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domingo, 27 de mayo de 2012

7048.- FERNANDO LORENZO



Fernando Lorenzo (Argentina), fue poeta, dramaturgo, novelista, profesor de Artes Plásticas, actor y director de teatro. Entre sus obras, se destacan, en poesía, “Tránsito”, “Segundo diluvio” y “Anverso y Reverso”; la novela “Arriba pasa el viento” y las obras de teatro “Concierto a fuego para la señora Decroly”, “Un lunes” y “Nahueiquintún”. Compuso, además, dos cantatas polifónicas junto a su hijo Ramiro Lorenzo: “Cantata Latinoamericana” e “Hijos del mar” y con su hijo grabó, asimismo, un disco de poemas y canciones llamado “Doble filo”.
Durante medio siglo, desde la aparición de "Tránsito", en 1948, hasta su muerte, ocurrida en 1997- Fernando Lorenzo consumó una obra poética notable. Austera en su número, pero pródiga en su calidad, así como profunda en sus claves temáticas. En ella, todo parece coincidir con el derrumbe, el último día de las cosas. La desesperanza, sin embargo, no abandona su estatura ética ni dejar de ser bella. Y la fina ironía, el lenguaje siempre cuidado y culto, suavizan, al fin, el duro dramatismo de los poemas.

SEGUNDO DILUVIO (1954)

El Agua

De arriba vino lluvia: persistía
la nieve aún en círculos gigantes sobre el liquen,
la estatuaria, el armo,
y se abría el carozo como un labio
a recoger la altura con el agua;
mientras como vestida para la muerte, la cala,
con su espita amarilla de beber la armonía,
salió a encontrar la fábula del mundo.

Oh, corazón, sal a mirar tanta dulzura,
tanta música tuya en el espacio:
las manos como peces, la espalda, el corazón,
brazos que juegan a nacer, que va a hablar,
y dice la rosa y gira, oh, corazón,
sal a mirar cómo gira hasta la perla pura inmóvil el
hombre
porque el pan ha crecido
y el costado del pan, junto a la lanza,
ha dado a la luz la espiga nuevamente.
La paloma y su eje con el pecho mojado.



SEGUNDO DILUVIO (1954)

El Fuego

Un día bajé al cuerpo como a un sepulcro vivo
y era la vida apenas una onda
y un domador cruel.
El amor existía
bajo esa forma rudimentaria de la piedra y su
sombra
Pero la llama estaba. Madura, a la intemperie,
inmutable, en su trono.

Ancha, benigna llama madre nuestra ciega,
rostro abierto a la noche y alarido
que no puede morir porque ni aún vive,
cabellera que pone la humanidad traslúcida:
se ve el bautismo adentro como un charco cubierto
por las hojas,
se ve el tigre de gruesas venas transparentes
bramando,
se le ve el hombre el hilo con que Dios lo maneja.

Alrededor de la cintura el fuego:
mi cintura y el fuego como un hambre.






El Quiquiriqui

Quien de ustedes le ha cortado la cabeza a un gallo
En pleno amanecer
Y ha visto
En pleno amanecer
El plumaje saltando a solas en la tierra,
Rebotando
Como un colchón de amor
Compasión y crueldad.

Más allá la cabeza
Sin frescura
Chorreando la sangre por su cuenta
Olvidando poco a poco los viejos amores
Perdiendo el canto en el silencio nocturno

En la tierra el plumaje
Lo hemos visto
En la tierra la cabeza
la hemos contemplado
En el aire el grito desgarrador capaz de detener un barco
que se hunde

El último canto
Quién de ustedes ha visto el último canto de un gallo
Decapitado por un rayo en pleno amanecer

El QUIQUIRIQUI sin cabeza ni cuerpo
Viajando de polo a polo
Mordiéndose la cola
Y todo el universo mirando
Todo el universo mirando
Todo el universo volviendo la cabeza

Por qué este corazón tuyo mío del otro
Se parece a la cabeza de un gallo decapitado
Se parece al cuerpo de un gallo decapitado
Se parece al grito de un gallo decapitado

Sospecho que el corazón enamorado no cabe en el universo
Ni en todas sus terrazas
Ni en las alas de todos los pájaros
Que vinieron y pasaron

Este corazón mío tuyo del otro
Que se hunde en el agua oscura
Eternamente.

