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miércoles, 16 de mayo de 2012

7016.- TRISTÁN SOLARTE





Tristán Solarte
Tristán Solarte, seudónimo de Guillermo Sánchez Borbón, (Bocas del Toro 1 de junio de 1924) es un escritor panameño. Junto a Joaquín Beleño es uno de los más destacados escritores realistas panameños.
Realizó estudios primarios en su ciudad natal, y luego viajó a Costa Rica, donde ingresó en el Seminario Menor, el cual tenía un alto nivel de exigencias. Su programa incluía -entre otras asignaturas- lenguas clásicas y modernas, de ahí la familiaridad que el joven pudo alcanzar con el latín, así como su dominio del inglés. Puesto que el Seminario Mayor formaba sacerdotes, y no era esa su vocación, Sánchez Borbón decidió completar el bachillerato en el Colegio Domingo Faustino Sarmiento, donde alcanzó también una excelente formación. Al finalizar el bachillerato matriculó Humanidades en la Universidad de Costa Rica.
Regresó a Panamá y ejerció durante varios años su profesión de técnico de laboratorio. Luego tuvo la oportunidad de recorrer todo el país, pues desempeñaba un cargo en el Censo de 1950. Así logró un conocimiento directo de las condiciones de vida del pueblo. Viajó después por las Antillas, Cuba y Jamaica, y de allí, a varios países de Europa. El contacto con la cultura europea configuró para él una visión global del mundo, útil para el desarrollo de un criterio maduro y fundamentado acerca de las contradicciones y las conquistas de la humanidad en el siglo XX. Luego asistió como representante de Panamá, invitado por la Universidad de Concepción, en Chile, al Congreso de literatos. Fue Canciller en el Consulado de Panamá en Buenos Aires, donde trabó amistad con Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato. Vivió una temporada en México y regresó después a Costa Rica, para trabajar en la Editorial Universitaria Centroamericana. Reinició estudios de ciencias políticas y de sociología; también estudió en la Universidad de Costa Rica el fenómeno del nazismo, que asoló al mundo entre 1939 y 1945. Esa rica trayectoria vital fue base sólida sobre la cual se asentó su firmeza de conocimiento y su experiencia, así como su extraordinaria capacidad para el ejercicio del periodismo de orientación. Durante muchos años ejerció el periodismo de opinión, en la columna "En pocas palabras" del diario La Prensa, lo que le costó persecuciones políticas durante la dictadura de Manuel Antonio Noriega. El 29 de abril de 1984 fue atacado físicamente por individuos posteriormente identificados como miembros de "Séptima Fuerza", grupo paramilitar de la Guardia Nacional. La oportuna intervención de un colega le salvó entonces la vida. Este suceso, sin embargo, no impidió que continuara publicando su columna, en la que apareció, entre otras revelaciones, una entrevista que presentaba oscuros detalles de la muerte de Hugo Spadafora. Por su labor de concientización cívica y por la calidad de sus escritos, Sánchez Borbón fue distinguido con el Premio Internacional de Periodismo María Moors Cabot. Guillermo Sánchez Borbón es miembro de Número de la Academia Panameña de la Lengua. Es el único autor panameño que figura en el catálogo Mil libros, que selecciona los mil mejores libros de la literatura universal. Ha obtenido el premio Ricardo Miró en las secciones de poesía y de novela en varias oportunidades, con las obras El Guitarrista (primer premio de novela, 1951), El Ahogado (primer premio de novela 1957) -que le ha valido el reconocimiento internacional-, y Vienen de lejos (poesía, 2001). Recibió la Condecoración de la Orden al Mérito Intelectual de la Academia Panameña de la Lengua, en el año 2001. En 2004, por su reconocida trayectoria literaria, recibió la condecoración Rogelio Sinán. En 2008 fue candidato al premio Reina Sofía de poesía iberoamericana. Guillermo Sánchez Borbón se erige como figura destacada en el ámbito de la literatura y del periodismo; como literato, por su calidad e ingenio, que lo han hecho merecedor de múltiples reconocimientos; como periodista, por su labor crítica durante los momentos más onerosos de la dictadura militar en Panamá, aun con riesgo de su vida. Con tal labor ha aportado a la historia contemporánea panameña gran cantidad de información referente a ese periodo.
Su realismo no es el descriptivo del siglo XIX, sino que la novela aparece como algo con vida propia sin el narrador omnisciente que todo lo sabe; de esta manera, autor, lector y personajes se necesitan para tratar de entender una realidad que se presenta como absurda, de ahí la imposibilidad de su lógica descripción. En su novela más conocida, El ahogado (Buenos Aires, 1962), el asesinato de un artista adolescente le sirve para evocar la vida y la historia de las gentes más humildes de Panamá, con acentos poéticos y misteriosos, características, estas últimas, que vuelven a aparecer en Confesiones de un magistrado (Panamá, 1968).
Además de esta obra narrativa, Tristán Solarte cuenta con una extraordinaria obra poética, entre cuyos libros más significativos figuran: Voces y paisajes de vida y muerte (1955) y Evocaciones (1968). Ha ganado en varias ocasiones el Concurso Nacional de Literatura Ricardo Miró en su natal Panamá

