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viernes, 8 de agosto de 2014

EDUARDO PÉRSICO [10.837]



EDUARDO PÉRSICO 

Nació en Banfield, Argentina, y vive en Lanús. 

Publicó:

1978. Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la SADE) 
1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Novela. Ediciones Corregidor.
1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit. Rueda.
1986. El Olvido está en Libertad. Novela. Editorial Futuro. 
1989. De nuevo lejos de Uppsala. Novela. Bell Ediciones. 
1991. Un Mundo casi Feliz. Cuentos y Poemas. Ediciones. Trilce.
1993. Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. Beas Ediciones. (Premio Fondo Nacional de las Artes)
1995. Cuentos con Mujeres. Beas Ediciones.
1998. Madame Bovary era una Buena Chica. Novela. Beas Ediciones 
2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo. 
2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario. Proyecto Editorial, Ciudad Universitaria de la UBA. 

Participaciones en: Fútbol a Puro Cuento, Ediciones Faro Verde; Escritores argentinos según ellos mismos, compilado para la Universidad INCCA de Colombia, por Joseph Vélez, de Baylor University, USA; Cien sonetos Lunfardescos, Academia Porteña del Lunfardo; Los que conocieron a Borges nos cuentan, Editorial Tres Haches.




12 DE OCTUBRE DE 1492
                  
                ... entraron con sus cruces y sus lanzas,
                  y los de aquí sólo éramos personas.

     Y un imprevisto amanecer vinieron y llegaron,
jineteando en el lomo del mar estrepitoso.
Del mar, motín de sal y oquedad milenaria
inmemoriales hombres pisaron nuestra playa.

    Aquí vagaría el sol desflorando la sombra,
satinando la pampa que era una resonancia.
Interminable y sola extraviada en los mapas,
la pampa indoblegable de todas las centurias.

     De metales y arneses vinieron y llegaron
 y aquí sólo había silencio a dioses y verdades.
Nuestra verdad en silencio que repiten los tiempos
sin sermones confusos ni discurso inventado.

     La inmensidad, un delirio, ensueño y desmesura
quebrada  por navíos que llegaron de lejos...

      Y dicen, no se sabe todavía,
que por aquí no había eco de los galopes
de caballadas potras, crin al viento y relincho.
Ni siquiera el arrullo rasguido de una viola
conmovería la calma de los anocheceres.

  Llegaron esos hombres de metales y arneses
a tanto territorio de soledad muy sola.
   A esta incesante fragua de agobiadores soles
y enrojecida siesta demorando el paisaje.

     Vinieron y llegaron cuando cada montaña,
peldaño de misterio,
colgaba de los aires su racimo de aroma.
    Más los ríos libertarios disponían del reflejo
y el contracanto al canto de pedregal y orilla. 
    Sí. Aquí soltaría el viento su natural capricho
cargando los pulmones de albedrío pajarero.
Bailaba la hojarasca del repleto follaje
y tronaba a prodigio nuestra mágica lluvia.
   
    Esos hombres llegaron y en la playa, nosotros.
Nosotros en la playa del tiempo que les digo,
achicados de asombro por la grandiosa nave
y metálicos seres venidos desde el agua.

  Tanto temor callamos que ni apenas dijimos,
que tal vez allí mismo haya empezado el hambre.

    Y ocurrió ciertamente: de una choza a la otra
con palabras invictas hablamos del suceso,
contamos la noticia.
   
      Bien teníamos  palabras que unidas a las nuevas,
traídas en los barcos,
son memoria y enigma del saber quienes somos.







Fugaz como la tarde.

Las palabras se pierden.
Ni bien rozan el aire su formato se esfuma,
hoja que deshilacha del silencio al olvido.

Esta ciudad ajena a sus ojos tan claros
y su complejo idioma, 
una tarde nos hizo andar el mismo rumbo.

Buenos Aires crecida de cuartos transitorios
es pródiga en romances que hagan pasar el rato.

