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viernes, 11 de mayo de 2012

6913.- JAVIER LARA SANTOS




JAVIER LARA SANTOS
Quito, ECUADOR  1978. Ha realizado estudios de psicología, comunicación social y diplomado en varios idiomas. En Febrero del 2008 publica su primer libro de poesía ‘del Acabose (antología imaginaria)’ con Rueca editores, Quito. En el mismo año recibe el Premio Proyectos Literarios Nacionales por el Ministerio de Cultura con su libro de cuentos ‘Tratados de ociología’. Parte de su obra poética ha sido antologada en muestras, editoriales y revistas de diversos países de Latinoamérica como en Argentina con Big Sur, en Guatemala con Naipes Arreglados, y en Perú con Sol de Ciegos. Actualmente tiene listo su próximo libro de poesía ‘Bifronte (y ootrs tetxos)’ que saldrá bajo el sello de Eskeletra editorial a finales del 2011.



Poética:

Digamos que un poeta al comienzo es un neanderthal adivinando, procurando el fuego, hasta que logra las primeras chispas, las primeras sílabas, la sospecha de esa huella entre el silencio y el silencio, luego el neanderthal se disfraza de teórico cuántico, pero también de carpintero, enfermero, travesti, chulo, vedette, monje y pintor de brocha fina, -aunque a veces gorda, gruesa y larga, la brocha- quien se encarga entonces de restaurar el rayo primario, ese destello de la palabra en su primer estado, pero esta vez, con las bisagras en el aire, como protegiendo el armatoste, la presentación, la geometría de las palabras. Es un oficio más que una profesión, es un callejón con ventanas a mil caminos por seguir, pero callejón al fin. Es la condena del placer puro e inútil -y por lo mismo exquisito-, de inventarse las mentiras de la realidad desde la letra de la boca y decir: dios se ha dormido, su mano sonámbula ha caído sobre la tierra, puedo tocar su dedo, el dedo sonámbulo de dios, y esto es la poesía, y ya no importa dios.



ISLÍSIMA QUE SEREMOS

Mira la lanza que te envío, allá, entre la distancia y el beso: como un domingo de madera vieja.
Como una embarazada viendo al cielo desde una isla, pensando en las partículas de la nada.

Yo no prometo. Aquí no estoy. Comiendo carne cruda, mirando a la bandera desde la fiesta que es un velorio repetido.
Niños, acercaos, testen la viudez de los colores claros de la alegría.
Pinchen el ojo de la niebla mientras me revuelco entre alfileres viejos, con sus nombres del futuro.
En el fondo
de un balazo como un testamento como un beso,
lleno de estrellas en el menstruo,
rezo en la basura mientras relleno joyas con joyas llenas de aire.
Narcolepsia de alas viciadas, a punto de no explotar: como un gran dios en la mitad del baño pidiéndote que no creas.
Y sin embargo no es el color de mi asesino como una cabeza de gallo en la mitad del orgasmo.

Porque la fe está en el hielo.
Porque la fe está en el hielo.
Porque la fe.
Porque.
El Hielo.






HACIA EL NADIR

Entonces ese corazón tuyo era
una luz una luciérnaga un faro,
en el medio del hueso, en la mitad de la espada atravesada,
como un corcel que relincha en alta mar.
Y mis manos buscaban la luna bajo el agua,
el color de la noche como el color de tu grito.
Únicas las armas del tacto
reflejos de manzanas que respiran,
ya partidas por la mitad
con la violencia cortopunzante de los niños.
Y el cuerpo entonces flotaba
apenas quitado del tiempo, del aire,
apenas con un olor de algas brillando
en la arena de la noche.
Y la armadura de los sueños
-sobre la cual viajaban todos los antepasados-
era sólo luces, globos al infinito, sólo chispas
en la primera explosión de la saliva.






OCHENTAMIL CAMAS Y NINGUNA

Rescritura de una conversación con Mariana de Jesús Caicedo (q.e.p.d)

1.Una

Esta es la demanda de mi sangre puntual,
un río
desbocado
de colmillos
fuera de los labios,
un río
que incendia mi corazón
(y/o tu urgencia de orangután)
de pétalo atómico.

Aquí mis piernas,
sogas inmediatas,
auspician el ahogo,
(delincuente como tu felpa
húmeda y ardiente,
ese ángel de doble labio
al final riendo
de su sexo de herrumbre
como la palabra imaginaria)
sogas del sudor cóncavo
de nuestro incendio.

La balacera purificadora de su tacto
que tiembla
cual hija única y erecta
condenada a vida.



2.Dosis

Esa flecha de mis senos caídos
como quinceañera
sedienta
de aviones
y no de resignación
ante la sospechosa fealdad de los hombres.

Aviones
bombardeando la dulzura,
los pechos con el sello de mi voz,
ese veneno deseable,
el útero de mis besos,
furia voluntaria de los degollados.

Esta que soy,
ni gitana ni fuerte ni eterea,
mi devastación de silencio,
un grito de flores decapitadas
en el
cementerio
de todas las promesas,
en la
niebla
de todos los abrazos,
en la
palidez del agua
bajando
cual caricia de puñal de carne.

