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domingo, 27 de mayo de 2012

7050.- HUGO ACEVEDO



Hugo Acevedo (1925-2007) Poeta, ensayista y traductor nacido en la provincia de Mendoza, Argentina. Falleció en la Capital Federal. Entre sus muchas traducciones figura "Vidas imaginarias" de Marcel Schwob. Dijo Graciela Maturo a propósito de su poemario "Himnos a la luz": "Sin proponérselo expresamente, el libro de Hugo Acevedo es un himno a la dignidad del hombre y la justificación de su errar sobre la tierra, además de un canto lírico personal en que el poeta sintetiza los pasos de su propio itinerario, expresa sus convicciones filosóficas, y expone trágicamente el dolor y la alegría de vivir”. Otros libros de poesías: "Consagración de los días" y "En estos días".




Los que se fueron

Debe tener un corazón de pan,
debe tener un corazón de viento
la criatura al borde del abismo.
En horno de barro y en fragua de hierro,
castaño y rojo su color,
construidos con vista a la montaña,
hijos del siempre y de la nada.
Oh, espérate un minuto. Que naufraguen las nubes,
que el cielo sufra un escalofrío de ternura,
que parpadee la luna,
que el más hondo glaciar acoja las campanas muertas del
tiempo.
Espérate. Aún no es hora.
Sobre las cumbres es el horizonte un tigre agazapado,
y la nieve se despide de sus hilos invisibles
como de hijos que marchan a la guerra.

Se oye el viento del caudillo.
Es un galope que perdió su eco y sube desde la sombra del
ayer.
De miedo, grita el águila.
En el fondo del abismo hay un silencio seductor
de piel morena y de pupilas verdes.
No es la muerte, espérate. No tengas miedo.
Sólo es la contricción al pie de un patíbulo entrañable.
Tu corazón debe enfrentar los rostros
que nunca has olvidado.
Pero no puede invocarlos. No te responderían.
Fueron heridos por la lámpara y la víbora.
Ya no te reconocen.
Su espíritu contrajo tal oleada de recuerdos,
que enfermaron de vida.
No los nombres. No tiene ya sentido.
Dispersos en los llanos,
es su aspecto misterioso lo que ves,
y una llovizna que cae sin cesar, vestida de celeste,
como en la gruta los ojos de un ciervo enamorado.

Y tú, alma doliente de lim pérdidas,
de un rubí que se parece al mundo
pero que no regresa en su órbita hasta la nostalgia,
tu no sabes de lágrimas
ni insultas a tu corazón al borde del abismo.
Espera, no te asomes, vuelve a tomar el paso
del mantañés que es otra nube
y vívete en ti mismo. Sé valiente
como todo un corazón solitario,
como los signos de tus manos vueltas hacia el precipicio.






Río Caudaloso

Estuviste a punto de beberte toda la naturaleza.
Por noble no lo hiciste: estábamos nosotros.
Te alzaste con la cúpula de los nogales como un ser agreste
de ceño empedernido.
La amistad del buey y el puma de suavizó la mano,
Como el vuelo y el canto de los pájaros te ensancharon el
pecho como un arco.
Naciste libre y lo supiste con la primera acequia y el
primer asno,
betlemita,
montañés y alfarero,
viñatero, sembrador y domador,
vigía de las aguas a la luz de los luceros,
camarada de pala, machete, arado, lezna y hacha,
poeta entre dos siembras,
chacarero de corazón y ojos rasgados,
aherrojados por tu rosa humana
en la cárcel de injurias que fraguaron judas mínimos.
Fuiste tú quien le enseñó a leer a la montaña.
Tu patria fue un racimo indómito de surcos y galopes
tendidos en la inmensidad de la Argentina,
donde se besan la lluvia y la pradera
y mueren de inocencia las constelaciones.
Te forjaste a tí mismo entre caballos clásicos,
suprimiste de tu plinto de tierra un nombre porque eras
enemigo del derroche.