Algún brillo furtivo habremos visto juntos, 
denuedo compartido por mostrarnos el alma.
Y acaso aconteciera, cachorros renacidos. 

Al vestirnos y el juego de abrochar su corpiño
adherimos al beso piel abrazo y memoria. 
Todo cuanto teníamos. 

Minuto inolvidable, por decir de algún modo 
sin pesares de tango ni renglones que valgan. 

Esa piel vuelve a rachas junto a sus ojos claros. 
Y la voz siempre enigma ya confunde su nombre.

Julio 2009






Poesía demanda ilusionada.

Y la poesía también sirve 
para molestar al rey.


Rayo que nos lacera el corazón,
cigarrillo de lenta ceniza meditada, 
desvelo por la sombra que acecha 
en la ventana de la aurora, 
cada tanto, también, 
la poesía refulge tornasoles presuntuosos. 

Sí. Y alquimias para conmemorar, ‘señoras y señores,
‘que las mariposas son díscolas flores desertoras,
o un grácil surrealismo de angelitos pintores’.

¿Qué se dice de tanto palabraje 
que humilla nuestra urgencia, 
-desgarrada, raída, sueño hilachas de trapo-
y cruentos lagrimones del fracaso 
que nos clava las uñas, costillas bien adentro?

¿De qué van los versitos incoloros si cada 
dos segundos se muere un pibe de hambre en el planeta? 
¿Verso a hechura de un dios que ignora su tarea?

La poesía repite seguir creciendo al hombre. 
Poemas mano a mano sin soledad tan sola.
El unísono grito de remeros constantes, 
extenuados de capitanear este naufragio de
errátiles gorriones, entre vendavales y tormenta.






Intento de resistir... 

Que cerca están las malas letras de los tangos
de esa muchacha que al duro amanecer, cinco de la mañana, 
despereza la calle.

De algún auto le guiñan un requiebro
de gordinflón rubicundo,
con toda la cara de baboso…

Un merodeo de absurdo melodrama la quiere convocar, 
triste muchacha, 
envolverla en realidad pegajosa
de costurerita dando malos pasos
y según un ingenuo, sin necesidad. 

Como si no le resultara imprescindible
esa blusa tan linda, con el corte moderno.
Y esas sandalias, qué hermosas, 
de tan sólo tres tirillas doradas.
Qué bien le quedarían. 

Ser obrera de fábrica, madrugante del alba
Es decir muy ausente.
No entender bien las cosas.
Ignorar por lejanas cuestiones importantes:
Saraos. Vernisagges. Alta costura.
Veraneos en el mar. Galanes rubios.

Ni compartir siquiera esas mullidas camas
en suntuosos privados con alguien divertido.

Mágicos bienestares. Felicidad. Deslumbre.
Donde el brillo incestuoso contraviene 
nuestra verdad de adentro.

Mala letra de tango le manosea las nalgas
y la mañana es fría.

Es un metal deforme golpeando pantorrillas, 
Un gesto sin sonrisa que le cruza la cara,
le endurece los ojos,
al mirar la vidriera que es una celestina.







Viaje a las estrtellas.

Me permito molestarlo mi buen amigo José,
pues quiero invitarlo a usté a compartir la emoción
de ir a conocer Plutón en una nave de aquellas,
que atraviesa las estrellas, la atmósfera y el Japón.

Yo ya elegí ventanilla en sector de no fumar,
total, ¿qué puede pasar si en una horita llegamos?
Desde Córdoba zarpamos y ahí nomás, a disfrutar.

Por un asunto de anillos a Saturno hay que ir casados;
a Mercurio los pesados; a Venus van sólo minas.
¿Quiere bajarse en la esquina? Toca un timbre y lo dejamos.

A la Luna es sin escalas, en Marte amartizan todos.
no olvide su sobretodo porque puede refrescar, 
y si piensa caminar lleve zancos para el lodo.

En Neptuno hay buen rebusque para bañarse barato; 
si quiere pasar buen rato Júpiter nos queda al toque: 
¡ no sabe qué despelote, las de ahí todas son gato!