Obras

Voces y paisajes de vida y muerte (1955)
El ahogado (1962)
Evocaciones (1968)

Tristán Solarte - Viene de lejos






El chivato

Lo vi una noche cuando se perdía
entre desmelenados rastrojales
atravesando espejos fantasmales,
y un gato se erizó en el alma mía.

Lo vi un instante, mientras se encogía
para evitar la lluvia de cristales,
y uñas de azogue bidimensionales,
maullidos al revés que nadie oía.

Sus ojos, ya meteoros en ceniza,
en mi insomnio encendieron una hoguera
refleja: inextinguible, abrasadora.

Millares de Descartes (con camisa
bermeja, gasolina en las mangueras),
atizan el incendio hasta la aurora.







El cura sin cabeza

Diré cómo era el cura sin cabeza
que vi una noche al pie de mi ventana,
cuando daba una vuelta a la manzana,
bordeando el tajamar, reza que reza:

pechicaído, triste (con tristeza
de cura sin cabeza y sin solana);
flotando a un pie del suelo la sotana
de fósforo, raída de pobreza.

Ya todos te olvidaron: invisible
espectro por faroles consumido,
no estás ni en el infierno ni en la gloria.

¡Silencio!, no hagas ruidos tan horribles,
que todos en el pueblo se han dormido
y sólo vela un niño en mi memoria.







Ultimátum de Zeus

Para desintrincarme de los brazos
que me estrangulan - rubia enredadera -
de Calipso, implacable carcelera,
quisiera ver hoy en el cañamazo

donde se borda mi destino, el trazo
firme del mensajero o mensajera
que porta el ultimátum: o me libra,
o hará saltar su bastión en pedazos.

Cautivo de su sexo y de sus pechos,
embrutecido de placer yacía:
aunque a veces, durmiendo al lado de ella,

soñaba con Itaca y otro lecho
(y Penélope en él se consumía
con mi recuerdo, inútilmente bella).







Con Ricardo Miró

¿Qué se hicieron tus pájaros dolientes,
tus garzas y las mías, hoy venidas
a menos, sucia nieve envilecida?
¿Qué buscan en la fétida corriente

del Matasnillo - infernal serpiente
de lama negra, putrefacta - hundidas
hasta el collar, la dignidad perdida,
mariscando y tragando tristemente?

¿Y qué puedo decir de tus gaviotas
la "flor de espuma" es hoy de vertedero?
¿Y otros alados seres emblemáticos

revoloteando sobre la remota
niñez y el mar: talingos agoreros,
muelles con plumas, cuacos engmáticos?






Cavanga en Hipona

Y tú también, Agustín, tenías
el hígado blanco
y blanca las patillas.
No eras responsable, pues, de las lianas
que en sueños te sujetaron bajo el agua;
ni fue tuya la culpa que al amanecer
recordaras con tanta nostalgia
a la venus de piel de pantera
y culo de primera.
La culpa la tiene no aquel tango,
sino el maldito hígado blanco.





APROXIMACIÓN POÉTICA A LA MUERTE

“Y esos muertos quisieran un gabán
para arropar sus sueños bajo tierra”.
(Demetrio Korsi: “Sinfonía en gris”).

