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viernes, 4 de mayo de 2012

6844.- FRANCISCO AMIGHETTI



Francisco Amighetti Ruiz (1907 a 1998 , San José de Costa Rica), es un pintor costarricense. Su trayectoria se remonta entre 1926 a 1935, donde inició sus estudios en la Academia de Bellas Artes de Costa Rica durante un año. Después hace la publicación por primera vez de su obra artística titulada "Álbum de Dibujos". Aplicada con las xilografías empiezan a aparecer en el Repertorio Americano, y que también se publica con una amplia divulgación en Latinoamérica. También fue un poeta de gran sensibilidad, el poema Lillian Edwards es un insigne ejemplo.
Entre 1987 a 1997, el museo de Arte de Costa Rica publica su obra titulada "Amighetti", después de 60 años de su trabajo artístico de Carlos Guillermo Montero. Hasta la fecha sus obras ha seguido siendo expuestas a nivel nacional e internacional, ya que también han tenido un gran reconocimiento y apoyo por la Universidad de Costa Rica (UCR), donde también fue homenajeado por su talento y trayectoria.


Poesía de Francisco Amighetti
Por Stefan Baciu
El primer encuentro que tuve con la poesía de Francisco Amighetti data de los últimos años de la década del 40, cuando en Río de Janeiro, después de escribir una carta a don Joaquín García Monge (me acuerdo todavía de la dirección postal: Apartado X), recibí un rollo de periódicos que contenían varios números de Repertorio Americano. En nuestras charlas, tan frecuentes en aquella época, el poeta Manuel Bandeira, quien era en el Brasil el más  profundo conocedor de la literatura hispanoamericana, me había hablado varias veces de la importancia de la revista de García Monge, no solo como medio para la divulgación de la literatura hispanoamericana, sino también como fuente de conocimiento para la literatura costarricense, que en aquella época era muy poca conocida en el continente.
De uno de los cuadernos, de aquel primer envío, guardo hasta hoy la imagen de un grabado en madera que representaba unas olas, y a su lado un poema cuya sencillez   y profundidad me tocaron, llamando mi atención puesto que se trataba de un tono totalmente desconocido para el reciente lector de poesía hispanoamericana que yo era en aquel entonces. La ilustración y el poema estaban firmados por Francisco Amighetti.
El grabado quedó realmente grabado en mi memoria. “Así”, me dije, “trabajaría Frans Masereel, si viviera en el trópico”, y el poeta que hablaba de un bar y de un vaso de cerveza, de unas nubes y de una vida solitaria, traíame por vez primera el ambiente que, mucho más tarde, en 1965, iba a encontrar en el café Balcón de Europa, donde tomaba una casi irreal cerveza en compañía de Amighetti. Y como si todo esto no fuera bastante, el farol de la calle iluminaba la pared de enfrente, bajo una lluvia que comenzó a gotear, y los reflejos que caían en la acera hacían unas olas pequeñas y tristes, casi como en el grabado que había mirado en aquel lejano cuaderno del Repertorio Americano.
Solo después de ese encuentro, del cual salí ganando uno de los más preciosos regalos de mi vida: la amistad de Amighetti, he podido conocer su poesía, descubriendo un mundo impresionante en su sencillez y en su profundidad.
La poesía de Amighetti, incluso si a veces se origina de su pintura, no es de ningún  modo lo que suele llamarse “poesía de pintor”, sino más bien la poesía de un modo muy poco conocido en América: aquel mundo costarricense, que Amighetti supo hacer universal, sin sacrificar ninguna palabra, ninguna imagen de su fuerza lírica.
Esta es una poesía en la cual conviven, paralelamente, la confitería La Garza y los grandes restoranes de la Calle Corrientes de Buenos Aires; el agua somnolienta y verde de Mata de Limón y la canción melancólica del Sena; las paredes de la fortaleza-museo de San José y las paredes del Louvre; El Supemercadito de la Paulina y las tiendas de Rué de Rivoli; el mundo provinciano de Alajuela y Escazú y las nieves de los Andes. En otras palabras: como casi ningún otro poeta de su tierra, Amighetti es lo que suele ser llamado un josefino –un parroquiano de San José– y lo que los libros de literatura catalogan como “poeta de América”.
…Pero un poeta de América todavía mal conocido fuera de las fronteras de su país, no solo porque hasta ahora en su obra sólo hay una plaqueta de pocas páginas de poesía, sino porque ni siquiera en Costa Rica, su país de origen, su puerto, su taller, su mundo, el poeta Amighetti no está representado, como se debe, en las antologías que debiera presentar la verdadera faz de la poesía costarricense, aquella que sustituye el mito “tico” de una literatura de arrabal. Cuando hace, algún tiempo, durante el trabajo de investigación en las antologías líricas de Costa Rica (“Parnasos” todavía…)  traté de encontrar lo más reciente, sentí algo como un choque, cuando vi que en aquellas páginas Amighetti estaba presente con sólo dos poemas; pero inmediatamente me tranquilicé, puesto que en la misma antología faltaban los nombres de Eunice Odio, Alfredo Sancho y Alfonso Chase, poetas quienes al lado de Max Jiménez, Isaac Felipe Azofeifa y Alfredo Cardona Peña representan lo que la poesía moderna de Costa Rica tiene hoy día de más importante y duradero. Al hojear el librito, me di cuenta –una vez más– que el oficio del antologista es serio y áspero, ya que en cualquier antologista debe vigilar un profeta y soñar un poeta…
En hora certera viene pues este libro, para completar la obra de Amighetti el grabador, el pintor y el prosista, ya que, en cada una de ellas, el poeta estuvo siempre presente de una o de otra manera. Ahora se puede escuchar, como un noble y conmovedor concierto de clarinete, el canto de Francisco Amighetti, poeta.