Si hay fin de semana largo viajaremos hasta Urano.
Es un sitio muy lejano, debemos hacernos cargo,
y hoy podemos visitarlo. Fleta un charter “El Riojano”.

Hay otra excursión más breve que pronto saldrá del Bajo,
desviando por atajos cruzará Constitución,
Vieytes, Moyano y el Borda: nos iremos al carajo...







El preciso momento. 

Debo decir, señora, que ya es tiempo de cambiarnos el trato.
De rozarnos un poco más al saludarnos, digamos, más de cerca, 
ausentes que sus hijos y los míos, 
esos algo más que indiferentes,
no aprecien ni sospechen que me aferro a 
su blusa al decir ‘hola’, 
y usted sonríe al callar que le ha gustado.

O que aguarda más que una caricia al paso, 
al desgaire, ternura pasajera de algún desconocido, 
sino un apriete más audaz y sustantivo que le brinde mi mano, 
un toque anunciación, 
no que le augure el reino de los cielos; ¿para qué tanto?
pero al menos le convoque tibieza debajo de su falda 
en mitad del salón, y sin testigos.

Porque usted y yo, señora, en este instante, 
defendemos la vida como pocos, al desprender 
botones tras la piel intocada de su torso anhelante, 
y sus caricias de camisa abierta al vello de mi pecho.

Sí, lo sabemos, somos grandes
si contamos los años y algún nieto,
pero los labios saben recorrer por donde 
y diestros son los dedos contra mi cinturón y su corpiño.

Y el clima a desnudez, tan implacable y sin aviso, 
ya nos tendió en la cama enteramente. 

Si al fin, esto es lo cierto, nuestras bocas y manos comprendieron 
que no existe el ‘demasiado tarde’
ni frases ya escuchadas de remontar pasados, 
ni secretos perpetuos para siempre y por nada. 

La verdad de la especie entró en nosotros, 
en todos los sentidos a pleno y sudorosos, 
a culminarnos juntos en el gemido mutuo
de este único cuerpo, que es el suyo y el mío

Y acaso sea el momento, mi amor, de empezar a tutearnos… 







Charly. 

A Charly, mi perro, a Fidel, mi gato; y
a otros tan queridos compadres

Perro al bombo que atorra sobre alfombra
y engrupe resguardar mi apartamento.
Que vive sin yugar y morfa en forma,
sin ladridos, ni pulgas ni espamento.

La va de superao el can rasposo
junando el techo desde su catrera.
¿Le dio vuelta el marote alguna cocker
o se hace el bocho de la vida fiera?

Anda mejor que yo, qué duda cabe;
él apoliya sin hacer gambeta,
guadaña el morfi sin doblar la esquina

y si apuran deschavo última clave:
es un fiolo de raza bacaneta
que te afana de amor, como una mina.







Café del barrio.

Feca de la estación, bulín al paso,
cuánto extraño tu tibia lejanía,
tu foto de Gardel y el escolaso
que hice en tu mesa con mis alegrías.

En conversa y billar se fueron yendo
horas del viejo bar, tiempo atorrante.
Sonaba el fono, llamaba alguna mina;
fierros del metejón, cuore flamante.

Memoro tu barullo y en la zurda
se me atropellan pálidas y brecas.
Boletos sin cobrar y tanto olvido.

Más al fin, en la extraña meresunda
de este casete grabao en mi cabeza,
sos cacho de mi sueño más querido.







Maestra de quinto.

Mina primera que abrojó mi anhelo,
¿tras cuántos grises quedaron encendidos
tus ojos, faroleando en mi desvelo
de mapas y deberes corregidos?

Te arrimo el randevú de mi parola,
un sencillo tanguito, cachusiento,
a vos, que me enchufaste en la zabiola
estos truchos palotes de mis versos.

Porque segunda madre y primer sueño,
dulce maestra de mi quinto grado,
siento aromas de tiza y pizarrón.