Fuimos al cementerio, ¿recuerdas?, a visitar
la tumba de tu hermano.
El cementerio situado en las afueras del pueblo,
a la orilla del mar, como un puerto de extravío.
Mi vida está llena de esos montoncitos de tierra des …cuidados,
de esos herbazales furiosos
que le disputan el sustento a los muertos.
Por aquí y por allá vagaban, entre los escombros de las tumbas,
crujientes cangrejos blancos, como hechos de cartílagos
hambrientos.
Me miraste entonces, pensando quizás
en cómo luciría junto al polvo, descarnado.
Tus labios me rozaron la mejilla
en un beso helado y compasivo.
Te sonreí entonces en señal de asentimiento y comprensión.
Me recuerdas a mi madre en lo más profundo de tus ojos.
Mi madre era alta y bella;
cuando muera, suplicaba, no me entierren en el pueblo,
en ese horrible cementerio…
Yo he visto marejadas espantosas
sacar los huesos de sus tumbas,
desparramarlos por la arena con la espuma bisbiseante.
De noche la muerte se hace con la voz del mar
quebrándose en los riscos.
Todo enmudece lleno del ser perdido
y se empapa de su extremoso aliento.
¡Ay! que solo me han ido dejando
todos estos años de separación;
todos los parientes que se me han muerto
en los postres de aquellas cenas fabulosas;
las veces que han pintado tu casa y la mía,
mi casa, mi bella casa de madera
ahora convertida en hotel.
Cuando paso cerca de su mole de sueño,
pensamientos sin sentido
oscurecen el presente:
Regla de tres compuesta y los viajes de Colón.
Quebrados y las partes del cuerpo humano.
Una victrola quejumbrosa y portátil
Y las canciones aquellas que cantaban con los bronquios.
Todo se ha venido de la mano a tus rodillas
y en tus muslos de aclaran los temores.
Aquí de la guitarra y las lecciones de dibujo
y Josefina Guzmán en tiempos del serrucho.
André Bretón y la escritura automática
y la poesía verdadera en cuya busca nos perdemos
y el verso en cuya espera gasté los años del amor.
(Cada vez más distante, más distante,
brillante y limpio de pura lejanía
y en tanto el sueño afirmaba en mis entrañas su dominio).
Alcemos las manos sudorosas
para que de lleno les dé la luz crepuscular
que aflije el fondo de mi alma
con esta perspectiva de cruces,
de cercas de madera, de marismas sibilantes.
Cada nombre es más dulce que el otro,
más dulce, y estos límites cenicientos
no pueden contenerlos.
De ahí la plácida melancolía que agita el viento
junto a nosotros.
De ahí la fuga deliciosa y el fuego ambiguo
que sientes en el pecho.
En serio: la muerte nada significa
si uno puede vaciar hasta el mismo fondo
el calor del alma y el calor del cuerpo
si con ellos podemos hacerle un hijo varón al tiempo.
Pero mira aquí, allí, detrás de ese tronco podrido,
esa lápida mohosa: mil ochocientos sesenta y…
¿no sientes como un brillo santo el arrobo,
la gracia de no sé cuantas ansiedades;
la bondad, la solicitud,
los celos sin sentido, el chotiss de largo alcance,
la voz precisa y grave
y un poco de cansancio satisfecho?
Así será conmigo.
Y tú alzarás una valla contra el viento
y la marea.
Y vendrán los meses de sequía
a quemar las silvestres margaritas.
Y el invierno aislador de voluntades
a remover la tierra húmeda,
a dejar su pala fría junto a mis huesos.
De mi corazón se extenderá a la playa
una azul fosforescencia exacerbada por la espuma,
una alondra misteriosa,
un suspiro delicado.
Y dentro de muchos años, en el mismo sitio,
un poeta joven y pálido enamorado,
vendrá a meditar en la esencia de la muerte y de la vida,
en la esencia del amor y del olvido;
y escuchará venir del viento mi voz desfigurada por la espera,
y en el túnel resonante de su alma sentirá
encadenarse una a una las sílabas melodiosas
de ese verso suspirado.
Y tú estarás allí también, en los pliegues
más profundos de las letras, en el mismo seno
de la yámbica, celestial dulzura,
amada hasta el silencio y la locura.
Mira cómo sube al cielo el halo dorado y yerto
de la tarde.
¿No sientes ovillarse bajo ese montoncito de tierra
un cuerpo adolescente?
¿En qué otra tumba se agitará el término de su abrazo?
Así de noche nos ceñíamos desnudos en tu lecho,
