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jueves, 19 de abril de 2012

6690.- ÉLIDA MANSELLI


Élida Manselli, nació en Buenos Aires, República Argentina, en 1941.
Ha desarrollado actividades en las Artes Plásticas y publicado los siguientes libros de poesía: “La guerra en la flor del aire” (Interlínea, Buenos Aires, 1973), “Gracia-Torcaza” (Ediciones Botella al Mar, Buenos Aires, 1978) “Manantiales que reinan” (Nuevohacer-Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2005).
Ha recibido el Primer Premio Municipal a Obra Inédita, por su libro de poemas “Gracia-Torcaza”, Ciudad de Buenos Aires, 1974.
Se han realizado traducciones de sus poemas en varios idiomas, ha participado en numerosos congresos, jornadas, recitales y revistas literarias nacionales y del extranjero.





Hablo de un paraje reducido a dos puntos de inmensidad.
Silencio:
nada puede alcanzar las trenzas del diablo en la casuarina.
Día y noche están el follaje o la niñez abiertos sobre una blanca mano por la estrella del bien.
Día y noche y sol de espesura en una tierra alargada hacia el sur por verse mágica.
Es el tiempo de los sonidos inferiores.
Entonces hablo de un grito de virginidad sobre los ojos al gusto de los pájaros y de un rostro para no retroceder que no se parece a ningún reflejo.



7.

Me detuve con la mirada y conté cada hierba del nido.
Donde pasaba el reloj todos los días y la caricia voladora dejaba
nuevas clemencias de luz en lo profundo del silencio.
Salí del nido con el embrión vegetal sobre la frente.

Volé busqué cuatro caminos, porque estaba la razón fijada
sobre mi plumaje antiguo, que sabía del sufrimiento del árbol,
del animal, del crecimiento plata pura de las palabras nuevas.

Volé construí mejor los ojos, compartí como pude las nacientes
del espíritu, las sensaciones de noche y de tormenta, la ciencia
en el amanecer.
No fue la razón sino la dalia del espacio, la que hizo de todos
los paisajes mi nido.
En la rara pendiente...





NIÑO DE FINO JADE

Si hubiera llegado a rendir mi corazón,
si aquella luminosidad de otro cielo
pequeño al nuestro,
deslumbrante en su pequeñez azul,
me rozara con el fulgor del destino,
todo por una fracción de arroyo
que remansa junto a la arista pegada
en la conciencia,
en el magnífico reino de los días.

Teníamos las voces de ocultas vidas
y un firme coraje que respiraba,
como condición para el niño de fino jade,
transparencias en su transparencia clave
y un temblor atracción del trigo de los niños,
en el candor de sus mejillas abiertas.
Niño que apenas se levantaba
y ya contaba las horas de lo incierto
en la belleza de los días.




VESTIDO DE VUELO

Allá será verano ágil sombrero de rayos,
será un viaje de incienso verde trenzado de profundidad.

Feliz con el tesoro de pan tibio, devorado por las mañanas
al filo de alguna tristeza,
te vestirás para siempre de Universo con el amor de labios,
feliz de saber, de comprender que has andado mejor los sueños
en ancas de un milagro de azul noche.

Alguien como tú ahuyenta el cielo
con puertas que se abren solas,
y violencias de sol sobre los ojos.
Alguien se viste de vuelo en su sangre
y tú ya no sonríes.

Aquí en las grandes ramas del silencio, sin fondo,
sin orillas, la tragedia apenas me ha vencido.

a Francisco Madariaga






Élida Manselli y Francisco Madariaga


Contratapa de "Manantiales que reinan"

"Llegué al Alazán como a un transmisor de historias, memorias suspendidas en un paraje exultante de luz, detenido y desmedido. Él fue y es mi voz, el alma viva de las materias, las ánimas errantes y la claridad de mi conocimiento.
Los parajes, las lagunas, los esteros y los pobladores, los nombres de los caballos son reales, todo sucedió en la Mesopotamia Argentina, en el norte de la Provincia de Corrientes, en un rincón aislado, donde ahora el Alazán vela entre manantiales a la tropilla que se envuelve con su magia."

