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domingo, 3 de junio de 2012

7119.- ANTONIO SÁEZ DELGADO



Antonio Sáez Delgado nació en 1970 en Cáceres, donde estudió Filología Hispánica. Es profesor de Literatura en la Universidad de Évora (Portugal) y miembro del consejo de redacción de las revistas Espacio/espaço escrito y Diana.

Autor de los poemarios Miradores (1997) y Ruinas (2001) también ha traducido poetas portugueses al español (Cantología 1964-1999, de José-Alberto Marques) y publicado antologías de poetas españoles en portugués (Um minuto, um século y 20 poetas espanhóis do século XX). Su obra ensayística incluye los títulos: Órficos y Ultraístas. Portugal y España en el diálogo de las primeras vanguardias literarias (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2000), Adriano del Valle y Fernando Pessoa (apuntes de una amistad) (Libros del Pexe, Gijón, 2002) Corredores de fondo (Libros del Pexe, Gijón, 2003) y el recientemente aparecido En otra patria (Libros del Pexe, Gijón, 2005).

En la actualidad preside la Asociación de Escritores Extremeños.




Miradores


VIAJES

Sé muy bien que todas las ciudades
en realidad son invisibles
y que las hogueras de noviembre
son hijas de la ausencia,
que el viaje es como un espejo
y el espejo es la memoria
y también que no conoce la sombra
más territorio que la huida.

Sé muy bien que los niños
nacieron en el sur
y que sólo las nubes
pronuncian sus nombres;
que el dulce aroma del regreso
anuncia que nunca viajamos solos
y que la música de las esferas
no me reveló cuál debía ser el destino
sino, únicamente, cuál sería el viaje.







JARDINES INTERIORES

Corre el tiempo y une los recuerdos
hasta construir una vida entera,
siembra así con pasos lentos la vida
y acaba por darnos unas horas que visten
sólo máscaras y disfraces. Mas resta
siempre al pasajero el débil consuelo
de regresar a lo vivido,
como una caricia dilatada
en la demora del adiós y bañada
en cierta lluvia silenciosa,
en el fabuloso navío del sueño.
Siente entonces la memoria su júbilo
más alto y sincero, ya que los tenues
campanarios del alma hacen danzar
sus altas emociones sin respiro
por los apacibles jardines de la noche.







RUA BERNARDO DE MATOS

Tardes habrá en que lo único que reste
sea imaginar la fatiga del sol, su tránsito
hacia otros lugares, quedarse muy callado
e inmóvil, al cobijo de una taza caliente,
mientras la sabia ciudad se despide del día
con la tibieza misma con que saludamos
a un vendedor cualquiera de fruta madura.
Pues al fragor de una de esas viejas tiendas
que inundan la rua Bernardo de Matos,
donde crecen los periquitos en portalones
y se embriagan del aroma siempre intenso
del membrillo y la naranja, muy cerca aún
de la plaza empedrada, he imaginado hoy
una infancia entre las florestas lejanas
de estos frutos maduros, entre la delicada
monotonía de aquellas voces desdibujadas
y el anegado memorial de las estaciones.
Entre las idas y venidas de compradores
podría haber vivido aquí y aquí soñado;
mas no sabría entonces con qué mirada
descubrir el cielo azul que con su velo cubre
las blancas casas que rodean la fuente soleada.
Tal vez, he imaginado, ni siquiera gozar
podría, por la costumbre, con la simple visión
de este paisaje inmóvil, imaginario.







MUDANZAS

Con la breve ingenuidad con que estos almendros
dejan caer sus flores al viaje de los vientos,
con la ruina misma de quien se siente ahogado
entre la marea procelosa del invierno
en que se divaga el mundo esta mañana,
con esa quietud, manso silencio del camino
que condujera siempre a un mismo pasaje,
me he detenido aquí, cerca aún de la ciudad,
para amar mejor este sol extranjero,
para sentir que del viajero no es el mismo quien va
y quien viene, por tener la certidumbre
siquiera de que nada está sucediendo
y de que ya nadie podrá variar el camino
a la ciudad ni el trayecto del sol, el agua
quieta que la tierra desconoce o el posible
regreso a la escena del sosiego.




