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lunes, 8 de septiembre de 2014

AMÍLCAR MARTÍN PÉREZ [11.076]



Amílcar Martín Pérez

(Santa Cruz de Tenerife, 1977)
Realizó estudios de Física y en la actualidad cursa Filosofía en la Universidad de La Laguna. Está interesado en la poesía castellana del siglo XVII y en la elocuencia latina de la época de Plata, y es lector de los clásicos a la par que curioso de los prolegómenos de la Ciencia. Ha publicado Misangelio (Ediciones Idea, 2007), que contiene los textos “Misangelio” y “Memoria de Quevedo”; y Campanella y Bruno: el infinito impar (Ediciones Idea, 2009).







NOSÉ de Julio de DOSMILNOQUISIERA

Y haré como toda alegría:
me acostaré multitud de inocencia mineral,
y bajaré hasta mi estirón inmortal
que ya hace tiempo se ha apagado.
Crecerá en mi Física mucho mundo:
volará de un salto el charco central del alma,
apajarado por muy poca estrella,
izado hasta mi calcio inferior.
Saldré hacia adentro,
con un giro pedernal de sueño hinchado,
por la puerta de tierra del sentido.
¡La muerte dormida soñó la Nada!
Minuto a dientes arranca días teóricos y prácticos;
me vestiré las 31 pieles rotas del mes.
Una rosa demente me leerá las Escrituras,
y un perrazo injertado incubará mi organismo.
Encanecido por salitre de crímenes sin número,
roeré sin dios los umbrales del vacío
y resolveré la conducta química del Centro:
Silla sin cantidad donde miente tanto Rey.
El cielo se evaporará borracho
del etílico que echa mi viaje a la semilla:
beberá veneno El Sol de mi resto,
y hallarás, por fin, tú, que te atreves
a obligar al alma a atravesar toda la Tarde del Verbo,
que los muchos sólo son
las muchas muertes de todo.







Vestidla de muerte

Aunque sea sólo ropaje vano
vestid a España de muerte;
id a despedirla con vuestro mayor rostro.
Perseguid sus despojos hasta las uñas
donde es barro el que fue dios.
Aunque sea una liturgia vana
empapaos de planetésimos posibles,
minas de carbón de la distancia.
Seguid a los tiranos terrestres,
que saben entrar en el silencio del silencio.
Seguid a la tierra viva, que en las alas
de cuervo que rodean su esfera,
atraviesa una hora. Ahogaos en las fuentes,
colgad en racimos todos los bosques,
que la muerte las toma dos a dos,
mientras los átomos callan.
Bendecíos el rostro antes de la herida:
no entréis en sus puertas de Iglesia presente
sin algo sagrado en el gesto: Medid vuestra altura
de oración, la magnitud de rodillas: los clavos
pariendo tanto número que el dolor casi se acaba.
No tengáis miedo: la muerte está agachada en los cielos,
levantada en las grietas:
Id a buscarla con certeza de mañana,
que la búsqueda la deja sin aliento,
que la huida la arrima más hacia adentro:
esa punta donde se apoya el mineral en el sueño

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