, media biblioteca.
Se llevaron varios manuscritos y cometieron plagio.
(Con lo que me robaron pudieran abrir
una compraventa en Los Padros).
Me fracturé el brazo derecho, el anular,
la cadera, el fémur y perdí cuatro dientes.
El hermano Abelardo me dio un cocotazo que todavía me duele.
En la fiesta de graduación me cayeron a trompadas y botellazos.
Luego publiqué un libro de poesía y una vecina lo leyó
y escéptica dijo que era capaz de escribir
mejores poemas en media hora, y lo hizo.
Accidente con un burro en la carretera.
Intento de suicidio en Cabarete.
Taquicardia. Hepatitis. Hígado jodido.
Satanizado en Europa del Este. Pateado por mexicanos en Chicago.
En Montecristi una mesera me amenazó de muerte
(ahora mismo, clava alfileres en un muñeco idéntico a mí).
Los vecinos sueñan conmigo baleado.
Los poetas con dedicarme elegías.
Otros con rociarme gasolina en la cabeza
y arrojar un fósforo y ver mis rizos en llamas.
Otras con llevarme a la cama.
Y hace semanas un policía me detiene y me pregunta
si yo no era el poeta que había leído poesía
aquella noche y le digo que sí y el policía
dice que son buenos poemas
y hace una reverencia o algo así.





Uno para Alexei Kolesov

Escribo desde el techo de nuestro edificio
mientras el sol se está poniendo
más allá de los árboles y las casas de madera.

Las ventanas siguen sin abrir.
Jimmy sigue preso.
Galea y Tim son amantes.
Creo que hacen el amor en el techo.
No estoy seguro.
Pero vi al gringo de la segunda
hacerlo con la tetona aquí en el techo
y me puse a reír y luego me puse serio.

Todos hacen el amor.
Los pájaros.
Las ardillas.
El mexicano.
Los hindúes.
Las camareras del Hawkeye.

Todos hacen el amor
y sobre todo ahora
cuando se pone el sol
y sus rayos parecen buscarte
por las calles del barrio italiano.

La señora del White Hen
te manda saludos.
Los cuervos que gritan
parecen llamarte en ruso.

Aguardan por ti en el patio
el peral, los muebles desahuciados
y las bicicletas oxidándose.
El vodka sigue caro.
Yolanda no te olvida.
Ni la uruguaya.
Ni la estatua de Joe Dimaggio.

¿Qué más digo?
De pronto me quedo
solo con unas cuantas estrellas.
Las luces de los edificios
del downtown están prendidas.
Ese de allá es el edificio John Hancock.
Esas las Sears Towers.
Acá yo sentado.






Sin título

esperar el amanecer sin afeitar
en cualquier azotea de la ciudad
sentado en una cama extraña con ojos rojos
y calzoncillos ajenos.








Santo Domingo

Teseo recogía el hilo de Ariadna
buscando la salida del laberinto
al igual que el sol que ahora recoge
su hilo por las calles de la ciudad y se aleja
a través de carreteras, moteles,
montañas azules a la distancia
y barcos que encienden sus luces,
al tiempo que un madero
flota tiernamente en las tibias aguas del Ozama
como una mano que dice hola
o quizás adiós.








Nocturno

De este lado del malecón se distinguen
las luces de los edificios y los faroles de la costa
como si fuesen barcos.

A veces un barco mercantil o un crucero sale
del puerto con todas sus luces prendidas
y atraviesa el mar.

Entonces uno imagina que las luces parpadeantes
de la costa también se transforman en barcos
y que las casas y los edificios se desplazan por el mar
y que Santo Domingo entero se echa a navegar.





Treinta años

Dentro de unas semanas voy a cumplir treinta años.
Comenzarán a salirme arrugas,
patas de gallina, papada.
Me crecerá de pronto un bigote tercermundista.
Perderé habilidades.
Adquiriré complejos.
Me pondré paranoico
ante la inminente caída del pelo.
Mi cancelación.
La cara en el espejo.
La disminución de neuronas.
El matrimonio.
Las deudas.
Las enfermedades de transmisión sexual.
La impotencia sexual.

A los treinta ya no enfrentas la vida
como un cazador de búfalos
sino como un tráfico que dirige el tránsito
y que teme que lo atropellen
y es que tienes más posibilidades de morir
que por ejemplo a los veintiuno
que fue la edad en que tomé una guagua a Cabarete
y me pasé la tarde y la noche sentado en la playa
mirando las olas del mar
y pensando en que caminaría entre las aguas
hasta ahogarme
como lo hizo la poeta uruguaya,
aunque al final desistí pensando en todos los poemas
que me faltaban por escribir.
O esa vez que bebía con una mujer ajena en un Car Wash.
O el tiroteo en Plaza Central.
O el año pasado que me metí en el mar
con un amigo ruso y las olas nos embistieron
semejantes a una manada de toros
que pensé que de esta no me salvaba nadie.

Llegar a los treinta gordo y con las posibilidades
de disfrazarte de Santa Claus en Navidad.
Tomando pastillas. Jugando la lotería.
Comprando productos bajos en calorías.
Empeñando prendas, licuadoras, anillos.
Visitando un psicólogo a escondidas.
Bebiendo los lunes con el equipo
de softball de la compañía.

Tener treinta y ser el hazmerreír de los poetas
de veintidós y veinticuatro.
Las musas siempre se van con los jóvenes poetas.
Tacharán mi teléfono y mi dirección de sus agendas.
Finalizada mi carrera de poeta
escribiré mi obra completa en el campo.
Todo mi público será un sarcástico gato.

A los 20 uno escribe poesía como si fuera un reactor nuclear.
A los 30 uno escribe como si fuera el operario del reactor nuclear.

Atravesaré los treinta sobre una tabla de náufrago
soñando que los cuarenta serán peores o mejores.
Triste como un vendedor de zapatos del Conde
retornaré de la oficina tarde en la noche.
No sólo tendré los zapatos mojados por la lluvia
sino también el ruedo de los pantalones,
las medias y los pies.

- Postales, Ediciones Liliputienses, 2012 -