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sábado, 17 de noviembre de 2012

FRANCISCO TABOADA [8571]




Francisco Taboada nació en Bilbao en 1957 y reside en Cantabria desde hace quince años. Licenciado en Pedagogía, su primer libro de poemas, Garbanzos, apareció en 1979. Ha sido profesor de Didáctica del Pensamiento en la Universidad del País Vasco. Escribió relatos cortos y series de ficción para El Correo (1985-1992). Colaboró en La realidad de Cantabria, y tiene publicada una novela en la página web Vertedero Sonoro, Memorias de Yoser Pez. Desde 2009 escribe los Cuentos del río Miera en la revista Cantárida, de la Casa de Cultura de Cabezón de la Sal. Se dedica profesionalmente a la rehabilitación de casas antiguas. Su último poemario se titula Palabras dactilares y ha sido publicado por Cantárida.







de “Palabras dactilares”





ALGUNAS VECES casi me siento,
como si al decirme estuviera aquí
y fueran éstas mis palabras dactilares,
inquietas y anhelantes,
al acecho,
dibujando sus líneas retorcidas
para caer de garras sobre lo real,
destrozar el tiempo cuando todavía es carne,
y otorgarme consuelo breve,
parca compañía,
terca conversación,
tal vez una herida nueva,
una duda sangrante,
y si tengo suerte una pregunta.





DE DÓNDE viene el frío
por qué no se incendian estas palabras
y me calientan, ahora mismo,
con lo avanzado que está el invierno.






OTRO día más
en la abrupta terquedad de estos ojos
enrojecidos,
ante un paisaje que cambia
para idéntico, reconocible,
siempre reconocible. Agónico.
La mirada busca con desesperación
una brizna de hierba nueva,
algo que haya crecido
al amparo de la noche
mientras mi cuerpo descansaba
noqueado.
La falta completa de importancia,
lo irrelevante de las transformaciones,
la persistencia que tienen las cosas
para no transgredirse
y conservar su ofensiva materialidad…
Sólo el dolor, la herida abierta,
la enfermedad y el desgarro de la cura,
mantienen la esperanza
de regresar
a la normalidad del grito.






AQUELLOS pasos malogrados,
intenciones, sueños y proyectos,
tantas piernas rotas como saltos,
obstinado palpar el aire
que sopla de lo remoto,
lo imaginado.







NO QUIERO saber de qué hablo,
jugar con ventaja, anticiparme,
ejercer sobre la mirada
la malevolencia de lo tardío,
resabiado y prepotente.

Me muevo certero por este pantano
henchido de convencimiento,
cada paso depende
de la firmeza adjudicada,
el suelo imaginado, dado por cierto,
la tierra sumergida que espera por mi
pie, lo refrena, y lo hace triunfar
sobre la posibilidad
de un naufragio,

un naufragio, por otra parte,
al final inevitable.







JUNTO a mi cadáver irán mis amigos,
tambaleando,
delgados ellos, gordo yo en la caja,
la tripa llena,
la cena eterna,
el corazón detenido en grasa,
el partagás a medio fumar:
¡que me entierren con el puro!
dirán que dije,
y vaciarán sus petacas sobre mí.
                       
De regreso el sol
lo habrá quemado todo,
el instante quieto,
las piedras sofocadas,
los árboles esperando viento,
ningún testigo a quien preguntar nada,
el pensamiento,
al fin,
descansa.
           
Estoy muerto, vaso vacío,
todos los bares están chapados,
me rindo contra la pared, vomito estrellas,
intento completar una definición,
identificarme:
Yo soy.
Pero ya no hay eco.






CONTRA la espera me debato
haciendo formulaciones,
regateos,                   
dando vueltas alrededor de mí mismo
buscándome un rabo de lagartija.
                       
No hay nada detrás,
nunca hay nada,
y delante la sospecha
de estar dándole la espalda
a algo, pero a qué.
                       
La luz que engaña y es cierta,
los pájaros que cruzan indiferentes,
los gusanos, la tierra
indiferente, todo
sucediendo en la mirada.
                       
Las certezas atragantan
pero hay hambre,
algo hay que darle de comer
a este pensamiento desnutrido y terco.


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