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viernes, 22 de junio de 2012

7171.- BERNARDO CLARIANA


Bernardo Clariana, exiliado en Nueva York









Bernardo Clariana (Valencia, 1912 - Francia, 1962) fue un poeta español adscrito al movimiento poetico conocido como la Generación del 36.

Profesor de latín antes de la guerra civil española, comienza a publicar poemas de inspiración «Garcilesca» como tantos otros poetas de su generación y artículos de prensa. Durante la guerra militó en el bando republicano, y la derrota de este le llevó al exilio, primero en Francia y más tarde en Cuba y Santo Domingo, para finalmente pasar casi el resto de su vida en Estados Unidos. Fue amigo de Gil Abert y Dieste. Publicó solo dos libros de poesías Ardiente desnacer de 1943 y prologado por María Zambrano y Arco Ciego de 1952 que se comenzaba con una décima de Jorge Guillén titulada Río Verde. Fue redactor en el SPANISH DESK de la radio propagandística norteamericana Voice of America durante la Segunda Guerra Mundial.






¿Pero estará entre nosotros su misterioso nombre?
Vivimos en ausencia sin rozar nuestros cuerpos
perdidos entre gentes que viven su destino
Así pasea el hombre su soledad terrestre.

“Cercada soledad”.






[Sobreviviré a mi muerte, oh veladora]

Sobreviviré a mi muerte, oh veladora
Pálida joven y que tu voz perviva
A través de las sombras, siempreviva
Humana estela mía salvadora

Un nombre solo queda entre la aurora,
Broche o flor que requiere sensitiva
La guirnalda o la frente pensativa
De una vida fugaz lamentadora.

Si los muertos se salvan en los brazos
De seres que suspiran compasivos
Sus nombres en silencio, oh compañera

Que quisiste salvarme con abrazos,
Ampárame tu voz entre los vivos,
Estela de mi muerte y no bandera.

Ardiente desnacer. Testimonio poético (1943).




Cercada soledad

Tuya sola es la voz nadie más ahora
que una niebla de muertos se extiende por la tierra
y los astros señalan bajo un terrible cielo
nuestro humano destino de infeliz existencia.
Volverán vanamente las primaveras límpidas
proclamando en la tierra su perfumado oficio
nuevamente el estío madurara sus oros
acunando un calor hasta otoño abundoso.
Con pie nevado invierno pisara los sembrados.
Desdeñoso es el paso de su alternado curso
ante el dolor humano que tiembla en desamparo.
Solitario está el hombre como un planeta inmóvil.
Inútil es el tiempo para tejer olvidos
—otoño amarillento que sus ramas desnuda—
si rinde el corazón sus juveniles sueños
la tierra en cambio abonan desengaños lentísimos.
Diferente es la voz que conmueve a los hombres
ni la palabra logra expresar nuestro anhelo.
No cabe compartir este recuerdo oscuro
que la sangre estremece o los ojos invade.
No les salva a los hombres ni en su inmediato sino
ese dolor común que organiza a las gentes
hacia una estrella izada por numerosos brazos
o una felicidad que no distingue labios,
Lamentable es el hombre sometido a destierro
si no es igual la rosa que ven distintos ojos
ni la voz se entrecorta ante entrañables nombres
Únicas son lágrimas que anegan sus pupilas.
Solitario conduce el pastor sus rebaños
y las puertas se cierran a las nocturnas sombras.
Así pasea el hombre su soledad terrestre
conduciendo sus penas por los llanos del pecho.
Palmas cual tierra muestra ojos como lagunas
señales son purísimas de su común estirpe
No niega sus raíces ni el aire compartido
que como espacio ramas posible su voz hace.


II

Mas escuchad su duelo
De recuerdos ternísimos
o indecibles vergüenzas la misteriosa niebla
de su alma se ha formado como un rubor que tiembla
por pronunciar el nombre de la flor que lo tiñe.
Si los ríos se buscan para sumar sus cauces
agrándanse las nubes hasta negar sus bordes
y los campos prescinden de sus antiguas lindes
imposible es que el hombre su soledad comparta.
Pasará solitario por los duros oficios
ciudades como fábricas y puertos cual barandas
por donde asoma el pecho emigrante del hombre
hacia un país que espera su muerte o su fatiga.
No pueden las banderas sustituir la luz
las estrellas no logran mirar como unos ojos
ni el grito de las gentes valer por ese nombre
que los seres pronuncian en medio del delirio.
Hay manos sepultadas cual raíces de cuerpos
pupilas en lo oscuro llorando inmensamente
tempranísimos lutos por el odio ordenados
que vence una bandera que despliega la sangre.
Decisiva es la lucha que exige nuestro esfuerzo
y golpea nuestras sienes con sombríos mandatos.
Enclavado está en ella nuestro gran desamparo
turbando hasta la sangre de su soledad clara.
Mas volverá la voz a la canción tranquila
y el humano concurso a estimular los campos
de nuevo las guirnaldas colgarán viejos troncos
y trabará el amor sus disputas más tiernas.
¿Pero está entre nosotros su misterioso nombre?
vivimos en ausencia sin rozar nuestros cuerpos
perdidos entre gentes que viven su destino
Así pasea el hombre su soledad terrestre.
No comprende la vida esta pena inmutable.
ni ese lento sollozo que a los hombres aisla
Tal pasan sus estruendos al borde de sus ojos
dejando una amargura indecible y tristísima.

mayo de 1938