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martes, 10 de abril de 2012

6607.- SÒNIA HERNÁNDEZ




Sònia Hernández nació en Terrassa en 1976. Ejerce la crítica literaria en el Cultura/s de La Vanguardia y ha colaborado en múltiples revistas de España y América (Quimera, Revista de Libros, Qué leer, Crítica, etc.) y coordina, a su vez, Quaderns de Vallençana, publicación de la Fundación Juan Ramón Masoliver. Ha cultivado la poesía -La casa del mar (Emboscall, 2006) y Los nombres del tiempo (DVD ediciones, 2010)- y el cuento -Los enfermos erróneos (La otra orilla, 2008)-. Recientemente ha sido seleccionada por la revista Granta en su lista de los mejores escritores en lengua española menores de 35 años. La mujer de Rapallo es su primera novela.





Podríamos habernos encontrado
en mitad de cualquier abismo,
perdidos en mitad de un pasillo
en una casa sin muros
o en una historia sin recuerdos.
Entonces podríamos haber jugado
a construir relatos que no pesan,
a inventar cuerpos inmutables
que se viven en el deseo
y se mantienen lejos del aire
que corrompe a los otros dioses
porque son de piedra y se erosionan
con el agua que da vida
a los nuestros.
Pero tú me buscas en los miembros
perdidos en otros sueños como éste,
condenado a acudir al recuerdo
de lo que ya no se siente
pero sigue latiendo como las estrellas
que viven en la sombra de los destellos
de su muerte,
mientras yo sigo en la contienda
del desierto de los fantasmas,
en el paraíso de los expulsados del infierno
derribando las paredes de mi casa.
¿Cómo vamos a seguir
a partir de ahora,
desde este punto que nos une
y nos condena a no ser
más que otros de tantos,
neblinas entre las brumas
en las que se deshacen
los cuerpos, los sueños
y los males?








Un simple e inocente intercambio
regía las normas del juego
en que he ido acumulando, también,
derrotas y pérdidas aprendiendo
los atributos del único final posible
sin ganancias ni victorias.


El trueque de un significado
por otro, las imágenes y la vida contenidas
en un sol en la tarde
del verano de la infancia
por el sosiego de la lección aprendida
entre las hojas en el suelo del otoño.


Entrego una escena del recuerdo
porque otra me viene dada,
día a día, constantemente.
La primera palabra robada:
la fórmula mágica
que convertía el misterio del principio
en eternas posibilidades.
Después se pierde la promesa
del primer nombre
al tornarse en la sabiduría
de todos los que vinieron después.


Una palabra en cada pérdida
hasta la ausencia de las frases
y el vacío del mundo
antes por ellas dibujado.
La oscuridad, el silencio,


final del juego, la derrota.









TRES POEMAS DE LOS NOMBRES DEL TIEMPO






Antes de que yo naciera
ya había muerto.
Olvidé las palabras
y la música del jardín
donde los niños me asustaban
jugando a la vida.
¿Qué canciones
vas a enseñarme
ahora
que de nuevo me visto
las ropas
que habíamos abandonado
los dos
yaciendo
junto al lecho
donde me lloran
mis muertos?










A partir de aquí ya no hay nada más
porque es el lugar donde has estado
siempre.
Todas las calles se diluyen
como las sombras
en medio del desierto
de los espejos que inventan
una cadena infinita de mentiras.
Doble esfinge simétrica
de sí misma,
bifronte como Jano,
tropieza con el mismo paisaje
antes y después,
pañales y ceniza.
La frontera en tus pies
aquí y allá
sin la posibilidad
jamás de estar dentro.










En el valle donde se solazan
las mujeres ausentes
las quimeras del sol
en las copas celestiales
de los árboles
las protegen del recuerdo
y el olvido.
Como sirenas o huríes
juegan con los espejismos
de la luz entre el ramaje.
Tras las sombras cimbreantes
refulgen en el mar otras sombras.
Quedan en la orilla las palabras
y las mujeres ausentes
sueñan el sol y el cuerpo.