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lunes, 25 de junio de 2012

7279.- ANA DANICH




ANA DANICH. Poeta y narradora argentina nacida el 22 de julio de 1957 en Rosario, Provincia de Santa Fe. Ha realizado diversos talleres literarios, entre ellos, el Taller de escritura en Biblioteca Argentina Juan Alvarez, profesora Celia Fontán; el Taller de lectura Biblioteca A. Juan Alvarez y el Taller de Tragedia Griega con el profesor Humberto Lobbosco.



Sin Título

Ahora que el silencio
Habita los umbrales de la estancia
 la noche solitaria es mi aliada para reencontrarme.
Tañe la campana a cien metros
y en su repiquetear despierta a las palomas adormiladas en los alfeizares.
Las palomas no rompen el silencio.
Las palomas acompañan el silencio.
Las palomas son parte del silencio.
La claridad como un bicho esquivo,
 irrumpe oblicua en los vértices de las paredes,
anunciando sin piedad,
el nuevo día que ha de comenzar.
La claridad no es mi aliada.
La claridad rompe el embrujo.
La claridad es amiga de la máscara.
La noche se desfigura lentamente
Pasos lejanos se repiten como un eco
Eco eco eco
Comienza la vorágine de la alienación
Cuerpos rotos
Muecas fabricadas
Eterna destrucción del sentimiento
Clamor de la injusticia
Miedos inconfesables
¡Truenan las billeteras…!
Ojos poblados de miserias
Odio en las miradas
Dolor que nunca acaba
Tañe la campana
Ya nada es silencio…





"La prostituta"

De ella aprendí el aciago significado de la vida,
la lágrima furtiva que rueda en la espesura del olvido,
la soledad poblando el abismo del tiempo
la noche que hace vibrar el viento en su lamento.
Gira su nombre en un ramaje de ensueño,
ella está ahí, mirando el hueco vacío
que dejó el encanto de un cuerpo,
amordazando el grito, congelando el ansia
sus simas secas, son nidos desiertos.
Fue amada por esos que no la comprendieron
en la declinación que acecha el egoísmo humano
Santa, mater dulcisísima, que alguna vez fuiste
vestida y desvestida por los hombres de la especie
blanca tu piel trasluce alba, como abedules
en los escarpados Urales del oriente.
Roja tu lengua derramada en los vasos de tabernas
allí, donde tu imagen inspiradora de trémula lujuria
motivó el pincel de Lautrec y de Picasso
Ellos no te comprendieron ¡ no!, solo te amaron,
te amaron como a la rosa, qué, cuando deja
de ser rosa, se convierte en polvo transparente
que el viento del tiempo esparce por el mundo
y olvidado en los confines, sucumbe a la muerte.
Pero ellos son
¡los que no comprenden!
más te amaron en los acordes de una letanía,
en la voz de aquel poeta que lloró en tu tumba
el triste epitafio, recitado como un ave maría,
sobre el mármol de prístina pureza.
Tu nombre inconcluso quedó grabado
en el canto inmemorial del macho cabrío,
alquimista del fuego, símbolo mágico,
que fundió a su placer el  frágil lirio de tu púbis
y quebró tu vientre para esculpir su nombre
solo para amarte a su antojo y olvidarte.






TABACO

Consumirme. Penetrando el instante
en que el silencio ahogaba mi cuerpo.
Dibujarme. Recortada en la penumbra
de los espacios tumultuosos del pasado.
Paseantes de la intimidad que coronó
un tiempo de viajes juveniles,
y un tren que vagaba en las salinas,
blanca marea de reflejos ondulantes,
cuando era otra, otra mi silente tristeza,
otra, la llama que abrasaba el  lento
transcurrir de las horas, en el sopor
de la aridez  santiagueña, y las vías,
quejumbrosas, que acompañaban
el murmullo en ciernes de la tarde,
presa de la ansiedad que a ti me unía.
Convertida en tu esclava, en el deseo
del sabor, que quebró mi voluntad,
voluntarioso el afán de poseerme,
robándome el suspiro del aire,
que mecía los segundos a la espera
del latigazo ardiente, que fundía
mi cuerpo en el miedo por perderte.
Perderme era, el fin primero,
hundirme en tu cama sin sosiego
y verme consumida de impaciencia,
en la búsqueda anhelosa del amante
que seducía mis entrañas, poseyendo
las fibras sumisas de mi instinto,
laberinto de sangre que fluía
desde mi boca hasta la orilla
del éxtasis, ibas corrompiendo
la suavidad de mi piel, entregada
al placer de tu dominio. Dulce,
amante de mis noches impacientes. Cruel,
compañero de mis horas solitarias.
Embriagados, caminamos en la niebla,
que el poniente marchitaba, en los senderos
de las vidas que viví inútilmente.
¡Déjame!. Descorre el velo de muerte
que me asola, y quiebra la línea vertical
de mi cuerpo,  ya viciado.
Libérame del deseo, amor amante,
¡ámame!, como nunca me has amado,
para dejar de ser quien soy, ¡déjame!.
Desteje las amarras que nos unen,
para ser sin ti, aquella que alguna vez,
en la inocencia primera, sin quebrantos,
logró mirar sin nieblas, los ocasos…






Vivir sin mi

Si pudiera lamer la lluvia
Que galopa sobre la ventana
Si pudiera mirar la espesura
De la noche
Con ojos que ya no ven
Si pudiera decir si; no; tal vez
Huir del vórtice de realidad
Que esculpe mi ser
Si pudiera levantarte
Duro metal que pesa en mis manos
Si pudiera traspasar el último peldaño
Si pudiera moldear “la angustia
Que arranca la vida”, Antonin
Si pudiera asirme de las manos
Que cortaron tu oreja, Vincent
Si pudiera dejar de doler
El dolor
Que lacera mi carne
Si pudiera amar o no amar
Sin importar el resultado
Si pudiera vaciar mis cuencas
En esta madrugada brutal
Sin lunas ni sentencias
Mientras la sangre fluye
Como un torrente hacia la nada
Si pudiera vivir sin mí.