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lunes, 14 de mayo de 2012

6944.- PABLO KING


Pablo King (Ciudad de México, 1979). Es poeta y ensayista. Licenciado en Antropología Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Estudió la maestría en Cultura y Literatura Latinoamericana en la Universidad Nacional Autónoma de México. En 2008 ganó el segundo premio de Ensayo del Concurso 39 de Punto de partida. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el rubro de ensayo.




soneto / insomnio

el mundo del insomnio, el inasible
lugar de dimensiones imbricadas,
tejido de linderos y alboradas,
sendero fragmentado ineludible,

es trago entre la ausencia y lo terrible,
es paso de las horas desterradas,
y ver trescientas fotos enlazadas
sentado en un balcón indescriptible

de nubes de algodón o de cojines,
es verte respirar en ser ajeno
vibrar en cuerpo de aire o queroseno

que baila entre horizontes y sinfines,
vigilia en que te llevan querubines
o el velo tras un sueño nada ameno.







ciudad

para pech

los cuadros están rotos,
el hilo que anuda los fragmentos
es sólo ilusión de la mirada,
el juego de un niño enfermo
que saltó desde sí mismo y cometió suicidio.
                  y tú lo ves, pero tus ojos,
con su brillo de posibilidades infinitas,
se pierden cambiando de tamaño, con los ritmos
y las formas de un viejo túnel,
en un silencio impenetrable que aturde mis oídos.
pareciera, de hecho, que te fugaste
a un lugar cuyo horizonte te ata los pies,
donde los colores juegan
su confusión en tu tormento.
¿y tu tormenta?, ¿qué telaraña
urdida en tu negro pelo no permite
que te arrojes desde tu paisaje
arrancando la tierra,
lanzándote escupiendo
        al vacío, acá afuera,
con los que vemos más allá de los espejos?,
¡con qué ansias tu garganta llora por gritar
y con cuánta burla te la callas!
                          y el tren avanza,
el viento lame tus afelpadas formas,
tersas y joviales de café claro,
con un olor a menta me invita
a tocarte, a fundir mis dedos
en la suavidad de tu rostro,
como si el sexo se tensara en tus mejillas.
pero me detengo sólo por mirarte, por ver
la apuesta que tus labios vertieron en tus dedos,
de una mano con alas
que dibuja al estrellarse
contra las paredes sucias.
porque la suciedad infesta todo,
incluso, al último cuarto,
pasea indiferente los vagones,
sin camisa y con la espalda lacerada
por canicas inertes y vidrios de alcohol,
que la ciudad arroja autocomplaciente
a las coladeras.
porque la muerte se vende en las esquinas
cocinada en jugos negros
a altas temperaturas
y sonríe esperándonos
lamiéndose los dedos.
                         pero el metro sigue
          como una lengua
que penetra tuberías,
y sin herirme ni excitarme
tu cabeza de alfileres se recarga en mi hombro,
con tu respiración de terciopelo,
y tu piel vaho con olor a sol,
tu pequeño cuerpo se dobla en sí mismo
y mi boca bestial se abre para tragarte,
pero la uso para tocar tu frente
y hablar a tu esternón,
¡tú, ahogado en confusiones de fantasmas
que aúllan el latido de tu pecho,
                         tú, hijo de xtabay,
miras y disciernes el reflejo,
por eso, si entonas el lamento de tu madre,
corrómpelo en acordes de magenta,
explótalo en un vómito de fuego
       y camina encendido
el oscuro bosque que el hombre te ha dejado,
por el simple gozo de volar a cada paso!




del orden de los espejos

volteo y en ti veo mi rostro,
el orbe me embarra la frente
en horizonte que trepida
hasta lo invisible,
donde ya nadie imagina

en el opaco reflejo de tus ojos
me miro sin saberme,
sin ver al que salta
arriba de los muros,
detrás de las limitaciones del fuego
de mi cuerpo y debajo
de la palabra encadenada

estoy encerrado y no lo veo,
mi olfato no habla de colores,
y tu triste canto se reduce
al tamaño de mi oreja.




new york

el horizonte se cierne vertical
sobre mi espalda,
escala mis hombros
y asienta como saco oscuro
mojado por rostros de miradas mudas,

un tono grave y opaco
advierte la cima
y el ocaso,

es un latido sutil sobre las calles,
un susurro silencioso,
que intuye bajo latas oxidadas
mi cuerpo con ojos urbe
y oídos destrozados

aquí yace el siglo veinte
con metal y sudor,
entre espejos puntiagudos
que se elevan al cielo
orgullosos de vivir ensangrentados

aquí ondula el estandarte
del hombre ansioso y entusiasta
que devora sus propios intestinos
en nombre del mañana.