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domingo, 3 de junio de 2012

7088.- MENCHU GUTIÉRREZ



Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) es una escritora española.
Ha publicado entre otros los siguientes poemarios: El grillo, la luz y la novia (1981), De barro la memoria (1987), La mordedura blanca (Premio de Poesía Ricardo Molina, 1989), La mano muerta cuenta el dinero de la vida (1997). 
El ojo de Newton, (
Ed. Pre-textos)


Ha sido incluida en las antologías Las diosas blancas y Litoral Femenino.
Y las novelas Basenji (1994), Viaje de estudios (Siruela, 1995), La tabla de las mareas (Siruela, 1998), La mujer ensimismada (Siruela, 2001), Latente (Siruela, 2003), "Disección de una tormenta" (2005) y "Detrás de la boca" (2008).
Es, también, traductora de, entre otros autores, William Faulkner, Anne Brontë o Edgar Allan Poe.
Menchu Gutiérrez es una escritora personalísima, que está de espaldas a cualquiera de las exigencias que lastran la creatividad literaria actual y que ha creado un mundo propio de referencias cerradas.
Sus novelas, de argumentos muy vagorosos –a veces casi abstractos-, se ven sostenidas por un lenguaje en el que importa más la sugerencia que la pura narración.
Por otra parte, aparecen ya desde su primer relato, Basenji, una serie de elementos que se revelan como esenciales en el universo literario de esta autora:
la existencia como un camino de búsqueda interior;
la muerte (no en vano, la propia escritora ha afirmado: comienzo a escribir cuando, por primera vez, experimento la realidad de la muerte y cuando vivo con la memoria del sueño; escribo porque existe la muerte y porque existe el sueño) entendida como experiencia individual encaminada al cumplimiento de la extrema conciencia;
el rechazo a todo orden que no se corresponda con el que vertebra la verdad interior de sus protagonistas y
la creación de un espacio físico que es traducción simbólica de la identidad de los personajes que lo habitan.




  "Quizá el silencio absoluto no exista, pero hemos sido testigos de la forma en que la poesía o la    música lo hacen posible: es como si las palabras o los sonidos, convertidos en materia, fueran vaciados coninfinita paciencia, extraídos uno a uno, transformándose en un molde en cuyo interior el silencio reinara como una forma ilimitada. La poesía es la materia con la que el molde se hace posible, un contrafuerte del vacío, también el vaciado, lo que podríamos llamar la experiencia del silencio."


"Decir la nieve"  El Ojo del Tiempo Siruela"












Desplegó el mantel
             
Desplegó el mantel y dispuso doce platos,
doce copas de vino, doce tenedores, doce cuchillos...
y se sentó a esperar, de espaldas a la mesa,
la llegada de sus invitados,
e imaginó:
once troncos erectos sobre once sillas,
y sus once cabezas servidas ante sus once platos,
y pensó:
"Es una imagen justa.
La boca que alimenta el propio oído,
los ojos que buscan su propio reflejo...
justo es que estas cabezas cubran los platos
de esta cena no compartida".

(De La mano muerta cuenta el dinero de la vida)






Corre una brisa
             
Corre una brisa de invisibles, millares
gotas de agua,
por mi corona de noche
y almendra laminada.
Corre entre dos bocas
un solo hilo de almohada
es un telar callado
la noche.
Envejecen los paisajes,
depositan sus perfiles
en cristales distantes
los cabellos del río,
y no canto,
que estoy quieta en la nota,
alto estambre
del amor.




Rumor de diez noches
             
Rumor de diez noches en diez diferentes estancias.
Después, se dejaba dormir. En vano yo retaba al sueño
gentil de su cayado, lo salpicaba con el rocío que germina
en las palmeras; invariablemente era su presencia y no la
mía la tentadora, la travesía, el cuidado, la gangrena.

De: De barro la memoria

(Poetisas Españolas- Antología general, Tomo IV:
De 1976 a 2001) .
Edición y selección :Luzmaría Jiménez Faro






Cuatro poemas
             
Pienso toda la noche en el ramo
y en la figura que con la madrugada
se recorta, caída en el jardín.
Vienen con máscara los poderosos mirlos
y hunden sus picos de oro en la sombra humana
¿Y por qué fluye?
Vetas de sangre abiertas
recorren los brazos derribados en la hierba.
Cerca, la leña dispersa
devora su misterio.
¡Fuera verdad el ramo!
¡Pero los ramos se hicieron con manos dormidas!
Finos trazos de tinta
rayan el dibujo del horizonte,
golpeados por el sonido de mi corazón
que tiembla.


                                        * * *


Resplandece la noche
y su mirada es venenosa,
las estrellas montaraces
se arremolinan en torno a los ecos.
La barca va por el río incendiado
prendida en el pulso que nutre mi corazón,
los graves timbales portan el peso de las sombras,
cortejo que avanza por las orillas,
y los remos son ayes
escritos en las llamas.

Mendiga brújula,
la deriva es el susurro
que viene del fondo del mar.


                                        * * *


Brilla contra el corazón
el sol de la muerte.
Acequias duras llevan
la vela bañada en sangre,
ramas y cuerda que ataba la vida.


                                        * * *

El ojo de cíclope
en la corteza del árbol
sobrevuela en círculos mi frente,
como airado mal sueño
perdido en una caracola.



Mujeres de carne y verso.
Antología poética femenina
en lengua española del siglo XX.
Edición de Manuel Francisco Reina.
La esfera literaria. 2002
       




 ‘Sólo sé escribir mirando hacia dentro’

    “Esta casa en la que vives, madre, se me antoja a veces como una miniatura, que puedo pisar con un zapato. Tus colores, también, son postales que puedo quemar en el cenicero con una sola cerilla. No haría una montañita con las postales, sino que encendería la postal azul con la única cerilla que tengo, con la postal azul encendería la postal roja, con la roja la amarilla, con la amarilla la verde, con la verde la blanca, con la blanca la negra, y así vería, uno a uno, los episodios de tu teoría del color arder, dando sentido a todos y cada uno de los días de mi vida, y acabando con tu doctrina tan infantil como hiriente.

    Entre el deseo de que dejes de martirizarme y el deseo de aislar el martirio, como una bacteria, y dejarlo estar con sus amigos, tus colores, en esa tela pegajosa del sudor de tus manos, me debato en una nueva tarde de domingo tristísimo, en la que nada, nada me obliga a sanar mis heridas.

    Si me acercara a ti y te dijera que te quiero, no faltaría a la verdad. Y si saliera de tu casa y la pisara con mis zapatos, no cometería un crimen.”

    (Del libro ‘El Ojo de Newton’, Ed. Pre-textos)