POEMAS DE FRANCISCO AMIGHETTI

La muestra que presentamos de los poemas de Francisco Amighetti fue preparada por el poeta Carlos Martínez Rivas, su gran amigo.




Autorretrato en el bar

Tanta música y solo en el fondo de un Bar,
la mesa siempre la misma igual a todas,
delante el papel para escribir y dibujar
y el vaso de cerveza y las olas.

“Esta vida así no puede continuar”
como decían mis mayores con su voz moral,
esta música sólo, este licor sin amigos,
esta ventana llena de mar…
y esa vida no pudo continuar.




Las voces amigas

Cuando yo me vaya me llevaré el rumor de los sapos
el verso de la lluvia en los inviernos largos,
el canto de los grillos y la voz de los niños
caminarán conmigo soñándome en el pecho,
no importa adonde vaya;
en mesas, solitario debajo de las lámparas,
en los trenes que cruzan quejándose en la noche
o, en el exilio cerca de una ventana,
me sonará la música de las voces amigas
que arrullaron mi infancia, mi mocedad, mi vida.
No importa adonde vaya, ni las puertas que cruce,
y si mi viaje es corto o es eterno,
aún en otros mundos recordaré las voces,
las voces amigas.





El regreso

Llegaré tarde a una ventana
con los ojos de plata y gris el corazón,
“Vengo de otros países y tengo muchos años”,
pero ninguno sabrá quién soy.

Y mi nombre sonará tan lejano
como una vieja canción,
y no seré más que un fantasma
sin pasaporte ni profesión.





Inventario

¿Qué tengo?, sino una lámpara adorada
en cuya luz dibujo, escribo y sueño,
y en mi mesa una “uncuña” decorada
que en el Perú manos indígenas tejieron.

La cabeza güetar de un Dios de piedra,
los cuadros que me miran por los ojos
del “vendedor de santos” y “el barbero”,
y un orgullo de ser lo que yo quiero.





El vendedor de santos

Compañero,  a mi edad no importa la miseria;
firmes están mis ojos, mi corazón y mi cerebro,
pero tu rostro sepia de pena estilizado
como los cristos pálidos que fabricas y vendes,
es digno del respeto que merece el que tiene,
no pelo, sino plata, en el bigote y sienes.

Frente a la multitud sorda de los mercados
con tus santos purpúreos en el cajón de pino,
te he dibujado, igual que a un ángel de madera
que me hubiera encontrado0 en medio del camino.

compañero, yo conozco la tristeza y dulzura
de ser como tú eres: pobre, obrero y artista.
¿Qué somos sino trágicos y honorables mendigos
buscando compradores para nuestra pintura?





Soy

Soy un animal herido
(en mi corazón
no cabe el odio)
que dibuja escribe y canta.



Canción del fracasado

De fracaso en fracaso por estar echando
barcos de papel,
después de los treinta años hago versos,
y me mezclo con putas y ladrones
para dibujar.


En un país donde no se cotiza el arte,
debería arrancarme esta quimera ardiente
que llevo en el corazón desde la niñez.
“Dejar de hacer muñecos” como decía
mi maestro,
“y aprender a leer, a multiplicar y a escribir”.

Yo te oigo Pierrot en esta noche
sin ladridos de perros,
tocar en la guitarra hipotecada
la cancioncita triste
del que nunca tuvo éxito





Pierrot y yo

¿Quién oirá la canción triste
sino Pierrot?
¿Quién tendrá en su bolsillo
unos versos, una carta de amor,
unos centavos de cobre perdidos?
Quién sino Pierrot y yo.
¿Quién amará después de la luna
la ventanita de oro donde vive su sombra?
¿Quién  pasará su mano de fantasma
sobre los perros desgraciados?
¿Quién hablará con el policía
Como una sombra blanca?
Quién sino Pierrot y yo.





Buscan la noche

Los pobres, los artistas, los comerciantes, el hombre
buscan la noche, la pequeña muerte
preludio y símil de la otra.
Sumergirse en la oscuridad y su nepente
ser en el no ser de lo que duerme,
y resucitar con la luz que despierta,
la luz de San Agustín, la de Plotino,
la de Turner,
la que nos purifican en la ablución cotidiana.
en cada pecho se despereza un ave
que trémula bate sus alas en la sangre.





El poema

El poema es una línea
que rige las montañas, desdibuja las manos
y se hace río.
Es una bandera que el viento ha devorado
sobre el mar,
o lleva un niño en una fiesta patria.
El poema es una fruta,
se aspira como flor y se ve como  cuadro.
Es la geometría metiéndose en el tallo
y organizando la dirección de las hojas
en proporciones áureas.
Y el poema es también
la noche de la ventana
en donde el ruiseñor de una constelación canta.

Si la poesía está fuera hecha paisaje
o hecha mujer
es porque la llevamos en la sangre.

El poema es un hilo de seda
que sale del corazón a sujetar las cosas,
y retenerlas en el instante
en que cruzan de la luz a la sombra.