Y en este examen por sentirme dueño
de regresar a pibe, retardado,
hoy te bato mi caliente metejón.







Laberinto canchero.

"El que dice burgués pronuncia Borges",
tartamudeó el chicato, despacioso,
junando al cielo con cara de pirado,
careteando en fingir hacerse el oso.

Los giles daban huevos por ficharlo:
poderlo franelear, enchabonados
a escracharse con él. El cholulaje
la juega de arrastrón en cualquier lado...

Pero el Yoryi fue un seso de primera.
Un pensante entrenao de ponga y meta.
Un marote a bastón yirando el mundo.

Que a veces se zarpó, como cualquiera,
y nos dio embole con su manganeta
de viejo sobrador, turro y profundo







La Flaca. 

(In memorian, sin soneto ni sanata)

La jugaba de Freud y Tallaferro,
También de Marx y Catulín Castillo.
Tenía miga en el bocho la sofaifa
Chamuyando balurdos que dan brillo.

De mufas, yo que sé, una ponchada...
Sabía el antes, el después y el que sé cuánto.
/Reciclaba fangotes de mi abuela
pa' batir mi porqué del desencanto/

Si andaba shome, con orsai del cuore
y embroyao de recuerdo el cablerío,
se acodaba a mi estaño madrugada
a escabiarnos una lágrima de olvido.

Lástima el punto que traía de arrastre,
Un pinta casoriao, de verso y calma,
Que le hizo un curro chabón del amorío
y le rompió hasta el himen de su alma.

Era pinga la flaca, era muy pierna;
Casi fue dueña de mi lado izquierdo.
Ternura inolvidable de amueblada...

De no haber sido por su chamuyeta
Que cinchaba a Lenín con Pirandello,
No la habría tumbado la pesada.







Cantor de patio.

Se sabe que existió aquel guitarrero
Alentado a tintillo y madrugada,
y que era un gusto verlo al apilarse
montado en las seis cuerdas desgastadas.

El cantor que por ahi sigue cantando
Vestía su corbatín y un saco oscuro...

Remontaba canciones nostalgiosas,
Palabras amarillas del olvido,
Las índoles del viento en cada estrofa
y un contracanto bronca en el rasguido.

Destemplado cantor del barrio antiguo,
Adherido al valsecito de su patio.

Decía de andares con hembras y cuchillos,
y amaneceres lerdos y neblinas.
El cantor melancólico del patio

Tenía en la voz simpleza de glicinas.
Tal vez se quedó muerto en un rasguido
El guitarrero aquel, de patio y vino.







Al amanecer.

Cruza el "autito azul", inclaudicable,
Por la avenida, sola, va una mina.
Enganchado a un silbido arma su kiosco
El que vende los diarios en la esquina.

Un laburante aguanta en la parada
A un bondi demorao, que nunca llega.
Vienen dos pibes compartiendo un fumo,
Reventados de birra y tanta yerba.

Y de coraje trucho, los pendejos
Nafan el casetín, de atropellada
a un checo estacionao lejos del foco.
Y siguen su rolar, como si nada.

Al toque curran a la pobre mina:
Sevillana, cartera y disparada
Cuando el autito azul, ¡qué mala leche!
Lentamente volvía de recalada.

El mayor fue boleta de movida:
Chumbazo y a cobrar, sin balotage.
Y aunque el más chiquilín siguió de vuelo,
Los canas lo dejaron que se raje.

Un chorito finucho en la cuneta.
Baja un taquero del auto patrullero.
Viene el coleta que tardaba tanto.
Truena en la radio un tango de Rivero.







Aquel vecino.

El hombre se escribía su versito
Iluso que una vez alguien dijera:
"sí, es el que yo les digo, uno bajito
que vive aquí nomás, a dos veredas".

Nadie lo veía andar, sombra en la niebla,
Perdiendo sin cesar sitio en la fila.
O soledoso algún domingo al parque
a saber quién fue el tipo de la estatua.