Este orgasmo
ciego de violencia,
esta zorra débil
cual ahorcada con los pies en la tierra.

Esta malvada y bella
misionera del desastre.
Esta serpiente de felpa en el medio
de mis senos.

Este cariño salvaje
de sobrevivientes
de los cuerpos rotos
de tristura o de dulceza
avanzando ciegos y mojados desde adentro
hacia el abismo de mi miel hirviente.

Este precipicio nunca materno
de mi abrazo,
látigo la lengua,
vulva latiendo
como estatua de sal
hacia el milagro de los ojos,
piedra flotante el beso
perdido y
desencontrado para siempre.




3.Trío

Ochenta mil deseos,
ochenta mil caricias siempre exhumadas,
camas como huesos sin sentencia,
camas
o alas repetidas
sin decencia de morir,
camas espejos submarinos
y secos de arder
como un dios mojado
que sólo nace a la altura de tu vicio.

Entonces el no tocarte.

He ahí la redención del colmillo perfumado
que guardo entre todas las versiones de mis piernas.








INTRODUCCIÓN AL PAÍS DE NÉANT


                                                                                                              A Santiago B.




Arranca esta mortaja de la vista a largo plazo,
mira ahora con el reloj sobre la mano antigua, apuntando al ocaso de la batalla.
Mantén tu pie, eso sí, tu frente, eso sí, -mantenlos juntos hacia la sal de la marea-.
Que luego de todo óxido, algo siempre quedará intacto:


Digamos el silencio, toda montaña azul en la retina, el hervir del suelo.
(Una canción podría formarse desde los antepasados.
Una canción podría devenir en los nietos o soldados que ya no están ni pertenecen).


Ahora que sabemos la función de la ficción del aire sobre el tiempo,
ahora que tenemos por contado la palma de la mano de la muerte,
el esquema frío, lejano, de todo beso hacia la nada,
ahora que ya no importa,
podrás entonces, mirar como si fueras un animal inconsciente e infinito,
mirar el color que no existe
                                         /con la sonrisa de una bestia, que acaba de inaugurar el mundo.












ESTADO FINITO


Tú no naciste para morir, amor, nuestras montañas mienten,
hay un río, en el aire, hay una crucifixión inválida
por cada palabra perdida. Amor, nunca estuvimos muertos
más que en la mentira de la libertad. 
Nunca nos habíamos encontrado bajo la tierra, tanto.
Estas montañas mienten, amor, el alma se nos fugó antes del amanecer:
yo nos veía abrazados y disueltos bajo algún lago sin nombre, 
yo nos veía perdidos y abrazados 
sobre un inmenso pedestal incendiado en el aire. 
Fuimos los colgados, los ningunos, 
antes de que la gloria nos entrara a machetazos.
Amor, nunca más esta felicidad desplegada 
como un muerto insolente ante las montañas.
Amor, ciega, perdido, enferma, 
incineremos todo lo que queda de verdad
en el rostro de los otros, los nuestros. 
Esta forma de irnos juntos, sin haber planeado el crimen,
sin haber siquiera besado 
la calavera que duerme en todos nuestros besos.
Amor, qué insoportables somos todos cuando nos amamos ciegos, 
qué falta de vacío. 
Amor, estos huesos ya no nos pertenecen,
todas las naves se fueron por el borde del mar, 
Estamos muertos y brillando 
con la piel dentro de una navaja parecida a una catedral,
yo recuerdo, cuando vi tu tierra, 
tu asentamiento de cal sobre el rostro del cementerio,
nos dio por reír a los dos hasta que el jardín de huesos se esfumaba.
Amor, toda la farsa del mundo nos acogió,
tú, vestida de orangután y yo con un vestido celeste, 
qué rabia teníamos antes y después del amor, ¿recuerdas?
éramos ciegos y carnívoros y casi infectados por la alegría
¿recuerdas? 
Cuánta arena blanca sumergida en la leche de nuestros pechos
oh, amor, yo nunca pedí tu nombre al cielo ni a la munición de la música, 
todo: perfección del accidente, el golpe sonámbulo de este dios, 
sí, amor, todas estas montañas mienten, 
la tierra no es, no será, no puede ser redonda,
como el mar que empieza antes de la cal y después de tu piel,
y no tiene el derecho a dejar la huella.
Porque el día de nuestra muerte yo forniqué 
con todos los fantasmas de tu cuerpo
amor, todo ahora
tiene un rostro, explosivo 
como un caballo que relincha dentro del sueño.
Fuimos perpetuos, nunca puros,
venidos y expulsados de la vida hasta tomar el jugo de la madera 
en todas las lágrimas de las viudas de Cristo.
Ni tú ni yo creíamos en esta resurrección
-tan fiel a la página en blanco-
donde hemos venido caminando,
hasta sabernos naturales como dos frutas
no cosechadas en el árbol de la agonía.
Tú ebria, yo ebrio, 
ellos más tristes por siempre sanos.
Amor, nos rompimos las calaveras sólo porque pudimos.