(Revista "Aleph" nº 13, 2000)




En un Lujoso Cementerio

En un lujoso cementerio que se llama Brahms
y en la cara más azul de mi recuerdo intenso
te postrabas, indómita, como la leche honda
de los niños hambrientos, sobre cubierta,
en el mar, blanqueándolo todo.
Aparecías sin milagro, crecías a bordo igual
a las plantas olvidadas. Cohabitabas
con la última luz del día, el primer destello
manso de la mañana. Era como llorar
verte crecer en las colinas terribles
haciendo señales. El mar era la nada.
Un montón de olas muertas flotando y flotando.
La muerte huía.
Por vereda y vereda ronda hoy tu recuerdo.
Morí y morí. Sangré. Basta de dioses.
Echa la falda al fuego y amémonos despacio a través de
las venas azules de los héroes
que gastaron su tiempo sin quejarse. Anda.
Trepa el muro liviano. Hemos muerto como el tiempo
bajo la primavera de los otros.

(Revista "Reloj de Agua", 1976)






TRANSITO (1948)

Junio Esperaba Afuera

De pie en el centro de la angustia,
Asida fuertemente del alba,
Apoyándose en todas las madres de la tierra,
Mi madre,
Con su proa redonda vuelta al cielo
Vigilaba su límite,
Preparaba mil astros,
Y el viento sacudía su cabeza guerrera,
Le besé el corazón: era la hora. Adiós, madre.
Ella cerro mis ojos y mi voz por dentro,
Y avancé horizontal dando portazos.
Descendió su marea.
Encendimos un árbol.
Citamos duros bueyes que embistieron la llama.

NIÑEZ como milagro.
De nuevo el día, desnudando los árboles,
Se posa en la materia, recupera
Su volumen perdido y acontece lo verde.
Los bueyes se desvisten bajo un mapa de trigo
Y pacen infinitos de fósforo.
Canta su pueblo en nítidas bandadas,
Elevan sus gargantas los altares del humo.
Oh buey, oh geometría vertical de la tierra,
Anterior a la danza, absoluto,
Historia del motor y la brújula
Desde lejos yo miro tu tren sin ventanales:
Cuerpo de girasol y de granada.
Tus cuatro imanes pulsan el coral y el nitrato,
Plomada de color, caparazón de vino, buey arqueólogo.

Tu sueñas con el caldo fresco de las raíces.

Eres el arco, el meteoro terrestre.
Tu largo pensamiento de hueso embiste al mar.
Flecha nuestra. Dirección del hombre. Principio de
los días sin término.

Estoy de pie en el aire.
Dulcifico mis ojos.
Huelen aún mis manos a fogata.
De tanto vuelo por cantarte cantos
Me di en el cuerpo con el ala misma.
Niñez como milagro:
Ademán entre espejos,
Sangre a flor, cotidiana del naranjo.
Cántico de durazno y dedo herido.
Sé que me duele por la espalda un tiempo
Largo de estar mirando las estrellas.
Quién soy yo. Quién me envía
Qué hago tornar los pájaros.
Oh, que ojiva infinita me creció de las manos en el rezo,
Que el corazón aprendió una palabra sagrada.





SEGUNDO DILUVIO (1954)

La Sangre

Esta mujer conmigo y yo con el tiempo,
arpa cruzada por mis sed, tañida,
misericordia fuera de lo hundido,
lo más hundido de mi cuerpo: manos.

Esta mujer conmigo y yo en el tiempo.

Lluvia tan sólo mía en mi frente de todos,
lumbre encendida sobre una palmatoria de fuego.
Carne que arrebaté a la muerte una noche, otra noche.