Todo cuánto buscó lo halló deshecho,
Sin gloria ni manera de un regreso.
La vida hizo la suya sin mirarlo,
Ni un cacho de atención. Menos que eso.

La muerte lo emparvó sin darle aviso.
Una siesta, cansao, siguió de largo.
El hijo no llegó, estaba en viaje.
La esposa lloriqueó, más que llorarlo.

"De puro cabezón no vivió mucho",
la mujer ya ni apenas lo corneaba.
El mundo sigue igual. Murió el vecino
Que soñaba versitos. Casi nada.







Politeama.

A este Buenos Aires lo inventamos cien locos,
cien tipos aburridos cerquita del suicidio.
Y esta tarde me puse a mirarle la entraña
/boliche de mi barrio, cómo se habrán reído/

Los sábados se instalan sobre mi lado óseo,
ese costado duro donde adormece el canto.
Y este sábado agosto llueve todas las lluvias
y yo esperando a nadie. Lo hago de tanto en tanto.

Tuñón pasó un rato. Me regaló angelitos.
Erdosain se fue lento chapoteando su angustia.
Un protestón barbudo me propone revueltas
y gardeles de trapo cantando letras mustias.

Un diariero aguachento bancando pulmonías.
Taxi, va una pareja y amueblada furtiva.
Cruza un fiolo empolvado que olvidó el almanaque:
rebusque vespertino de yiranta aburrida.

/Qué sábado a la tarde de lluvia y compañía/
Ni está el loco de siempre explicando razones
y este costado duro donde recuesto el canto,
hoy lo mastica el solfa de antiguas frustraciones.

Me lo comen las minas que habitaron mi sábana
y amasados acordes de insomnio guitarrero.
Esta astucia constante de estafarme yo mismo
y mi triste zoncera de creerme mosquetero.

Politeama, boliche, te inventaré otro sábado
con pibes que nos suban remando la alegría,
y que canten gritando su manera futura
aunque la tarde escurra pañales de agonía.

Que entren sin importarle lo que dijimos antes,
y si importa, que apenas nos digan buenas tardes.
Que esta mufa no siga llorando letanías,
Y se muera el cafiolo y el diarero se salve.

Yo te juro, me borro de escribirte palabras
aunque aquella no vuelva cuando llegue ese día.
Ni le diré al mozaico que manotea la guita
/un feca cuatro mangos... qué cara está la vida/







Ay patria mía.

Ay patria mía, si pudiera abandonarte
desoyendo las voces de mi padre,
y cruzar las veredas opuestas a tu calle
de volvedor perfume a yuyales de infancia.

Y andar a trascartón de mi manera,
encegueciendo, apagando
la mirada luciérnaga del recuerdo.
De ese saber quién soy.

Ay, inflexión de mi voz,
silencios de comprender la tarde
resoplando mi sobrecarga nostalgiosa,
en un silbido que llega despacito
para asaltarme a punta de milonga.

Ay patria mía
desollada por todos un poquito, 
si lograra soltarme
de tu caliente mano memoriosa.

Sin llorar el dolor que nos viene acorralando
a pura dentellada. Salvaje. Ensangrentada,
por los cuatro costados de tu mapa y nosotros.

Ay patria mía,
vos me diste este tono quejumbroso 
y sin él, yo no sería nada.
En verdad, ni apenas nada.







Tu nombre pan del olvido

Muchacha de una antigua ansiedad, 
hoy tan sólo y apenas imagino tu nombre. 
Entonces nuestras manos fueron niños perdidos 
compartiendo piel ignota de límites esquivos. 

Y los cuerpos flamantes fueron mutuo naufragio 
de besos y te quiero ciegos en vendavales. 
Ingenuos buscadores de apagar nuestro miedo, 
y eternizarnos en otros muslos cálidos. 

Quedaron voces mudas de aquel dictar de sangre,
Y aquel perseguir en transitorios labios 
otra infructuosa manera del amor. 