Los trabajos y los días

No tengas prisa alguna. Que transcurran
los días con la tibia mansedumbre
a que te tienen acostumbrado.
Que marchen los días y ya no vuelvan,
ése habrá de ser tu más íntimo
anhelo, el mensaje único
con que vestirás las horas dulcísimas
en que te abandonas al paseo.
Vuelve a llover. Atraviesa la plaza
una joven sin mirar a nadie. Silba fugaz
el viento canciones muy antiguas
y traza la oscura melodía
de su viaje. Crees que habrá quien asa
su rumbo a las hermosas avenidas,
y también quien vierta su débil pena
en las aguas de esta fuente, pues muchas son
ya las tardes ofrecidas al trasiego
de estas calles, mientras rezan los portales,
y se escucha, cual murmullo, en la distancia,
el consuelo de quien se amarra fuerte,
para no caer, de la rueda del tiempo.





Ruinas




I

El día entona su última canción, el latido final de la tarde nos espera.
Tu voz pasea entre sombras, llegada de un tiempo que arrastra sacos de arena y los vierte en la memoria. Piensas en el deseo que alentó otras veces tu vida, y que cubre ahora toda la estancia con sus viejas mantas remendadas, como un vagabundo que dormita sobre un montón de escombros.
Lo sé. El tiempo todo lo devasta. Es vano este empeño de transitar cada día un paisaje de casas desoladas como animales heridos. Lo sé. El ruido de la nostalgia se hace insoportable. Camino de una estación a otra del infierno.



II

El sonido de las viejas maderas imita el ruido del mundo.
Es verdad que hubo un tiempo en que las horas se entregaban bañadas por la lluvia, con una suavidad extraña, como el murmullo lejano de una oración sin sentido.
Sobre las sábanas se alza una hoguera en la que arden las voces de otros días. Hay flores marchitas cerca de las brasas. No es difícil escuchar los lamentos que construyeron las paredes de tu casa en otro tiempo.
El corazón tiembla al oír tu voz crepitando entre un mar de susurros mientras, junto a ti, un cuerpo desnudo respira en su propia oscuridad, ajeno al fulgor que alumbra el dormitorio como un vagón de soledades que nunca se detiene.


III


La noche abre sus ojos infinitos y se hace imposible reconocer los pocos restos de vida abandonados tras estas paredes.
En la memoria resuena la más triste de todas las canciones. Te habla del miedo y de sueños que son llagas en el desierto de los años. Arena y ceniza se mezclan hasta dibujar el perfil exacto del tiempo.
La luz va cediendo a la fuerza de la noche. Con la oscuridad se disipan los límites de la existencia como lo hace la silueta de la casa.
El frío convierte en ruinas el paisaje de este otoño.


IV


Otra vez las estanterías. Introduzco lentamente los libros en cajas de cartón y me detengo a veces ante algún recuerdo. Salen a la luz los oscuros huéspedes de los entresijos de libros y anaqueles: una fotografía, un par de billetes de tren, postales con la voz de un amigo venida de lugares que nunca visitaste.
Poco a poco, el orden de las baldas va cediendo a la fuerza de tu mano. Y enciendes la radio y te dejas llevar por la misma dulzura de aquellos domingos en que su voz era la única música que hacía girar el mundo. Con ella vuela el tiempo hasta la última ocasión en que desmontaste los muebles y vitrinas. Era entonces el viaje más largo, más difícil sin duda.
Las estanterías también han sufrido muchos cambios. El polvo se acumula sobre estas maderas que un día trabajó mi padre y deja sobre el aire un frío presagio que nos hace temblar en medio de esta luz que parece borrarlo todo.
Con los años, descubrimos que sólo se viaja en el tiempo, y aprendemos a domesticar los recuerdos y a construirlos a nuestra imagen y semejanza. No sabemos qué se esconde tras cada día de luz pálida que nos acoge como huéspedes pasajeros, como los frágiles habitantes que desafían al polvo que cubre irremisiblemente el mundo.


