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sábado, 12 de mayo de 2012

6918.- DINAPIERA DI DONATO



Dinapiera Di Donato
Narradora y poeta venezolana, nació en Upata, Bolívar en 1958. Cursó una licenciatura, maestría y DEA en estudios hispanoamericanos en la Université de Paris VIII (Francia). En Venezuela fue profesora agregada en la Universidad de Oriente. Cursa estudios doctorales en el Graduate Center de Cuny y enseña español y francés en universidades de Nueva York. Ha obtenido, entre otros, el Premio de Poesía Ateneo de Guayana (1986), el Premio de Narrativa Bienal Daniel Mendoza del Ateneo de Calabozo (1989), el Premio de Narrativa X Bienal José Antonio Ramos Sucre (1990), el Premio de Narrativa Alfredo Armas Alfonzo (1994) y el Premio de Narrativa Concurso Literario Universidad de Oriente (1997). Fue colaboradora de diarios y revistas venezolanas y de la revista Correo de la Unesco. Relatos y poemas suyos han aparecido en antologías como: Timor: do poder das armas a força do amor (Portugal, 2002), Las voces de la hidra, la poesía venezolana de los años 90 (Venezuela, 2002), El hilo de la voz (Venezuela, 2003) y Aquí me tocó escribir (España, 2006), entre otras. Ha publicado Noche con nieve y amantes (Fundarte, Caracas, 1991), La sonrisa de Bernardo Atxaga (Fondo Editorial Predios, Upata, 1995) y Desventuras del ocio (Fondo Editorial del Estado Sucre, Cumaná, 1996).




a partir de un hueso conocimos

hay poemas que una vez encontrados
te dan el alivio
de haber llegado con vida
hasta ellos

luego sales de su envoltorio
con el horror de un mito
haber caminado un poco
sobre las aguas

sigamos pues tus bellas falanges

Sofía, la ciudad donde tu pie desnudo
en el mosaico
es el dibujo de la especie

antes habías sido cristal óptico
donde la nadadora atraviesa este cuerpo

al borde su gesto es amistoso
gotas de rocío por el piso
como si mi cama fuera la mañana
en la foto aparece con alas tan pequeñas
hace olas blancas en esta piel de mar
todo el océano en mi vientre cuando allí nada
una mujer
bajo el cielo de Anatolia qué penoso el secreto
extraes lentamente sus ojos
y entonces esa muchacha es una estatua admirable
vaciada a la orilla

eres el gato de Anatolia sumido en el sopor
como si el huevo de la noche envolviera
gatos, viajero, hombre cansado,
mujeres solas
para crear su engendros

los llamados nacimientos







El techo de cristal

Que hable de la hipótesis
preguntan sin retórica
—estoy en problemas
antes, mucho antes de cruzar
no era que no hubieran cabezas
con la misma gorra
haciendo equipo
abriéndose paso
era que si escribías: estoy en problemas
cuando los amigos te hacen en Venecia
los pagos al día
los secuestrados devueltos
escribías y Claudio Bertoni tan lejano
te apuntaba con su linterna
de todo lo dicho
—es un poeta chileno coleccionista
del tiempo ido

—es él de nuevo
supe
cuando dejando atrás el puente
de los suspiros de Brooklyn
de miña terra miña terra
con nombre de indio
el hombre de la gorra
ciclista con barbas
Claudio Bertoni de nuevo dándome
alcance
—estoy en problemas
supe que realmente lo estaba
el zumbido de las balas puro
viento
un equipo de hombres con piernas
completas torneadas
griegas
ya cedo el paso
es cuando la imagen baja a toda prisa
la ventanilla
y grita Bertoni seguramente
y ahora te ha nacido un sobrino
en el sur
también a ti
llamado Luciano
y veo rodar las bolitas de cristal
del sobrino de Bertoni
tan descuidado
una metra que se desliza bajo mi pie
y me lleva de bruces
—estoy en problemas
cruzando el aire
disparada
dorada
buscando el bolsillo de
mi propio sobrino
el piso de su casa
en Caracas
tan lejos
en lugar de escribir
al menos
una tesis doctoral
en la edad de lucir
la carne disimulada
con anticas
murrinas







De su casa general

Después he vuelto a la poesía del siglo
este ruido de excusatio de benevolencia
necesita otras cocciones tu zumo
de
ve al solar que sabemos
modales de  sube tus faldas y arroja
el perfil de vaso antiguo
acude al río de la calle a retirar
la escarcha
¿la ves?
Sorda
No oyes
No oíste
No oirás mi mejor serpiente
ni
las hierbas que van con su carne
marinados huesos editados por Basilea

letras capitulares miniadas a mano
la calle está siempre al otro lado del harén
de la vista turbada


casa con vista al ángel
sin salida

porque donde está el otoño te confundes

ahí no estés

no te acomodes en tu postal de siete leguas
confiésate tú, vamos,
capítulo general
arrodíllate



perturbada corista del ielili
ve con lo puercos
de fina trufa

no
sigas el rastro amarillo
la sombra que dejaron
en Caruachi
los cultivadores
de sarrapia
vamos a enterarte
cambia de ramo

 las fábulas de
aquella casa de poesía
de perfumería
puestas a curar
en las vigas maestras

tajos cortados salados
hueso del caldo
hierve
ocúpate

no volveré a ser
la preceptora de nadie
su agente viajera
revolvedora de  cocidos

no enseñaré en la corte
mi maleta turca

no es que no me gusta tu sangre

el japonés de uso no es mi campo
 y estoy vieja

los sonajeros estallan fugaces luces
el estadium repleto
el clamor
no oigo






Sumimasen
Sumimasen
Gomen nasai
será por mi culpa Owabi


harakiri
sería por demás conveniente
después de esta torpeza mía de escribana
cataplasmas de escobilla
de flor de taparo
para abrir la vía de voces
que recoja leche materna al alba
será que lluvia es
Ame

será que en la vida de actualizados
cartonistas
doblaría el espinazo
la cabeza
pegada a las rodillas


acepto el nombramiento
hembra de moda
que moldea estos fetiches
de la sobriedad de modales
de la vida colonial de ida y vuelta
que consuelan imaginaciones heridas
las transmigraciones de cortes

aquí estoy
tu perro me reconoce
olisquea mis bultos
como si hubiera guardado en un cuerpo de
partituras de abadesas
los cuentos bíblicos
nostálgicos renacidos
filólogos salvados
de holocaustos de las repeticiones
enseñando griego de emigrantes

el arte de irnos con la casa  a tiempo
acompasados hechos del infierno de mi padre

no hay sordos en las fundaciones
la ciega que me hace un amor bueno
hace también memoria
sabe las formas de morir
los rastros de la paideia
dime el sol
pide

el perro se quema la lengua
yo apenas distingo un asunto de agua y luces
poesía me reconoce desde el fondo de este plato
de presas que queremos

será que lluvia es
Ame

y no el gesto de guarecer
y cambiar la escritura por
esta maraca
de cascabel

Del  libro La monja sorda, dedicado a António Salvador Tenreiro