I
(de "Gracia-Torcaza", 1978)

Entre y cierre la puerta que detrás vienen los presagios.
Aquí no encontrará más que tristeza y pequeñas fatigas
azules buscándose como torres a larga distancia.
Entre y ubíquese en diagonal a las pesadillas, que para
estar tranquilo basta hacer el pan diariamente sin pausa
y retribuirlo para no quedarse solo.
Voy a encender el espectro del bosque.
Necesito una mirada que pueda más que el agua, que el
dominio del tiempo sobre la inteligencia, que ese fuerte
dolor a aguacero en lo sentidos.
Siéntese tal cual ha nacido, Con pocas palabras, que hoy
descubrí un capullo con diez años de antigüedad y conocerá
usted la belleza que nunca ha entrado por los ojos.
¿Siente el roce del planeta?

Pronto desplegará el cielo la fila de perdices, esos privilegios
de invierno en los campos.
Esta soledad que prepara el ángel.





ESTALLA
(de "Manantiales que reinan", 2005)

Golpea Dios
para saciar, rodear
fundir los brotes de luz
y enceguecerme,
descubro la profunda carne que puebla mis días,
cuando el presente es un don,
gloria brillante,
campanillas en las voces del aire,
que estalla, estalla rama fértil del invierno
en esta caducidad de todo.
Bebo cuando me alumbras
deslumbramiento secreto
como al ángel imposible que bebe su reino,
de espacios que se secan, que florecen
aún caídos, dolientes y no se doblegan.
Hemos rodado con las cabalgaduras
cuando se estrellaba un siglo en las últimas aguas.

¿ Quién llegará a relevarnos
desde el fondo de una quimera
que un ramo de Dioses desentierra?





CANTO PRIMERO

Caballo alazán
canto asirio en las ventanas del mundo.
Yo tengo solamente ríos en tu frente, que van del lago relieve a
la cintura de mi razón.
Cuando salían las embarcaciones, los puertos te dejaban su paz
y allí olías el terror desnudo del océano y allí dios te arrancaba
de tu sueño ligero.

Pasaron vientos diversos por tu espacio entre tanto sueño virgen.
Llegaste…
si lograbas recordar.
El hombre salía de su armadura y en las velas del viento dejaba
pasar su puerta.
Un paso en la greda, donde infinitos destinos se cruzaban, como
el ave de barro.
¡Que nube pesada calló sobre mí!
Tomé el color de los carros que había visto en mi infancia,
Flechas Babilonia.
¿Qué nube, cuando recobré la atmósfera surgió de las
sombras?
Desembarqué…
si lograba recordar cruzadas, fortalezas,
cansancio, odio, espuma.
Los rasgos de los tiempos me quedaban marcados, grabé día y
noche el nuevo rastro.
Yo, que entré en los cañadones perdido por la dulzura del aire y
no pude escapar al cielo, con la lanza en mi costado cruzando la
aurora.
Pude dormir porque todo lo crucé, galopando como un diablo
coronado de escamas cobrizas.
En el valle la tribu descansaba y yo bebía de todos los inciensos
ángeles.
Me alisté para la guerra en la flor de aire, para los conjuros en
voz baja y aquellos alaridos, aquellos tambores…
Después el sudor cayó sobre mi anca con las últimas luces
buenas.

Silencio vastedad…
el trueno que de noche me quiebra es
alivio y templo parta mi sencilla sed.
Porque encontré el eslabón de la verdad.
Si lograra recordad aquél canto.



CANTO SEGUNDO

Hay una mirada que marca todo como una flor que vuela
silenciosa en la imagen del destino.
La morada de aquél que ha visto caer su corazón y la paja que
cobija o que arde cuando no se sabe alzarla.

GRACIAS
mi tibio ser de enjambre se vuelca la espuma de tu
lúpulo sobre mi ansiada paz.

GRACIAS
cuando el vuelo e tus crines deshacen todos los
martirios modernos.

GRACIAS
por la imagen de tu pupila óvalo intenso donde ha
nacido en mí el cosmos único de la alegría.
He conocido mucho sobre tu lago inmaculado en tu suave
marea.
Han caído lluvias sobre la sed de los infiernos una rama precoz a
mi alcance cayó fulminada.
Llanura intemporal de poca memoria el pastizal se hunde en
vahos de impotencia en trastornos de patrias azules.