Estos tres solitarios: su cuerpo, el mío, el alba,
en la alcoba reunidos pactaron el ángel
que vino a hacer la luz del todo sobre el mundo.

Rostro besado,
frentes sosteniéndose;
yo conservo una vida para ti, la perfecta.
Lo sé, lo sé: arcos ciegos habían de derrumbarse
cuando hacia la luz venía descalzo como un héroe,

prieto como el diamante, entre los resplandores de
un azul casi dios;
el enviado venía, el señalado de tu pecho,
el doloroso;
amor y amor un solo amor al rojo
de dos colores grises,
porque fuimos buscándonos tanto tiempo en la vida como
dos soplos grises con su garfio.

Dulce fue el corazón entre los labios
y la palabra amor como una llave
de crucero,
sílabas que ascendían, juramentos de pan,
y el lento acorde “siempre”. Fragores detenidos más allá de este círculo,
porque la primavera fue aquí dentro pequeña y dulce y
de un modo de amarnos hasta hacer florecer las
flores del papel de los muros.

Yo te recuerdo porque pasas tras el párpado en la noche,
húmeda yo te siento y cabizbaja porque el llanto te toca,
tu risa como un simple suceso de la nieve,
la rodilla dulce donde la sangre cae como una catarata.

Tenía las manos largas e inmóviles en el sueño,
y puestas en las mías excedían
como la demasiada belleza de la rosa excede el cáliz.
Y cada vez su rostro más claro, más claro,
y había que despertarlo porque temía se luz, queriendo
ser amor únicamente.

Albo su sueño, irredimible.
Sometido su pecho, claro, diáfano, santo.
Llama como en la lengua y labios muro.
Dormida y todo negro y luz contigo.
Temporadas de peces en los mares cubiertos por el mundo.
Concreciones rituales en el rostro que va a perderse al
cabo en la blancura.
Y eras el dolor como una sombra de niño sobre un muro
de espinas,
exactamente como lo perdido cuando toca las manos viajando
hacia el silencio,
y entre lamentaciones tu amor, lo que he perdido en la
rama más alta,
lanzaba hacia la torre del día un milagro sellado.

Yo era el lebrel velando aquel tan maleable,
tierno, tibio transcurso precursor de su garganta:
el suspiro,
el ay de su belleza cuando tocaba el sueño,
y el ruido de cerrarse.






SEGUNDO DILUVIO (1954)

Lamentación

Una sangre, un llanto, toda vez que infortunio.
Nombre que se repite cuando la lluvia,
bajo los edredones, en medio del navío del lecho,
a bordo de la sábana con ancla
donde no proyectamos ni una sombra
porque la luz consume sus criaturas
y desposamos una soledad
con un beso o anillo que ha enmohecido el llanto,
donde morimos repitiendo el día
como un escriba cuyo oficio es llorar.
Allí un plumaje hoy, otro mañana,
hasta llegar al siempre, deponemos,
el plumaje de la cofradía de los lóbregos,
humanidad calentada al sol, libada, henchida,
transferida s u barro,
restaurada mil veces por la criatura nueva:
ese cuerpo de flor, de la flor humana
donde el milagro brazo fue repetido,
y el milagro dedo más aún, muchas veces,
y el milagro latido dado con abundancia.
Sólo el dolor nos da una mano para tañer el pecho
hasta dormirle. Allí
toda medida:
los ríos desbocados paralelos al viento,
las yemas de las manos desbocadas también
hacia el cuerpo que amamos y perdimos,
el árbol demasiado alto ya para poder gemir,
el arquitrabe,
el beso pulverizado de la muerte en la boca, el tilo,
el astrolabio, la costumbre solar,
nos pertenece.

