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miércoles, 9 de mayo de 2012

6894.- JEREMÍAS MARQUINES



Jeremías Marquines Portillo
Jeremías Marquines (Villahermosa, Tabasco, 15 de agosto de 1968). Es un poeta mexicano. Está radicado en Acapulco, Guerrero, donde ejerce el periodismo.

Libros de poemas
"El ojo es una alcándara de luz en los espejos" (poesía). Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 1996.
"De más antes miraba los todos muertos" (poesía) Gobierno del Estado de Chiapas, 1999.
"Las formas del petirrojo" (poesía) Universidad Autónoma del Edo. De México-Edit. La Tinta de Alcatraz, 2001.
“Las formas de ser gris adentro” (poesía) Edit. Praxis-Gobierno del estados de Tabasco, 2001.
"Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro" (poesía) Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2002.
"Los frutos de la voz" coautor (ensayos sobre vida y obra de Carlos Pellicer), Fondo Editorial Tierra Adentro, México 1997.

Antologías
Parte de su obra se encuentra antologada en los libros de poemas:
Poetas de Tierra Adentro III, Fondo Editorial Tierra Adentro, México 1997.
"Poetas tabasqueños contemporáneos", Revista Cultura de Veracruz, Veracruz. 1997.
“Los mejores poemas de 2005”; Joaquín Mortiz-Conaculta, 2005.
Anuario de poesía 2005, Fondo de Cultura Económica.
Eco de voces; Edit. Arlequín 2003.
Premios de Poesía Efraín Huerta, Ayuntamiento de Tampico, Tam. 2007.
Poetas tabasqueños contemporáneos; Universidad Juárez Autónoma de Tabasco 2005.
Su obra aparece comentada en el libro de ensayos sobre literatura tabasqueña contemporánea Circaria, de Miguel Ángel Ruiz MacDonald, Fondo Editorial Tierra Adentro, México 1998.

Premios
Premio Clemencia Isaura 2003, Mazatlán, Sinaloa.
Premio José Carlos Becerra 2000, Villahermosa, Tab.
Premio Nacional de Poesía de Calkini, Campeche (1999).
Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1998).
Premio Nacional de Poesía, Efraín Huerta, Tampico, Tam. (1996).
Premio Regional de Poesía, Palizada, Campeche (1996).
Premio Nacional de Poesía y Cuento, de la Universidad de Occidente, Guasave, Sinaloa (1995).
Juegos Florales Nacionales de San Román, Campeche (1994).






Lamed

Supe de ti por el ojo de la aguja.
Entonces nadie habitaba las calles angostas ni las plazas donde crecía trémula la hierba
contra viento.
Entonces la ciudad apenas levantaba sus cabezas de animal herido; su inútil terquerío de
ser mundo y no otra cosa.

Supe de ti por el ojo de la aguja.
No obstante la nochegrillo y su canto cristalero.
No obstante la noche.

Entonces no sabía por qué amarte o por qué salían alas y peces deformes de tu cuerpo.
Y dolía ver cómo tus carnes, lo que está adentro de tus carnes, tus huesos, lo que está
adentro de tus huesos se quemaba.
Así comencé a amarte como el inmisericorde cangrejo de la ausencia, con esa ansiedad
que sufren los malditos, con el ese miedo de saber que todas las palabras van al pozo
donde el viento aguza su aullido disonante como el más carnicero de las fieras.

Yo y mi dorado cedal diciendo: ¿embrujarás a Behemot con tus palabras?
¿Le arrancarás la mujer que grita en lo su adentro?
Escúpele la boca a los dementes
Miéntales la madre, su edad, su sexo para que vuelvan al abismo de la O.

Aún amarte entre las cosas más pequeñas, las que se producen en los espejismos, por las
que es más difícil llegar hasta el ojo de la aguja.

De El ojo es una alcándara de luz en los espejos







MIENTRAS HABLO, el tiempo teje brilladoras en las aguas,
los peces siguen el punto que a la luz conviene
y en suma ligereza el corazón semeja un continente hundido.

Mientras hablo, la cabeza de Dios es tímida criatura de colores.
Allá, la sangre de las vírgenes se mueve
entre la ola y la llama, por los tejados
el amor es un trance como de matriz parturienta:
el perfecto equilibrio, un profundo deslizarse
a la sublimada abominación del signo.