y quizás la muerte también se ovillaba a tu lado,
entre las sábanas,
como un adolescente temeroso,
y así, nos perdíamos de placer los dos, los tres,
unidos por el miedo y por la edad.
Ay, mi pobre amiga! ¡Ay, mi pobre amiga:
Qué solo me estoy quedando! ¡Qué solo me estoy quedando!
El viento seguirá con su clamor de bronce
por el espeso tejido del palmar
y por las vivientes islas irán de nuevo
oscuros hombres de abordaje
al amparo del sueño y de la sombra
Naves cargadas de legajos polvorientos
surcarán la mar en altas horas de silencio
El rey de los chánguinas decapitado
rondará los higuerones
Los colgantes puentes de los astros llegarán a escarcha
de rumores con la luna en la visión lesbiana del jardín
Y el capitán negrero le sacará la lengua al tiburón sediento
Princesa desnuda de carnes platescentes:
el cielo se cebará en tu cuerpo
te tapará la boca el paraíso.
En tanto, volvamos a las tumbas
y al dibujo profundo y grave de la luz.
Volvamos al silencio rebosante de seres contenidos.
Volvamos a la tristeza que te embarga esta tarde renacida.
Volvamos a los excesos del crepúsculo
sobre las aguas de la bahía.
Volvamos a la muerte
y a la comprensión poética de la muerte
y a la explicación un tanto pobre
que escuchas deslumbrada.
Debes sentirte libre de temor.
Quisiera darte un poco de mi paz.
Quisiera darte a comprender la razón del cielo,
la razón de Dios que nos escucha pensativo;
la razón del ángel de la guarda
y la razón del polvo, la delicada razón del polvo
que ya no puede más.
Quisiera darte con detalle las razones todas
del inmenso orgullo que me ciega,
y por qué de pronto adquiere un sentido luminoso y alto
la vida de ese idiota, de ese pobre loco
que en vida sólo habló con tartajeos broncos y babosos,
y cuya tumba se ha cubierto de jazmines,
de margaritas prodigiosas;
decirte del abismo que alumbró tu hermano;
de la difteria que arrebató a la niña,
y cómo, en el mismo instante de su muerte,
Dios se asomó a la vida por sus ojos
soñolientos y cansados.
Hablarte de todas estas cosas que parecen
profundamente misteriosas y lejanas;
pero que son sencillas, simples y sencillas en el fondo;
y cuya verdad a veces tú vislumbras en el resplandor del sueño,
en esas luz que llega a ti dudando,
arrastrando su claridad terrible
por entre mozos que desnudó tu infancia,
toallas sanitarias, espejos rotos, gatos negros,
zumbidos que ensanchan hasta el infinito
el infierno negro de tus párpados cerrados,
fantasmas quejumbrosos y modestos
en cuya frente brillan los chirridos
y ciudades superpuestas en la sombra helada
llenas de malicia y de sangre.
Quisiera yo que en esta charla rayada de símbolo
se te diera el mayor tesoro,
el mismo tesoro que acumulé en una larga
y corta vida de éxtasis y desengaño;
el tesoro que escondí del malo y la codicia,
del voluptuoso, del sabio, del cantor a secas, del rico,
del pirata, del sacerdote, del poderoso,
del hombre de la vida
y las “mozas del partido”.
Quisiera yo romper los tirantes lindes,
el duro cerco de palabras
que me separa de tu ser amado
y me condena a pasar a solas la larga y oscura
noche de mi espera atormentada.
Que escucharas con atención y pusieras todos tus sentidos;
que en lo alto el cielo confirmara su belleza
y tú pusieras el alma a ras del silencio de esos muertos,
a nivel de su atención sin mancha.
Mas sé que es imposible llegarle con discursos
al mismo corazón.
Sé que es inútil la palabra
si el que escucha no se ha limpiado antes
de toda alegría y llanto.
Si no ha renunciado al dolor
y a la congoja,
al placer siniestro y risible de la sombra
y al gusto amargo de la danza y la canción.
Si aún espera de los números la respuesta,
del olvido la paz,
y de la noche el sueño.
Tal vez he llorado un poco de tristeza.
La muerte me ha abierto todos sus secretos,
todas las puertas que le cerró a la ciencia
y a la bruja
y el corazón me pesa de tanto que se me va perdiendo
con las sombras de esta noche que se viene encima.
Estoy sereno: las horas del aullido y del crujir de dientes
se han ido para siempre.
Estoy dispuesto a cualquier extremo,
la mirada fija en las simas reveladas,