Triste es el pan, el día, la ronda de los sueños,
la hormiga que desteje lo que los astros hilan
y el viento estremeciendo la escritura en la piedra,
y este fémur es triste,
triste, Señor,
como si las palomas estuvieran herradas
y el polen,
agujereado por la lluvia es triste,
y el desfile celeste de la nieve en un lugar del sur
americano:
cruzada para todos los sepulcros,
corona blanca para todos los maxilares debajo de la
tierra,
y esta vida tan tregua,
tan solamente tregua de la muerte,
que cuando baja al cuerpo lo excede,
quedan contornos negros sin oficio:
delgada muerte que no alcanza a matar pero produce
llanto.
Entonces, esto que lloro aquí,
esto que mata sólo diez o quince latidos cada día,
¿fue para otro el declive esencial, la uva del destierro
entre los maxilares?
¿Una gota de Dios en la saliva?

Batallas no ganadas, armaduras
al pie de los sepulcros.
Estamos solos. Estamos solos
socorriendo los cuerpos, las heridas, el aire,
poniendo un pan en cada llaga abierta,
socorriendo la pólvora,
distribuyendo a cada uno dos muertes.

Nos envían alientos, besos cerrados las mujeres,
mensajes en papeles calientes,
martillos para romper la noche,
alcancías con flores,
flores gastadas que el féretro succiona por la noche.






GRUPO ALEPH, ANTOLOGÍA I (1997)

Los Ojos

Cómo se estorban las hormigas y los astros.
Ya no cabemos. Ni el amor de los perros
ni los dientes de un piano
tienen espacio puro para trotar y enloquecer subiendo por
el filo de una espada.
Sólo tus ojos claros pudriéndose en el tiempo han quedado
fuera.
No cabe ni una lágrima perdida,
ni una gota de lluvia reflejada,
ni la tiniebla:
apenas cabe aún
el recuerdo de tus ojos claros pudriéndose en el tiempo.
Hemos cerrado el mundo atroz y respiramos
el mismo tedio, los besos con espinas, esas flores nacidas
en el humo,
la pesada fragancia de los cuerpos dormidos
en un barro de estrellas caídas, fatigadas, sin cielo.
Nuestros nombres gastados yendo y viniendo
como una sola corola de tiniebla que hace eco en la nada.
Vengan a comprobar cómo hemos hecho de las cosas
un bloque sin perfume.
Ha cerrado la noche hasta el último párpado:
nos estorbamos, ciegos, trasladando papeles y cubriendo
la última ola viva:
hemos perdido el nombre, remamos, solamente.
Fuera quedó la vida,
sólo tus ojos claros pudriéndose en el tiempo,
remamos, solamente.
Amor que fue dulzura, ojos que fueron labios,
dientes que fueron agua, silencio que fue canto,
nada queda aquí dentro, nos hemos devorado todas las
primaveras
en un salto de tigre.
En la piel ya tenemos la marca.
Un ángel con escamas da gritos en la sombra, y no lo vemos.
Sólo vemos aquellos ojos claros pudriéndose en el tiempo,
aquellos ojos claros que nos amaron pudriéndose en el
tiempo.






GRUPO ALEPH, ANTOLOGÍA I (1997)

Manual de la Tierra Arrasada

Ya no quiero quedarme: ya he cantado
y he recorrido el sitio
y he comido
y he usado las palabras y he muerto
con un morir entre cosas esparcidas, oh país mío,
oh dolor que se abstiene
ya sólido
en su copa
como un río tallado.
¿Adónde vas, mi tierra, que yo pueda encontrarte?
Ya no quiero quedarme en un país urdido por arañas
que se hacen señas
de colina en colina
y derraman ceniza sobre el cuerpo gigante de los enamorados
vueltos como heliotropos a la lluvia felina.
Mi tierra, ahora flor acostada,
alguna vez fue un júbilo hacia arriba
junto a un abismo sin perros ni piedras familiares
donde ha caído al fin mendiga de la noche su lengua.
No te quedaban puertas. Te acosaron el vientre, te comieron
el nido de los hijos: la rosa vespertina que en su través,
sólo en tu honor crecida,
mostraba toda la primavera en un anillo.
¿Adónde vas, mi tierra, que yo pueda encontrarte?
Desde el confín donde el cóndor se desnuda como una ley del aire
se te mira, mi tierra, vieja y cansada,
con la cofia llena de jeroglíficos y números secretos.
Llueve leche sumisa que no cabe en el mundo,
leche y dátiles: alimento ofrecido para volverte a la vida
y colorir tus manos aferradas al remo
del amo.
Es el toque de queda -leche y dátiles- de familia en familia
cohabitando en las últimas pavesas.
¿Adónde vas, mi tierra, que yo pueda encontrarte?
Ya no quiero quedarme para esa melodía sin balcones al sol,
ese réquiem trotado por caballos con máscaras
donde tu cuerpo ahogado flotará eternamente
simulando la vida.