Sólo aceptaste el reto de cuatro lanzas onomásticas
en homenaje a la pobreza
o como un gesto de resignación al llamamiento de las águilas.
Y fuiste Luis.
Luis Franco.
No podías nacer en casa histórica:
habría sido una ofensa a los cerros y a la pampa que
te amaba por destino
y a la familiaridad de hombres señalados por la fragante
severidad de los terrones:
Serapio Vázquez, Pascual Vuotto, Pantaleón Medina,
Delicio Robles, Argentino Baigorria, Hugo Acevedo,
Pucho Damert, Andrés Soto, Pedro Hernández
y al telar de esa mujer oscura que quiso ser tu madre
dulcemente bravía para ponerte en pie
y santiguarse con agua de cactos y de piedras.
Las herramientas del labriego, escritas en el aire,
y el yunque musical de voz profética
en realidad fueron tus manos,
esa dura adolescencia que discurría a lo largo de un
litoral marmóreo
fraternalmente con el sí y el no de Homero, Montesquieu,
Dante,
la Biblia, Poe, Alonso Quijano el justiciero
y los viejos poetas que no han podido aún concluir de armar
el mundo.
Porque ignoraste los garitos, los templos, los salones
y los escritorios herederos de burdeles
con la recia elegancia de un torero de dragones,
pudiste conocer a Dios en el aire mismo de su ámbito,
y qué suave, cono la piel de un durazno efebo,
fue tu plática con él, ambos caballeros sin espuelas
y llevando de tiro leones y palomas.
Con que aprendiste todo lo demás,
lo extraño a legañosos y barberos,
un revulsivo de sotanas.
Quien agrega alegría, agrega amor,
y aquel que ofrenda su alma al oro prepara los barrotes
de su jaula.
Pero tú quisiste inundar de alegría a tu país,
le diste a conocer su fuente y su horizonte,
trazaste el linde entre la espada y el despojo;
de tus manos, todavía húmedas de rubias sementeras,
las letras patrias vertieron la sabiduría y la belleza,
una dulce guitarra acunada por el mar helénico.
No quedó un cáliz sin esa pasión tuya,
sin esa ciencia de aceptar la muerte no más que como un
invierno pasajero.
Tu río de pasión fue una avenida de zorzales y cardones
mansos.
Pasión fue tu vida, no costumbre.
Elevaste la verdad del ser hasta el último copón de vino,
y las mujeres que te amaron fueron tu lecho de pámpanos
y espigas.
Embajador de Mamá Naturaleza y del mañana ante todas las
cámaras del polen,
América se llenó de tí
y acaso esta salvada.
No hay piedras tumbal que pueda soterrar tu vuelo.
El monumento de la vida es tu homenaje.
El cielo, el rayo, la tierra desgarrada,
el bosque arisco que asciende a la remota cumbre del volcán
y baja convertido en ignición del llanto,
sabueso de las nubes,
vértebra del verano,
hermano Luis,
todo el paisaje te contiene,
íntegro el porvenir te lleva,
todo el canto te resguarda.
Contigo anda la libertad, ya habituada a ser tú mismo
porque rompiste en los otros tu cadena,
porque enseñaste que los mapas ya han sudado demasiada
sangre y llanto
y pudiste ver que el hombre lleva en sí el esbozo de su
futura imagen,
tu que de larva de hombre,
único entre miríadas de melifluas larvas,
te atreviste a ser hombre
y a tomar el oxígeno azul por tu prenda infinita.

(En "Antología", de E.C.M.)






Los ruidos de la noche,
cuando el silencio corre pegado a las paredes,
ruidos felinos, huéspedes sordos de las sienes,
amenazas de estrépitos que nunca se desatan,
ruidos triunfantes sobre el miedo
que mis ojos, en la ilusión de ser desmesurados,
sólo alcanzan a ver como gusanos agresores.
Los ruidos de la noche van y vienen
como recuerdos de golpes extraviados;
Son el castigo trágico de una edad sin olvido,
perdido en su niñez de gracia.
¿Por qué vienen a sitiarme?
¿Por qué me eligen como a un trofeo despreciable,
inmóvil a lo largo de un lecho de cadenas?
El corazón palpita ronco,
tiembla de recordar los ecos de un pasado que se durmió
infinitamente en techos de raulí,
mientras abajo, lejos, ignorantes de estrellas
pero al abrigo de las lluvias pétreas,
los mosaicos hervían como cántaros
alucinados en su blanco y negro.
Ruidos tiránicos que crecen y se ahondan cuanto menos los escucho.
Ahora entran en mi pecho:
No puede ser el corazón quien retumba como un presagio del océano.
El corazón es pobre y no puede comprar su libertad
hasta huir del asombro que lo trajo al mundo.
Son estos ruidos que de día duermen en grutas asfixiadas.
¡Ah, que yo pudiera ahogarlos en la noche
junto con los sueños de amores enterrados!
Me sentiría libre del abismo,
de este abismo que crece boca abajo
como una víbora en busca del infierno.
Ruidos malditos que no puedo compartir sino con las tinieblas.
Cómo querría verlos para estar seguro,
como sólo puede estarlo el desertor,
de que son mis hermanos, insepultos.




LOS HIMNOS DE HUGO ACEVEDO

Nota y selección por Héctor Miguel Angelí

En los años 60 compartimos algunas reuniones y lecturas de poemas que no puedo ya precisar. Además de su poesía, Hugo Acevedo se destacaba por su simpatía y su apostura. Parecía un galán de cine argentino del 40. Nos reencontramos luego de muchísimos años (en 2003) por medio de la poeta amiga María Elena Rocchio. Fue en su casa de Villa Pueyrredón. Lo acompañaba su esposa Lidia. La casa era espléndida. Un gran patio desbordado de plantas frente a grandes ventanales. "Las plantas fueron mi primer amor", dijo alguna vez el poeta. Y con ellas asomadas al cuarto de la reunión transcurrió una tarde apacible de poesía y amistad. Sin embargo, algo muy doloroso nubló silenciosamente ese reencuentro: Hugo estaba en silla de ruedas por la amputación de una pierna. Yo ya sabía de su desventura, pero los primeros momentos fueron para mí de inevitable y escondida conmoción.