Mientras hablo, en otra parte alguien finge los pretextos del ahogado,
el apetito voraz de la mañana cuando pasa un cadáver en invierno
y nos saluda con su risa de gramófono, desmintiendo
la música inicial de la ternura,
una canción que nos recuerda el rostro de la multitud deshojando flores.

Digámoslo así:

la cabeza de Dios es un continente hundido.

De El ojo es una alcándara de luz en los espejos





De más antes miraba los todos muertos

(fragmento)

4

Afuera llueve. Unas mujeres colocan flores de nomeolvides y azucenas sobre el cuerpo núbil de la muchacha. Los hombres han sacado una botella de aguardiente que entre risa y rezos beben a sorbos para que no entre en sus cuerpos vacíos lo de espanto y desamparo.

No está aquí, pero todas las cosas tienen que ver con Ella:
las piedras labradas a golpe de relámpago y ventisca,
las campanas que seres diminutos tañen en nuestro corazón artófago
los días en que el desamparo es un puño de sal en la herida abierta.

—Ella no está aquí, pero nos consuela el viento.

Todo nos recuerda que todo está perdido,

que lo que suena en nuestro corazón no son más que astillas de dientes,
banderas que del viento—,
risas que van a perderse cuando la tarde—.

Todo nos recuerda que todo está perdido,
que no nos pertenecemos,
que nadie se pertenece a sí mismo,
que nos miramos al espejo a riesgo de perder el rostro
en cualquier terrosa oscuridad de sombras.

                                                     Ella pregunta si todas las cosas
                                                     estarán aquí de nuevo, cuando la luz,
                                                     como un ciervo errante,
                                                     vuelva ante sus ojos.

De De más antes miraba los todos muertos




Las formas de ser gris adentro
(fragmento)

Ya mucho se dijo de la tristeza, que el amor es una espesa humedad de madera en la estación lluviosa, la oscura membrana en el ojo de los ahogados incitando al naufragio. Un olor de insectos que extrañamente revelan nuestros huesos donde pululan en secreto animales prohibidos.

Pasan los trenes, pero queda el mundo que sueña sus frutas de invierno; su horizonte arqueado como un camaleón dormido en la osamenta de la niebla; sus propios reflejos limitados por el vértigo de las palmeras, sus alimañas inscritas en los muros del poniente donde se pudren intactos los perros que duermen en la virginidad renovada de mujeres maduras.

     Cuando pasan los trenes sólo queda un como animal hambriento en los pechos vacíos, el silencio acuático de la tarde que desentierra sus pájaros irreales como un niño enfermo, una mano que arde en perfecta calma en el litoral de un bosque demolido por criaturas que van desfigurando lo que te hace vivir.

     Cuando pasan los trenes, lo empiezas a saber.

De Las formas de ser gris adentro






Del poemario “Varias especies de animales extraños cubiertos de piel jugando en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem”.



IV


Para Citlali Guerrero


Trato de no pensar en tu sexo mientras escribo.
Una columna de hormigas pasa confundiéndose con un ciervo.
En una celda dos gnomos leen a Spinoza, y es imposible
que la eternidad sea un pájaro carpintero
que da la bienvenida a la lluvia. Escucho.
Las hormigas me sugieren un abeto poco civilizado
que los pájaros desprecian.
No tengo manos, tengo demoras tatuadas por castigo.
Entiendo que afuera el mundo se desarma,
que lejos de tu sexo, destinado a detener la muerte,
no se puede vivir.




XXI

En julio las paredes son más frías en esta parte del mundo.
En los ojos crecen hierbas blancas como una muchedumbre en trance
y las calles se iluminan con el aliento de los no nacidos.
A esta hora, tú debes estar aromando colibríes en alguna playa remota.
Quizá bailes bajo la luna con los desertores de una caballería vencida.
Quizá vagues arrastrando el botín de hierro que ambicionan los grillos.
Quizá las hojas imiten el rumor de tus pasos.
Aquí, la claridad la transportan las hormigas
desde las ramas más altas del verano,
pero la derraman antes de llegar a mi pecho.
Mi cuerpo es una mano cortada que sonríe desde lo alto de iceberg.
Abro los ojos en la intimidad del día y se desvanecen.
Doy un paso y me hundo en los surcos de tu nombre.
Hablo y los tentáculos de tus cabellos me cortan la garganta.
Y hace frío, y tu aroma es un polvo irrespirable
que nace atrás de tus recuerdos,
como tu sexo,
que casi siempre sabe a firmamento.