valiente el pecho y el rostro erguido.
Estoy dispuesto a afrontarlo todo
a decir un SI grandioso a todas las formas
que vuelvan a la luz desde el vacío.
En el confín del viento el caracol me espera
pero me siento melancólico, lleno de renunciación
y desesperanza por esta paz que no he buscado;
por estas tumbas que se alzan en mi vida;
por esas nubes llenas de parientes idos
y por Lulú, la abuela de los ojos duros
que tomaba ginebra con gotas amargas para aliviarse la sordera;
y por Tomás, el de las minas de oro y el bigote recortado
y por el tío Juan, viejo y nostálgico, con dedos amarillos,
y tantos tantos que me ahogo de silencio
y las lágrimas me suben a los ojos,
y recuesto la cabeza en tus muslos maternales,
en tanto Edipo me hace guiños maliciosos,
relámpagos azulados
que suben desde el fondo del abismo
que cercan mis párpados cerrados.
Frente a la muerte sólo morirse cabe,
sólo el recogimiento nos dará su clima desmedido y cruel.
“Perchance to dream”; mas no habrá sueño que nos valga
“en ese sueño de la muerte” del pobre Shakespeare;
no habrá visión que nos devuelva el ojo
a sus delicadas superficies ni a sus honduras plenas;
ni senos que nos lastimen lo bastante hondo
para darle al corazón la sombra de un latido.
Al sexo se lo tragará la tierra.
Y sólo del calor que los otros sientan en la noche,
del calor que recogerán del aire,
del calor del alma y del calor del cuerpo del que hablaba,
volveremos a estar en el reino dulce de las cosas,
en el reino dulce de los celos y del cambio
y en la belleza impura de las islas y el verso.
Por eso, dame la mano y callemos la esperanza
y los temores viscerales, húmedos y oscuros.
Dame la mano, la mano tierna y fina
ya señalada por la noche.
Callemos la sencillez meridiana del misterio.
Dejemos a las gentes en su temblor mortal;
dejemos que hablen de la nada, de hogueras infernales,
de almas en pena, de castigos tomados por la eternidad al
tiempo,
del crujir de dientes,
de la resurrección de la carne,
del premio celestial al bueno y al sumiso,
del juicio final,
y también a los otros, a los de la reencarnación,
y a los sabios que dicen que todo se acaba con la vida.
Frente a la muerte sólo morirse cabe
y al muerto sólo le queda
gozar su muerte en paz.
Sólo le toca hartarse de su muerte
por toda la eternidad,
Sin interferencias, sin testigos
ajenos a la muerte,
sin oraciones de dudosa eficacia,
sin crespones negros, sin novenarios,
sin tazas de café y sin coronas insultantes.
Frente a la muerte sólo morirse cabe,
sólo el recogimiento nos dará su clima desmedido y cruel.
¿Y los que vuelven a la vida?
¿Los que vuelven a la vida y encuentran
su alcoba ocupada por extraños,
y que el hermano menor le usa los zapatos,
y que a la novia le ha vuelto el color a las mejillas?
Ya su sustancia se le ha restado del mundo cotidiano,
y la sombra del árbol
y los jardines blancos no se conforman a su presencia,
y habrá de sentirse rechazado delicadamente por las cosas
y por las parejas que se estrujan en la noche.
Estoy de más, se dice abrumado de nostalgia,
estoy de más, estoy de más.
Y volverá de puntillas al panteón,
y en tanto, otros huesos ocupan ya su tumba
y otro muerto se alza entre él y el silencio
que es la verdadera esencia de este mundo y de los otros.
Ahora sí que estoy solo, pensará, ahora sí que estoy solo,
solo en la vida y en la muerte.
Y arrebujándose de sombras sin sentido,
se dejará tragar por el frío tenebroso de la noche.
Por eso, dame tu mano y callemos
las visiones que se acercan desventradas.
Frente a la muerte sólo morirse cabe.
No debemos resistirnos al impacto terrible.
Déjate arrebatar por el silencio
y lo demás se te dará por graciosa añadidura.
Dame la mano y callemos
las promesas que se ensañan en nosotros.
Démosle un adiós grave y melancólico
a estas cruces, a estas tumbas,
a este cementerio situado en las afueras del pueblo,
a la orilla del mar como en un puerto de extravío.
Dame tu mano y vámonos,
vámonos al pueblo, a tu casa, al calor de mis muertos,
a copular al amparo de la noche,
del silencio, del olvido y del miedo.