Todo fue pan de olvido.
Tu nombre innumerable se borroneó
en retazos de eternidad soñada.

Y hoy, aunque a ratos recuerde,
no sé cuánto te quise.







Ceuta.

¿Aquí vendrían los moros a ver el mar gigante 
y tal vez antes de ello todo sería silencio?

Llegarían remolinos del desierto infinito
y las alas del pájaro serían infatigables
al cruzar la distancia desolada y desnuda.

Dormiría en la arboleda un delirio de verdes
en errátiles días de horarios intangibles.
Ni alguien recogería el fraseo de la lluvia 
para intentar la primera versión de una palabra.

Tal vez, del monte Hacho se desprendiera Dios
en algún mediodía de soles desbocados.
Y acaso mostraría azorados sus ojos
cual gaviota extraviada en su propia tormenta.







Verano.

Llegabas cuando se alejaba la tarde
entre fusilaciones de faroles y sombra.
La calle estaba al sur, 
amarilleado sur de letanía.

Todo era azul, rebelde, milagrero, 
magia de pájaros templando las guitarras.
El grito era inmediato y el pan fácil.
La sangre tumultuosa y veinte años...

Tu paso era liviano y tu vestido blanco, 
y tu piel era un cobre temperado de enero.
Si mis manos crecían para robarte toda
era sólo por eso, para robarte toda

Yo te amaba y me amabas,
Y entre verdes paredes de soledad apurada 
bebimos aquel vaso de vino deleitoso.
Mi amor, ¡cuánto te amaba!

Desde el beso inicial te quise entera, 
enigma inolvidable de ternura, 
Y aún recuerdan mis manos, cada tanto, 
tu piel delicia caoba del verano.

Las bocas exploraban el recóndito goce
y los cuerpos fugaron al culminarnos juntos. 
Momento sin historia, ni después ni pasado
que nunca se repite. No se repite nunca.

Y luego apenas, un cigarrillo lento. 
Iluminando a tu vestido blanco, 
allí, sobre una silla. 








Cerro San Bernardo.

Yo tan sólo sabía caminar ciudades impiadosas, 
y cargar una melancólica astucia para sobrevivir.
Reptando raudamente por bancos, bares, ministerios. 

Con premura olvidando las sonrisas al paso. 
las miradas sin miga en vigorosas calles 
de enmudecidos pájaros. 

De pronto descubrimos allá abajo a la tarde
Calzando sus oscuras botas de crepúsculo, 
y lejano intuimos un camino de norte polvoriento. 

Nos besamos apenas, sin apuro, 
Bebiendo cada uno su futura nostalgia
Y bajamos del cerro. Tal vez ni me recuerdes. 







Primavera.

Buenos Aires tal vez sea el sueño de algún mago; esta ciudad inevitable y mía que al guiñarle un cachito de sonrisa, dispone repintar la primavera. 

El setiembre fecundo de luz y veintiuno 
es un vaso repleto de vino gusto a ganas.
Lucen dos colegialas su pelo a contraviento,
Y el color de tus ojos, y tu blusa floreada.

Un motín de sonrisas ha sublevado el aire.
Y en este mediodía de soles derramados
vaga un Dios, de festejo entre nosotros.








Lejana.

Mi soledad hoy se atreve al color de tus ojos, 
persiguiendo el olvido de un mojado paisaje
donde tal vez jugaran tus manos en el agua
y abordaran mis labios la piel de tu cintura. 

La tarde sería joven, cesaron las promesas, 
ropas sobre la arena y un murmullo de sauces.
Nuestro ardido deseo gobernaría el instante, 
alientos contenidos y una fuga de pájaros. 

Pudor desbarrancado fue el amor junto al río, 
tu voz se haría de espuma al abrochar tu falda. 
Yo habré dicho palabras sin ecos y la tarde
guardó esa lejanía, tomados de la mano.






¡Cuánto te quiero mi ciudad!

