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miércoles, 9 de mayo de 2012

6902.- BEATRIZ PÉREZ PEREDA




Beatriz Pérez Pereda
Villahermosa, MÉXICO 1983
Es licenciada en Derecho por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía, así como la beca del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Tabasco en 2004 y 2007. Está incluida en la Nueva antología de poetas tabasqueños contemporáneos y en la Antología de los IV Juegos Literarios de la Universidad Autónoma de Yucatán. Ha pu blicado el poemario Memoria de Alejandra dentro del libro colectivo de los XLVI Juegos Florales Universitarios de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, y la plaquette La loca de Berlín, editada por el Laboratorio de Talleres S. A. de Orizaba, Veracruz.






Poética


Todo arte se refiere a la nostalgia del Uno por el Otro.
La tarea del arte es esta metamorfosis lenta
y dolorosa del Uno en el Otro.

Charles Simic

Nací en una tierra rodeada de agua, con inviernos de 30º y veranos de 40º. Los héroes de Salgari, Dumas y Verne llenaron mi infancia en ese marasmo tropical y me hicieron soñar con barcos y aventuras. Después llegó la poesía y la convicción de que era mi manera de enfrentarme y comunicarme con el mundo, mi forma de decir las cosas que de otra manera no podría y que relegadas al silencio serían insoportables.

Dicen los que saben que se escribe porque se tiene la sospecha de que algo no concuerda en la realidad, de que hay algo fracturado en el mundo y escribimos para ordenar ese caos. Además de eso, escribo porque temo a la muerte y mi única defensa contra ella son las palabras, las que ahora escribo; también porque no sé hacer otra cosa, porque mi ritmo cardiaco es insuficiente para convencerme de que vivo. Escribo porque interiormente no somos sólo una persona, dentro de mí hay muchas voces cuestionándose, desdiciéndose, afirmándose. Escribo para dejar testimonio de esos mundos interiores, de la metamorfosis del Uno en el Otro. Escribo para acercarme a otros, para no sentirme sola, para darle una transcendencia real a tantas horas de insomnio, para jugar a ser otros, porque el poeta es nadie en la medida en que tiene la facultad de ser todo el mundo.





Disonancia
(fragmentos)

La muerte es la mayor disonancia o
quizá, la armonía radical del silencio.

Blas Matamoro

Algo en el ruido no concuerda
algo en mí se desploma
ya roto en el aire
y espera su total caída
para unir las grietas de la fuga

Hay algo en mí que no concuerda
un ritmo ajeno a la algarabía del mundo
a la risa sin motivo de los niños

Algo en el ruido se desploma
algo filoso que desgarra los labios
una caja de música sin cuerda
una señal de alto entre el grito y el silencio.

*

Pregunto
si hay algo que en verdad pueda llamar silencio
si la palabra que me persigue existe fuera o dentro del papel

Pregunto si el exilio es un estado del alma
o el disfraz de una huida voluntaria

Que alguien me diga
que igual camina por una senda de ceniza
con las manos cerradas.

*

También el silencio es ruido
la armonía inaudible

Un laúd de arena
una plancha de acero donde las voces
esperan su ritual de fuego.

*

Rabiar callada
nadie sepa que ando desnuda por mis libros
hasta que la noche corrige mi cuerpo

Mi lengua no obedece
y hay en ella un lenguaje que me astilla

No
que nadie escuche el diálogo imposible de mis pequeños colores

Que se calle la noche porque yo la escribo
y muden de escamas los espejos

Nada quiero salvo curar mi disonancia

Todo en mí es cicatriz de otro silencio.

*

Una piedra curtida por el agua es el silencio

Dentro de mí
una niña agita las manos sin que nadie lo note

Un coro infinito la acompaña sin oídos que atestigüen

La niña sólo oye el silencio
El silencio nada escucha de ella.

*

Tu memoria de tinta vive en mí
y oigo los mismos golpes de tu tumba

La marea oscura     informe
hunde mi pecho y enfría los latidos

Yo también frente al espejo
aborrezco la rebeldía de mi sangre
y trato de apagar el dolor
pasando un poema por mis sienes

Porque anhelo el día en que no tenga que vestirme
y golpee con la desnudez de mi locura

Idéntica
se me acaba el asombro por la vida
y se desliza fácil el seconal en mi garganta.

*

Alejandra va a París
ha dejado en casa a su madre
mutilando las hojas atroces de su diario
Ha olvidado su tartamudez
sus mejillas imperfectas
Ella está en París
                    un cuarto diminuto
                    imperturbables muñecas maquilladas
                    la piedra de donde extrajo su locura
Alejandra está en París
Alejandra escribe
se escribe
se destruye




Memoria de Alejandra

Alejandra:

Pienso que tu corazón era una jaula y tu propia mano tiró la llave.

La soledad, la duda, no lograrán más víctimas: sólo tu sangre, la verdad de tus
huesos, los viajeros sin alas que acamparon en tus versos.

*

Tengo tu edad y la soledad crece en mi vientre. Sin filiación ni signo, su rostro es otra cara del silencio.

No la quiero, pero su llanto conmueve mi carne y ella aprovecha para unir su
ombligo a la arteria más honda de mis miedos.

Nacerá y la tendré en mis brazos: su risa anunciará mi muerte.

*

         

Donde estás, supongo, llueve siempre.

La lluvia te atrapa en su jaula donde enanos y relámpagos filosos despliegan un
circo ante espectadores mancos.

Tú, la domadora, alzas el látigo sin articular sonido. Son tus ojos los que hablan, los que escriben.

Y los leones que no quieren tu poesía: ansían tu carne, conocer el delirio de tus
labios.

Estos poemas aparecen en el libro colectivo de los XLVI Juegos Florales Universitarios de la UASLP.







La loca de Berlín

I

La loca me llevó a su casa
y extendió las manos para que yo viera su mundo

Me habló del desierto
de tardes como naranjas agrias
De su locura que comenzó en la mano derecha
en un concierto de grietas y sombras en la memoria

De un amante que subía cumbres
pero había desistido de escalar su cuerpo

De una amiga mitad oriental mitad poeta
infanta muerta en una tina de hiel y agua púrpura

Al final me dijo
-En mi tumba pondrán que fui náufraga
Jamás llegué a la orilla de otro cuerpo.



II

La loca odia las rupturas
dice son un remolino de agua que rompe tu frente
y anega el corazón de peces quietos

Su pelo aún guarda algo del desierto
de rejas y paredes blancas

A veces usa los zapatos de su madre
para convencerse de que hay cosas que no encuentran su sitio

Sentada de espaldas al espejo
yo la miro suturar sus ausencias
entonces el dolor es un niño
ella la nana que lo rodea.

De la Antología La mujer rota