GRACIAS
Por el sonido y el lamento de un cielo bajo una
maravilla un horror en marcha subterránea.



CANTO TERCERO

Compañera de vendavales
de la magia de las estrellas, del verdor
de la ciencia. Hay un color que no cambia en los ojos si se
responde a la primera luz.
Aquella que ha creído y descreído porque su paso era
inevitable, como una sustancia llevadera en los labios que
ilumina.
Aquella que cabalgaba en los silencios, mientras se nutría de
todos los ritmos del universo que la despertaban a las corrientes.

Y es de golpe el viento
que suelta el sopor de los muertos,
porque la muerte ha pasado por tantos siglos que no llegan…

Es aquella que ha subido a las altas piedras de la religión del sol,
aquella que ha golpeado el tambor, que ha tratado y reclamado
el paisaje como un germen por escuchar.

Y es dios, caballo, espuma de los demonios, de las fieras, de las
aves sagaces, de los sauces dormidos en el aire de la materia.
Y es filamento
duración
incienso que trenza y destrenza el polvo
en armonía.



CANTO CUARTO

Es todo inútil tierra de esmeralda.
Inútil aquél rastro de entraña que quedaba en el aire como un
reto azul.
Aquellos que han quedado flotando…
Un alazán salía del fondo del reino de las cosas, salía y entraba
porque no había mano ni espacio que lo preparara todo.
Entraba y salía pez de la atmósfera, pez del fuego de una
cuenca vacía.
Nunca el calor, nunca la herramienta carne y cósmica o el agua
revelada en esfuerzo y armonía.
Y mirabas a mora como un milagro brillante, detrás de algún
horizonte.

VENAS
venas de la tarde que nací, cuando ya veía el cielo.
Venas que me cambiaron de rumbo los astros, oh qué
universo membrana de ciencias, que gota de miel en mis
humildes sentidos.
Y fui una materia en espera cuando mis rojas amapolas
cantaban, porque no pude cambiar el curso del tiempo
pagué mi precio de inocencia.
A veces pasaba una caricia, tal vez el destilar del viento
o alguna victoria a la soledad.
El paisaje florecía y se derrumbaba por dentro, sin ruido
sin dolor.

Faltaba el aliento que se une a las marañas de hierro y
la razón.
Faltaba el espesor, el equilibrio, el vano de una puerta
en maravilla, el pan concreto de una gramilla empañada.
Por una vez sería mi mágica visión el desenredo de
noches y días sin manto, junto a una canción muy
lejana como una alabanza a un dios antiguo.


CANTO QUINTO

País de fiebres
ven a contarme tu martirio.
País aguijoneado por el sol sin quimera.
Ven acuérdate de la mano ámbar que pasó sobre ti
en una lucha secreta.
Acuérdate del dulce y riguroso animal que cantaba el único
mediodía con brazos y destinos trazados por la conciencia.
No había llegado la geometría más que al designio del viento, el
arroyo sembraba de mapas la tarde que enrojecía de naranjos.
Acuérdate que estaba la salvación prevista, el paraíso montado
en brillantes almas.

Ahora todo estaba ausente.
Ya no pude conocer ese disco que detenía la respiración en la
noche, cuando yo avanzaba en la gramilla mi sed de alturas.
¿Qué era, tan blanco en la quietud de los infiernos?
Solía posarse sin temor en lo alto, como una palabra demasiado
perpleja del infinito.
…la boa era mas vibrante en la espuma y los nidos sabían
hundirse más en sus pensamientos.
Yo giraba sobre mis crines bebiendo sin reservas.

Mis amapolas van cayendo a un vacío helado,
rodeadas de la agonía de las especies.

En el alba el frío me descalza los últimos leños, oh el rigor es
muy duro para mis ojos y el árbol.
No tengo reparo en el aire del sol perfecto, mi viaje interminable
no se recuerda ni como oración.

Mis amapolas van poblando la esfera eternamente
inconclusa.
Aquella torcaza que me dejó sus huellas, como trinaba en
silencio…
Un resorte, un gran peso toda la vida por el vasto yacimiento de
un sueño, en una llanura que se retira lentamente a sus orillas.