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jueves, 19 de abril de 2012

6699.- JORGE HIRSCH


JORGE HIRSCH nació en Buenos Aires. Es poeta y narrador. En poesía ha publicado: Retratos (1998), Segundo instante/ Retratos (2000) y El frágil equilibrio de los cuerpos (2005). Forma parte del grupo de escritores y poetas que conducen la Fundación Argentina para la Poesía.



I

Sediento de tus orillas,
navego agua de retorno.
Busco el camino inmaterial del pasado
bajo un cielo consumido por tormentas
y encuentro remolinos girando entre recuerdos.
Presumo la pasión cuando el fruto inmaduro
cae del árbol en un instante suicida
y derrama la semilla en la boca del aire.
La razón se agota en desencuentros y acertijos,
cierra las fantasías,
detrás de los párpados clausurados en el sueño.
Los cuerpos exploran el acaso de nuevas sensaciones,
ignoran el rocío en las profundidades de lo prohibido.
Zozobran las manos entre los pliegues de la carne salobre
y las naves inevitables se hunden en el mar tiempo.




II

Ahora eres habitante de las profundidades,
segmento de recuerdo,
navegante de olvidos,
náufrago de alucinaciones.
Cuando intento recordar aguas que un día atravesé,
sólo encuentro bruma que devora
y me arroja a lejanos remolinos.


Si me vienes a buscar,
reina negra,
te pido lo hagas
en la intimidad de la noche.
No opondré resistencia
a tu viaje inevitable.
Pero ruego no te anuncies.
Entra en mi cuarto
(tal vez esté dormido)
tómame entre tus brazos
y emprendamos el viaje
entregados al sueño.






La sombra de la muerte
nos acompaña desde la matriz,
se adhiere a nuestro costado
a la espera de su hora.
Silenciosa,
se transforma en espejismo
que la oscuridad no logra ahuyentar.




Naves púrpuras
arrasan el horizonte.
El cielo se inclina
y abandona a la melancolía
en las manos de la noche.
Lenta
una lágrima solitaria
rueda por el rostro de Dios.





Hay ojos en todas partes, nuestros propios ojos
que recorren el tiempo, yendo y viniendo
detrás de imágenes recostadas en la memoria.
Son ojos atentos, melancólicos,
bebedores compulsivos de horizontes ajenos
donde la luz no resigna su estadía
hasta el último instante de la luna.
Hay ojos entregados a las primicias
que vienen al mundo para devorar lo ignorado.
Y los otros, consumidos por el tiempo,
recorridos por ríos de sangre,
que desaguan en el dolor,
fatigados de medir distancias, latidos.
Ojos que buscan el ojo creador
oculto bajo tanta miseria.
Pero sobre todo hay ojos,
para dar sentido a las cosas que nos asedian
y que no ven.





Dios se escondió frente a tanto espanto,
asombrado, se dijo: “si éste es mi fruto, ay de mi”
Y difuminó el rostro entre sus manos.


En el tiempo,
busco entre los gases inertes la imagen de mi padre,
lo busco entre las letrinas donde fuimos excremento,
lo busco entre las barracas, parcelas turísticas
tan lejanas de aquel espacio
donde los huesos hambrientos
enfrentaban el sueño o la muerte.
Camino por el campo y sé que piso dolor,
mi propio dolor empozado en el recuerdo.
Camino por el campo y soy cuervo
que busca la carne de la ignominia.
Camino por el campo y me derrumbo
en la impotencia del pasado.
Cuánta simiente perdida,
cuántos pasos que nunca se darán,
cuántas voces enmudecidas
en gargantas secas de sed;
cuánta ceguera, mi propia ceguera.
Que la sombra arda en mis ojos
para no ver el espanto que aún esconde
el cartel que reza:
“el trabajo nos libera”





La foto me recuerda que la recuerde,
una foto única, testigo de su existencia.
El tiempo borró su imagen de la memoria,
y esa foto impar, ajada,
me recuerda que la recuerde.
Una foto gris,
despojada de la luz
que iluminó la mirada.
Una foto sin paisaje
para evocar algún escenario
donde hayamos sido actores.
Una simple foto de carné
que muere su propia muerte.