GRUPO ALEPH, ANTOLOGÍA II (2000)

El Día

Es azul o violeta el día que se levanta.
El corazón recomienza su pequeño estruendo.
En mi ciudad todos seguimos conociendo el
Ilusorio poema de la vida. Alguien deserta,
alguien se incorpora al coro
con gritos que estremecen la placenta
y los caireles de la lámpara.
Una mujer, un hombre, un árbol hacia arriba,
un nido seco, un perro, un sapo, un caballo,
la ola de dolor en la garganta, la fiebre
de los ríos, la pantera en su casa del zoológico,
el armamento verde de la primavera,
los átomos dispersos y la tristeza unida,
el caliente estertor de los rincones donde
jugaron niños que se fueron,
la gente en la vereda, el alcohol, la comida,
el brusco sueño, el demorado insomnio,
los dedos de la mano en procesión hacia lo
necesario,
el terciopelo cabalgado de la noche volando
con astucia de muerte.



La poesía de Fernando Lorenzo
POR PATRICIA RODóN:


Fernando Lorenzo, como casi todas las grandes voces de la poesía mendocina, apenas es autor de un puñado de libros, pero su figura dentro del quehacer literario en Mendoza es relevante por múltiples causas.
Curioso impenitente, sus afanes se repartieron entre la plástica, el teatro, la narrativa y la poesía de manera constante y desigual. Fue protagonista y promotor de la vida cultural de nuestra provincia durante más de 50 años, desde la publicación de su primer libro de poemas, Tránsito (1948), hasta el mismo día de su muerte en junio de 1997.
Lorenzo fue un exquisito profesor de arte -talento que volcó tanto en la producción de textos periodísticos sobre diversos pintores, grabadores y escultores mendocinos, en la crítica de arte a través de catálogos y conferencias, como en la docencia-. Lorenzo fue un dibujante y grabador impune y durante muchos años insistió en esa forma de expresión que le resultaba «terapéutica».
Lorenzo fue actor, asistente de dirección, director, traductor de teatro y finalmente autor dramático manifestando de todos los modos posibles su pasión por el escenario. Lorenzo se aventuró en la narrativa con una novela (Arriba pasa el viento, 1961) y los cuentos de Sucesos en la tierra (1968).
En una vuelta de tuerca de sus búsquedas expresivas, Lorenzo creó la S.E.A. en 1968 (Sala Experimental de Arte) y en 1981 el espacio cultural La Reja; se trataba de ámbitos donde las exposiciones, las conferencias y la lectura de poemas fueron protagonistas a pesar de su breve vida. Finalmente, fue un paciente oyente y promotor de los poetas jóvenes a lo largo de toda su vida.
A pesar de su importante actividad como creador, difusor e impulsor de varias generaciones de artistas mendocinos, su obra no ha sido hasta el momento estudiada a fondo. Su dramaturgia está siendo en este momento trabajada por Graciela González de Díaz Araujo en su Antología teatral de Fernando Lorenzo, con un prólogo comentado, y la profesora Hebe Molina ha indagado en la vertiente narrativa de Lorenzo en su ensayo La configuración del espacio simbólico en Arriba pasa el viento, próximo a publicarse en el número 7-8 de Piedra y Canto, la revista del Centro de Estudios de Literatura de Mendoza de Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo. Sin embargo, su obra lírica, quizá la voz más poderosa y original de Fernando Lorenzo, no ha sido atendida por la crítica.
Entre las causas probables de este silencio destacan varios factores: el singularísimo carácter de Lorenzo, cuya timidez aparente contrastaba con un manifiesto desprecio por lo académico; la multiplicidad de tareas en las que repartió su tiempo y sus pasiones estéticas; el escepticismo profundo del autor ante los medios y la crítica porteña; los modos «mendocinos» de distribución de su obra poética, es decir, ediciones de pocos ejemplares y poca o ninguna prensa que no fuera personal y restringida.
Como autor de los ´50, con un lenguaje que fue evolucionando del existencialismo al surrealismo para decantar en un estilo absolumente original, en sus tres libros de poemas editados así como en los inéditos y poemas sueltos, es posible advertir una tensión elegíaca que atraviesa los versos como un alma de acero. Este tránsito, junto a una tristeza metafísica raigal que lo asocia -pero no lo asimila- a poetas coetáneos como Víctor Hugo Cúneo, Hugo Acevedo, Alfonso Sola González, Carlos Levy o Julio González, hace que su obra poética tenga una intensidad y unidad sobresalientes.
La poesía de Fernando Lorenzo se alimenta primero de las más refinadas imágenes y metáforas provenientes de la estética ramponiana, para luego ir creciendo hacia una poética surrealista y existencial que recuerda a Enrique Molina y Olga Orozco.
Sus poemas no destacan tanto por el cuidado o la originalidad formales sino por la calidad de la imagen que pueda decirlo todo, de la metáfora que recree el mundo de la manera más bella. El mensaje debe resultar claro y hermoso al mismo tiempo y Lorenzo se sirve con seguridad del lenguaje recurriendo sin temor a las hipérboles, las rimas internas y las más diversas combinaciones estróficas.
Innovador, pero siempre desde la tradición clásica, Lorenzo no quiere ser puro. Quiere ser trascendente y trágico. Por eso el ritmo de sus poemas, el latido de sus palabras, están atravesados por cierto tono elegíaco, de letanía, que resuena aún cuando el poema haya terminado.
Intimamente unido a la música, el ritmo de sus poemas va hipnotizando al lector en una doble misión: lograr que el mensaje sea escuchado, o leído, desde un cierto lugar donde el oyente, o el lector, es «arrebatado» por un común ansia de trascendencia.