V


El cielo está quieto y mudo, devora todo en la fría penumbra de esta soledad agreste, ajeno a la erosión feroz de la costumbre.
Una nube atraviesa la memoria.
Entre las ruinas reluce un puñado de mentiras, la vida disfrazada con ropas de diario.
¿Qué armas nos quedan ante tanto pasado, sino habitar esta luz mansa que cae sobre nuestros pasos y resuena siempre en la distancia?


VI


Una música extraña incendia el bosque que has construido durante tantos años y, sin embargo, todo es reposo en esta hora.
Nada espero que no sea esta lentitud que inunda el alma, sabiendo que el mundo gira, monstruoso y sin prisa, ajeno al gesto que te devuelve la vida.
Hoy ha brotado en la terraza la primera flor de esta primavera. Leve y sutil, enferma casi de tanta felicidad. Y el día se desnuda ante la belleza de esa imagen que se refleja en el agua que vierto delicadamente en su maceta.
Todo vuelve a ser perfecto.
¿Quién se atrevería a quebrar ese frágil tallo que hace girar en este instante la pesada noria de ese mismo mundo y da sentido al mapa en blanco en que se convierte la esperanza?


VII


La memoria es ahora un montón de ascuas humeantes en medio de un paisaje desolado. Los días son barcos que se hunden lentamente rasgando la piel del mar, con su hondo lamento que hace temblar el telón del horizonte.
El ruido de la ciudad se concentra en mi cabeza, y anuncia con su oxidada monotonía el sarmentoso paso de la vida. Queda atrás la tierra al atravesar esta puerta; atrás, muy atrás quedan las voces ahogadas por el azote del tiempo.
El espejo de la noche se abre a las tinieblas del mundo.


VIII


Anochece. La bruma destruye el paisaje en el que tiene sentido esta casa y la deja vacía, hueca, esperando que la quietud del momento cobije algún milagro.
El suelo que pisas se llena de grietas.
El recuerdo es el arma inútil, el huésped definitivo de una hoguera que nunca se agota. Las brasas de otros días reposan a tu lado vayas donde vayas.
¿Cómo no me había dado cuenta de que mi corazón también ardía?


IX


El propio incendio calma tu espera. El eco de un latido asegura el regreso a una casa habitable.
¿Qué es esta serena fuerza que ensancha el alma y la apega a la vida?


X


Llega el momento de ver en silencio el tránsito de los días felices hacia otra estancia.
Habitamos un paisaje de cartón en el que la vida no es más que una caja de zapatos olvidada en el fondo del armario. Un día la descubrimos casi sin quererlo y nos esforzamos por ver los tesoros que abriga: el valor de una palabra, el calor de un abrazo, la vida de un amigo. Cosas que no caben en una caja de cartón y que por eso, a veces, hacen que estallen sus frágiles paredes construidas con nombres que cubre el polvo.


XI


En lo que queda del mundo, unos hombres construyen paredes que apuntalan con maderas quebradas. Uno de ellos coloca una flor en un vaso de cristal.
Es imposible no verlo, la escena se repite en todas partes. Un soplo de viento destruirá lo que han creado con sus manos.
Más allá del bosque se prolonga la tarde, aguarda una luz diferente, más alta.


XII


La casa está desierta en este instante en que la luz se concentra en la terraza.
Posas delicadamente tu mano sobre mi hombro y se reconcilian estas horas de otoño con las densas neblinas de otro tiempo. Pasamos así los días, en su lentitud, presintiendo la frágil frialdad del mundo, sin reparar en el polvo oscuro y húmedo que crece sin remedio a nuestro alrededor.


¿Qué es ese leve rumor que alivia esta espera y que hace que aniden aves en el pecho como lo hacían en otro tiempo? Se ilumina el mundo con ese sencillo gesto, con ese temblor de la piel desnuda que nunca fue tan transparente.
A ratos se desvanece la niebla y es azul y dorada la alegría.