XXII

En Bethlem, el instante se detiene entre dos nadas.
Un gnomo lujurioso cierra los ojos y aparecen mujeres muertas.
Debajo de la cama brotan mariposas descomunales que roen la lejanía.
Hace frío, porque al caminar, las huellas
se convierten en murciélagos con cara de niño.
Se oye la voz velluda del Espíritu Santo que me encontró dormido, rodeado por los dibujos de tu sexo que saltan calcinados de un ramaje a otro.
Arriba hay soledades que intentan encender las lámparas y árboles que ofrecen sus reliquias doradas como un único y alucinante acto de amor sin esperanza.
Sobre todo, el amor como un potro fulgurado que cabalga de noche.
Sobre tus senos asesinan estrellas velocísimas.
Sobre todo tu espalda que mira como un animal remoto y triste.
Sobre todo, no queda nada,
sino esta luz huraña a la intemperie.
Un tren que regresa tranquilo, como yo:
árido y solo.




XXIV

Pinto obligado por el sexo de Titania.
Los monjes enfermeros traen un color que se alimenta del musgo.
Al mezclarlo con el aire, hace posible cualquier herida.
–Pinte con él el coño de Titania, me dicen.
Al fondo se despedazan las túnicas de tres palomas,
está claro que el color es un instante envejecido hecho de música.
Un lenguaje seminal que encarna en brillos,
los mástiles nadantes que la luz tiene.
Está claro, el color señala los cuerpos que tocamos.
Lo más esencial de lo invisible está en las manos,
nacen sin color –como la quietud– y ya extrañando.




XXVII

Es lunes y amaneció lloviendo,
hay restos del sexo de Titania en todo el cuarto.
El papagayo lleva inmóvil tres días en su jaula y
murmura visiones incoherentes de Dakkla:
“Mis días entre los muertos son más allá,
alrededor de mí, contemplo ojos ocasionales”, dice.
Pienso repetidamente en el demonio que arde en tus caderas,
en tus nalgas que saltan al compás de tus pasos diminutos.
En el día que se retarda cuando tú faltas.
Y tal vez es lunes y llueva, y yo tenga que volver a pintar
en la pared la sombra de aquello que se confunde con el agua.
La luz de un farol, el auto que nos da la extraña credibilidad
de lo maravilloso, las calles que nos llenan de impulsos simbolistas,
el sonambulismo de las aves que sabe a piña como el universo de Copérnico,
como los sueños que cambian de casa porque el vacío tiene imágenes inseguras de sí mismo,
porque sí,
porque todo empieza con el movimiento de tus nalgas
sobre la conciencia seminal de la realidad.
Tus nalgas disgregadoras, inclasificables,
fuera de la lista natural de Darwin,
ajenas al antroponalguismo, dueñas de su psiquismo,
orgullosas de su ligazón bastante estrecha con el bamboleo de tus senos;
tus nalgas inconscientes, conscientes, metamorfoseadas,
que intentan atrapar la histeria del alma;
tus nalgas resucitadas de entre todas las nalgas muertas.
Tus nalgas que son lo más cercano a la realidad que tengo,
me ven de frente,
como el animal que ya no es dueño de su propia casa.



XXXVIII

Recuerdos de Dakkla:
Una navaja entre dos virginidades nebulosas.
Un árbol que construye casitas de pájaros para la tarde.
Un camino que pasa de largo preguntando tu nombre.
El color de tu sexo que lamen las hojas del naranjo.
Un caballo que abre las puertas cerradas del planeta
por donde entran oleadas de sílabas muertas.
La infancia que migra más allá de tu espalda para tatuarse
la imagen blasfema del destino.
Una dulzura miserable que prolonga sus formas
en algún antepasado del amor
venido en los aromas al otoño.




XLII

Los locos tienen en el alma peces muertos.
Pasan la eternidad entre los corredores que nacen
del sumo amarillo de las estaciones.
Aman los predicados de un error gramatical
que nos hace pensar en el mundo.
Los locos no hablan de amor porque son demasiado conocidos.
Prefieren fundar sus extravíos en la imagen
de un animal risible y blanco,
cuya forma viviente signifique amante.
Los locos no hablan del amor,

porque los pájaros no hablan del viento.