Vuelto de andar las brumas de la soledad. 
Senderos neblinosos de ciudades lejanas
tan parecidas
repetidas, 
siempre tan ajenas.

Territorios extraños a mi respiración.
A esta cadencia tuya que me diste
para adornar el modo de contarnos las cosas.

Y hoy, 
volviendo de lugares ajenos de la tierra, 
Presurosos, dinámicos, progresistas.
De ciudades pujantes,según se dice siempre.
Más allá de los mares, como también se dice,
Vuelvo a confiarte muy quedo, despacito, 
casi como un chamuyo silabeado en la oreja de una hembra deseada:
¡Jamás te engañaría mi ciudad; tanto te quiero!

Porque yo soy de aquí, me parió algún silbido. 
Mi calle era esa calle vértice de una estrella; 
la esquina sensiblera y el almacén del barrio.

Y aquel gato barcino, 
sigiloso donjuán equilibrista de la pared de enfrente,
contraluz de la luna sobre su lomo pardo. 

En mi origen hay gente sánguche bajo el brazo, 
madrugadora especie permanente en la historia.
Un caserón misterio del que nadie sabía
y un cantor sin escuela cantando valsecitos.

Mis ojos te miraban con un ramo de lunas,
y canciones verseadas a tu oído en las sombras.
De repente un taimado cuchillo en la esperanza. 
Un adiós y otro olvido, como a esa novia rubia.

Por detrás de mi vuelta queda una bronca oculta
Y un remiendo de alas cosidas a mi sueño.

He vuelto mi ciudad y sos la misma:
Acrílico, metal y supermarket
Moto, casco y bluyín con una piba adentro
Son tu vestido nuevo, que te luce tan lindo.

Nunca podré olvidarte, mi ciudad. 
Volvamos a ser novios.








La calle olvidada. 

El tiempo transcurrido es una sombra astuta, 
Es una desmemoria de sumergidas lluvias.
Una intuición apenas de ronda planetaria, 
cegadora de rostros, borradora de nombres.

Quiero andar una noche fatigada de trenes,
buscando hallar un solo recuerdo que recuerde.
Buceando tras la calle, una palabra, un signo,
horadando el lejano mineral de unos ojos
que quizá me miraron en el aire de octubre.

Retomar el perfume de un viernes a la noche,
y los besos calientes galopando los labios.
El clave de los gallos del alba, tempraneros,
saludando el insomnio cavado por la ojera.

Debe estar en un hueco mi tiempo adolescente, 
con la risa bandera y el afán pajarero.
El sitiador constante de la pregunta dura
y aquel duende de magia plegado en mi camisa.

Sufro encontrar la calle que tendría una ventana,
con el misterio invicto de aquella mujer pálida
que miraba la tarde con sus ojos de agua.

Calle con arboladura de techos color nada
Y ausencias sumadoras de llantos y nostalgia.







De esperanza.

A veces, la poesía es un rayo que nos lacera el corazón.
Vigilia lenta a lento cigarrillo, 
de aguaitar anunciaciones postergadas.
O es pesadumbre de sombra desplomada
sobre las selladas compuertas del alba.
Cada tanto, también, la poesía arde tornasoles de albedrío,
y deviene en esgrima presuntuosa de conmemorar,
señoras y señores,
que "las mariposas son díscolas flores desertoras"
o "gracioso surrealismo de angelitos pintores".

¿Qué decir de tanta poesía 
que no descifra claves del ocaso de un sueño, 
desgarrado, raído, sueño hilachas de trapo, 
ni el lagrimear silencio por el cruento desangre
que nos clava las uñas costillas bien adentro?
¿Cómo entonces traficar con versitos incoloros
ante nuestro temor y amados muertos?

Aunque a poesía creceremos al hombre, 
poemas mano a mano sin soledad tan sola.
Flamante algarabía de inflexión solidaria, 
verbo a hechura de Dios, de remadores juntos
que separadamente capitaneamos un naufragio
de gorriones, entre vendavales y tormenta.



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