Acevedo había nacido en Mendoza en octubre de 1925. En 1947 viaja a Chile, donde permanece dos años y conoce a muchos poetas, entre ellos a Neruda, quien le organiza un homenaje de despedida. Luego viaja al Norte de nuestro país y estrecha también vínculos con el mundo literario de Salta. Llega a Buenos Aires en 1955. Aquí aprende artes gráficas con Torres Agüero, lo que le permite dedicarse al libro en todas sus facetas: desde escribirlo (por supuesto) hasta editarlo.

Reúne sus primeros poemas en "Rumor de Vida"(1948), por el que obtiene el premio Ciudad de Mendoza. Le siguen otros poemarios: "Las flechas azoradas" (1955), "Canto al Norte" (1957), "En estos días" (1963), "Aquí en el Sur" (1965), "Después del alba" (1973), "Consagración de los días" (1983), "Alegría del alba" (1987), "Días como son" (1996), "Antología Poética"(1997), "Opus Cero" (2002), e "Himnos a la luz" (2005). En prosa publica : "Cuadros de una exposición" (1985), "Muere un poeta" (1997), "Caminos" (1998) y "Vive la France" (1999).

Además, tradujo del francés más de 200 títulos.

Iluminado desde sus comienzos por la obra de Jorge Enrique Ramponi, el autor de "Piedra infinita", la poesía de Hugo Acevedo se caracteriza por sostener con maestría el aliento de los himnos, los salmos, las baladas. Por eso sus poemas, frecuentemente extensos, necesitan del cariño del lector. El lenguaje es siempre límpido y refinado, aunque asoman a veces expresiones coloquiales y regionales. Nunca abandona el alto vuelo del rigor y la reflexión. Lo señala muy bien Adelina Lo Bue: "Tenía la educación propia de la época clásica y helénica. El nacimiento de la poesía griega y los orígenes de la lírica eran diálogos de acercamiento y contacto".

"La historia del hombre es la historia del crimen" dice un verso de Acevedo. Los bellos "Himnos a la luz", a pesar de exaltar la trascendencia, guardan el trágico secreto de la vida. Fueros sus últimos poemas conocidos.

Hugo Acevedo murió en Buenos Aires el 11 de mayo de 2007.

(Extraído de la revista BARATARIA, 2ª ÉPOCA, A]no 9, Número 21, Agosto de 2008, ejemplar gentilmente cedido por Ana Guillot)



Preludio

Llega por galerías encarnadas,
tímidas, esbeltas.
Breve es el tiempo, breve.
Los pájaros son breves.
Breve es el vuelo,
tímido el camino.
El tiempo es breve.
No pasará por aquí,
no mirará los nidos;
y hacia el final, la cárcel.
No se vislumbra un ala,
no hay un llanto de perro abandonado.
Pero pasan las ondas
y se oye crecer el verano.
En el helécho parpadea una gota del último rocío.
Breve es el tiempo, como el rocío.
Ella no llegará,
no pasará por aquí.
A lo lejos, ni la chispa de un beso,
ni perdiéndose el témpano de un adiós
Galerías breves, solas.
Y hacia el final, el cielo.

                                      (de "Opus Cero”)





Viendo pensar a un hombre

El filósofo ante su café
exhuma fantasmas fatigados.
Es un ámbito en el que las flechas pasan
hastiadas de herir
y dejan en el humo su aguijón,
sus números andróginos,
la amargura de su vuelo.
El filósofo ante su café
inhuma credos gemebundos.
Es una ciudad de cifras
cansadas de vivir,
rencorosas y saciadas de visiones,
del pan duro de la sabiduría.

                            (de "Días como son")






El fracaso

Yo te canté lámpara, mimbre, torre,
te nombré primavera, campana huérfana, celosa,
descubrí tu irradiación de alba,
imaginé que eras un silencio agazapado.
Te dije de mi deslumbramiento y de mi pena.
Te sabía lejana, celeste, inconquistable.
Pero en verdad no te veía a t¡, sino a tu nimbo.
Eras como una luna batida por el viento,
ondina de las nubes, caracola del sol.

El fin del tiempo pudo hallar mi armadura
indinada hacia tus rayos,
ciega de vigilia por sólo obedecer tu orden rubia,
el mandato dorado que disponía mi opresión.

Y no. Capitán de ese gozoso fin
tu frío eléctrico me devolvió a la tierra..
Entre el día y el ansia, no más que un espejismo,
un contraste ritual de mi sombra.

                                      (de "Días como son")