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lunes, 14 de mayo de 2012

6972.- MILAN RICHTER


MILAN RICHTER
Milan Richter, Eslovaquia, Bratislava, 1948. Germanista, con excelente fama como poeta y traductor de poesía.
Actualmente director del Centro Nacional de Literatura Eslovaca.
Organizó en 1999 el Congreso Internacional de Poesía en Bratislava.





RAÍCES EN EL AIRE

En el aire, ahí están tus raíces,
ahí en el aire
Paul Celan

-¿Adónde va usted, señor ingeniero? ¿Al cementerio?

-Sí al cementerio voy, amigo mío, Mi madre está ahí,
también mi hermano, y la sobrina de la mujer,
la enterraron el año pasado, tenía diecisiete años,
leucemia, según dicen. ¿Y adónde va usted, amigo mío?
-A casa. Ahora oscurece temprano
Y donde me siento mejor es en casa
-¿Ya ha visitado las tumbas de los suyos?
-No tengo tumbas. Mi mujer me abandonó, hace ya tiempo,
Como usted sabrá mis hijos están vivos, pero lejos
en Canadá, sí en Canadá...no tengo tumbas...
-¿Y su madre, su padre, hermanos,
abuelos, dónde están enterrados?
-En el aire sobre Auschwitz, ahí,
en el aire están.







Sueño del exilio en Solentiname

Me ha llamado Hermann Schulz,
parece ser que Ernesto quiere dejar el cargo
y volver a su Solentiname.

Esa noche soñé
que con un pequeño grupo de turistas eslovacos
yo aterrizaba en el lago junto a la isla Mancarrón.
(Quizá nos llevó un hidroplano
o una hidra de los mitos indios.)

Como pronto salió a relucir,
mis paisanos eran incómodos activistas,
curas sin permiso, escritores subversivos
expulsados, privados de nacionalidad
y enviados al destierro tropical.
Sólo yo recibí ese castigo
como premio.

Ernesto nos aguardaba delante del local de reuniones,
en una mano un machete, en la otra una biblia.
Por lo visto ya le había informado de nosotros
el ministerio del interior,
el compañero Tomás Borge, entienden,
aún está ahí...

Y usted, Ernesto, ¿por qué renunció?

Un ministro debe hacer la vista muy gorda
para no ver muchas cosas
e incluso para ver lo que no hay,
y llega un momento en que ya no ve usted la mueca
en el rostro de la revolución, antaño sonriente,
ni cómo los compañeros se van volviendo señores
y los poemas instrumentos de propaganda.

No puede usted ser ministro
y a un tiempo escribir versos
sobre los que están abajo del todo,
campesinos masacrados,
indios refugiados,
huérfanos que sólo conocen la miseria
y la muerte y cada tipo de fusil.
Un rato funciona, pero luego debe usted
preguntar a Dios si esa es su voluntad.

Y si éste calla,
significa que hay que irse.
Donde lo necesitan los huérfanos,
los desterrados y los fuera de juego.
Estar de su lado aunque le llamen
opositor, aunque hasta aquí
le envíen soplones.

Y, para probarnos,
ordenó a dos muchachas
que trajeran machetes.

Antes de mañana por la noche
limpiarán la maleza detrás de la iglesia. Allí se construirán
un refugio provisorio.
Y el lunes, si todo va bien,
comenzaremos el curso de escritura creativa.
Aquí fundaremos la primera escuela eslovaca
de poesía política
(o de exégetas de salmos)
de toda Centroamérica.

Confío en que todos sean cristianos.
O por lo menos judíos...

Si su voz no llega a Eslovaquia,
seguro que llega al cielo.
Y desde allí, ¿quién sabe?

Noviembre de 1989

Este sueño lo tuve poco antes de la “Revolución de Terciopelo”, cuando acabé la traducción de los poemas de Ernesto Cardenal. En 1985 éste, como ministro de Cultura, me había invitado a visitar Nicaragua y el archipiélago de Solentiname, donde había ejercido como cura hasta 1979; pero las autoridades comunistas eslovacas no me autorizaron el viaje soñado.
Hermann Schulz: editor alemán de Cardenal. (Nota del autor)

Traducido par Alejandro Hermida de Blas




Mundo en blanco y negro

En la pantalla del televisor en color
dan una película para aquellos que vivieron
tiempos que más valdría olvidar
o no recordar a malas.
“Ponnos el color”, pide mi hija de seis aňos.
“Es una película antigua”, le explico.
“Entonces yo era pequeňo como tú
y los colores aún no existían.
Los árboles, la hierba, la gente, los coches
eran blancos, negros o grises.
El color lo inventaron más tarde...”
Ese instante de horror hasta que comprende
que bromeo.
Ese instante de horror al pensar que en la infancia
me faltaban el verde, el azul, el rosa.
Y que, igual que en esa película,
hasta la sangre de los inocentes corría negra.
Pero basta salir a la ciudad y ver
a la gente con trajes grises, camisas blancas,
caras sin color, mirada negra,
el humo de las chimeneas gris como ceniza,
el negro de los periódicos, y en ellos
las partes en blanco...