REVISTAS

Maternidad


He leído en un libro de hierro esta verdad: "todas las madres dan a luz, no por la nueve lunas que suceden al riesgo del esposo, sino porque
repiten una palabra que sólo ellas conocen". una palabra mágica. una
palabra que nunca jamás
darán a conocer a los hombres. el esposo decide a la esposa a decirla,
solamente. la empuja a pronunciarla, sin saberlo. y hay esposas solitarias,
no visitadas por el esposo nocturno, que conciben sin hombre:
son aquéllas que llevan en el vientre su niño
hasta la muerte sin darlo a la
tierra ni al viento
ni al desdén, sin conocerlo siquiera. y mueren con
el niño dentro; entonces, a veces, el pequeño abandona el seno, se abre paso
entre la tierra y sale a respirar: ¿no habéis visto, acaso, alguna
vez esa flor blanca junto a algunos sepulcros?
pero muchas más son las que prefieren conocer el rostro del engendrado.
y a la novena luna salen, en fila interminable, hacia el campo, y lo
dejan en medio del rocío. antes se echan y piensan y dicen
la palabra esotérica. esa palabra hace que
comiencen a danzar los pies del niño en el vientre, hasta que todo el
cuerpecillo nada y vuela, como un pez y un pájaro,
en el oxígeno y en la sangre.
algunas veces es necesario repetir la palabra porque el
niño se entretiene viendo saltar el corazón materno, sin poder retenerlo.
pero al fin cierra los ojos fuertemente y comienza a vivir entre nosotros
la esposa lo deja en el rocío.
la lluvia lo lava.
el sol lo calienta
la leche lo nutre
pero yo no puedo revelaros la palabra.

(Revista "Aleph" nº 8, 1992)