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domingo, 6 de mayo de 2012

6880.- ARGÉNIDA ROMERO



Argénida Romero.
Caracas, 1980. Vive en la República Dominicana. Periodista y escritora. En el año 2000 obtuvo el primer premio de poesía en la XXXIX edición del Concurso Literario de Navidad, que organiza el Obispado de Nuestra Señora de la Altagracia, en Higüey. En 2009 fue finalista en el I Premio de Poesía de la editora española Puente de Letras y puso en circulación su primer libro de poemas Mudanzas (Letragráfica, 2010). Como periodista labora actualmente en el periódico Diario Libre. 
Publica el blog:  
http://eldiariodelarosa.blogspot.com .




Ejercicio para no olvidar

Puerta azul
paredes blancas
pies pequeños

demasiado cielo
nubes que contar

cinco años o seis
y la vida cabía en el jardín

catálogo de pequeños deseos
al pie de la escalera

miedo al agua
a las noches sin luna
al mueble sin papá





Futuro

Quién sabe: lo que escribo lo tengo que comer, lo que no escribo:
me devora a mí. No desaparece porque lo coma.
Y no desaparezco porque me devore.
Herta Müller

Tras el muro
la palabra es casi todo
cuando nadie oye
cuando nadie voltea a llamarte

y el casi todo
devora el casi nada que se apaga cuando cierras los ojos
para ensayar tu ausencia
tu casi estar
que se volverá nada
o recuerdo
que es casi lo mismo

y fuera del muro
se amontonan los cadáveres.





Mamá

Mi mamá me ama
mi mamá me mima
mi mamá cerraba las puertas en la tarde
mi mamá planchaba sin pestañar
sin voltear la cara
las camisas de papá
los pantalones de papá
mi mamá caminaba despacio
envolvía los bostezos, cuando llovía
mi mamá tarareaba canciones, no había radio
sembraba rosas
mi mamá era una princesa
mi papá no era príncipe
nunca besaba a la princesa
mi mamá me peinaba
pisaba charcos en el patio
partía en colores la cocina
mi mamá lloraba, llora
mi mamá reía, ríe
mi mamá me dejó un beso cobijado
dos de la mañana, veinte de julio
tejió un hilo a mi ombligo
se marchó
mi mamá conoció la nieve
era una princesa con frío
sin besos
mi mamá mató al dragón del castillo
mi mamá sobrevivió al sueño
puerta cerrada
dos maletas
veinte años
llorados
reídos
mi mamá se convirtió en llamada intermitente
mariposas dobladas en el ropero
papeles en blanco, flotando en los charcos sin sus pies
en princesa en su torre
sin dragón
mi mamá regresó, regresa
se va
da vueltas en su torre
regresa
mi mamá
me mima
me ama.





Herencia

Tras los pronósticos bienaventurados
de estos colores de feria
reposan todas las batallas perdidas
de las horas muertas
el hasta nunca
el cadáver de la sombra de este lápiz
y la cama donde dormiré
cuando abra los ojos.




Lavar camisas

Lavar camisas es un ejercicio de melancolía para las mañanas 
de esperas rutinarias
cuando todo está tan bien dispuesto
que no hace falta consultar el horóscopo
ni maldecir las noticias

sólo caminar descalza
contar las nubes
y no hacer caso a los pronósticos de lluvia.

Hay que recogerlas como flores marchitas de una primavera lejana
revisarlas, sin apuros,
una a una
regalarles una caricia para espantar los malos augurios
y, despacio, ir cosechando sus póstumos olores
el rancio aviso de sus ayeres
el pudor cansado de sus paisajes,
repasar, con cuidado,
el abismo de sus cuellos,
donde suelen morir los besos extraviados
perturbar el breve murmullo de sus bolsillos
y halar el viento que se cuela en sus mangas.

A veces cuesta despedir sus huellas
entonces es necesario
exorcizar el tiempo añejado de sus costuras
olvidarse de los lugares comunes
y convocar el recuerdo del insomnio
con su itinerario de fantasmas.